Durante una conferencia y una entrevista recientes, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, ha expuesto un cambio de paradigma en el comercio internacional. El cambio se debería a las consecuencias de los aranceles norteamericanos y a la cascada de réplicas por todo el mundo.
Ahora no compraríamos donde quisiéramos en escenarios de libre circulación de ofertas y demandas. Ahora los aranceles marcarían las decisiones y acaso provocarían desplazamientos de plantas productivas, como al parecer está ocurriendo con la industria automotriz, concretamente en Aguascalientes, con un cierre inminente y quizá un traslado de la planta a otra parte del mundo, acaso a Estados Unidos.
Ebrard comenta que gracias a nuestra primera mandataria el inquilino de la Casa Blanca en Washington ha suavizado sus posturas, y México ha ganado meses, quizá semanas o hasta simplemente días en una negociación anunciada. Prevista. Difícil. Hecha día a día, casi hora a hora.
México cuenta con un equipo muy profesional en este proceso con varias pistas simultáneas, como los viejos circos de nuestra infancia.
De hecho, se trata de muchas pistas. Muchísimas. La época del libre comercio, con tratados por todo el planeta, facilitó la fabricación de objetos en sucesivos países, de modo que los aranceles podrían terminar afectando al productor y al consumidor de quien los impone.
Los políticos son fugaces en sus cargos, aunque los efectos pueden sentirse por años y hasta siglos. En este 2026 habrá elecciones intermedias en Estados Unidos, y un resultado adverso para dicho inquilino podría darle una nueva oportunidad al libre comercio, quizá con nuevas reglas y sin la “desregulación” que lo acompañó sobre todo en los años ochenta de Ronald Reagan.
Tal vez simplifico si hablo de una soterrada lucha entre mercantilismo y libre comercio. Le pido ayuda a mi algoritmo, que me contesta de inmediato: “El mercantilismo fue un sistema económico predominante en Europa entre los siglos xvii y xviii, que sostenía que la riqueza de una nación se medía por la acumulación de metales preciosos (oro y plata), impulsando al Estado a intervenir fuertemente en la economía mediante el proteccionismo, el fomento de la exportación, el control del comercio y la creación de colonias para obtener recursos y mercados. El objetivo era lograr una balanza comercial positiva para enriquecer al Estado, que controlaba la producción y el comercio para fortalecer su poderío.”
También me dice: “El libre comercio es un modelo económico que promueve el intercambio de bienes y servicios entre países eliminando significativamente las barreras artificiales como aranceles, cuotas y restricciones burocráticas, buscando aumentar la eficiencia, la competitividad y el bienestar general a través de la especialización y la libre competencia de mercado, a menudo formalizado mediante tratados de libre comercio entre naciones.”
La campaña (1990), de Carlos Fuentes, nos invita a pensar que la lucha entre mercantilismo y libre comercio ya se daba en las nacientes naciones latinoamericanas, del río Bravo a la Patagonia. Baltasar Bustos, protagonista, discute con sus amigos las ventajas y desventajas de un modelo y otro y lanza una alerta acerca de quiénes saldrán perdiendo si los gobiernos optan por el libre comercio. La novela se publicó justamente cuando México abrazaba este último y estaba a punto de firmar un vasto acuerdo con sus dos vecinos del Norte.
En esta vida hay ejemplos para todo. Cualquier argumento deja adornarse con anécdotas e historias más o menos ad hoc. Aun así, consciente de esto, me atrevo a citar los ejemplos de una Gran Bretaña y una Rusia zarista desesperadas hace poco más de cien años: por distintas razones, ambas aplicaron aranceles a las importaciones, y los resultados fueron benéficos a muy corto plazo y desastrosos a mediano plazo: ambos países tenían problemas estructurales, y por ejemplo Gran Bretaña producía bien y de hecho aumentaba sus ventas en números absolutos, pero en números relativos (porcentajes) estaba dejando de ser muy rápidamente el máximo vendedor en el mundo. Simplemente otros actores, entre ellos Estados Unidos, entraban en escena con cada vez mayor fuerza.
Desde luego, tenemos que tener cuidado con las analogías: son eso, analogías y debemos matizarlas hasta convertirlas en analogías matizadas, cautelosas.
Y ya veremos si el diagnóstico de Ebrard se confirma en un tiempo largo o si la más o menos pronta salida del actual inquilino de la Casa Blanca dará una nueva oportunidad al libre comercio, bajo –insisto– reglas que, por ejemplo, inhiban el crecimiento de la desigualdad, de la hambruna, de las guerras colonizadoras (típicas del mercantilismo, según lo define mi ai), de la emergencia climática, entre otros asuntos que la ONU ya había expuesto a inicios de este siglo XXI.
A corto plazo, la explotación indiscriminada de los océanos para obtener petróleo ofrece ventajas a las actuales generaciones en el poder y perjudica a las generaciones siguientes. Habrá que seguir hablando de este y otros asuntos.
La época actual deja definirse como una lucha entre el corto plazo y el largo plazo, entre el “now, now, now” y el “ever and ever”. El Partido Demócrata tendrá que buscar un delicado equilibrio entre ambas agendas: lo inmediato, donde campean sus rivales, y lo mediato, que resulta inasible para millones de personas expuestas a las angustias del día a día.
Y desde luego el mercantilismo se equivoca si piensa en el oro y la plata. El papa Francisco cita “al sociólogo Bauman”: “Si piensas en el próximo año, siembra maíz. Si piensas en el próximo decenio, planta un árbol. Pero si piensas en el próximo siglo, educa a la gente” (Esperanza. La autobiografía, p. 301).
Pues bien, hay que sembrar maíz, plantar árboles y, sobre todo, educar a la población: gente educada es la riqueza. Basta ver los niveles educativos que está alcanzando China para intuir sobre bases firmes quién se sigue preparando para consolidarse como una gran potencia, independientemente de que haya otras grandes potencias. Y ya se ve: a China no la detendrán unos artificiales aranceles.

