En la diplomacia y en la política del más alto nivel, las ausencias suelen gritar mucho más fuerte que las presencias. En la reciente cumbre "Escudo de las Américas", convocada por el presidente Donald Trump, la verdadera noticia no estuvo en los apretones de manos ni en las resoluciones conjuntas, sino en el ensordecedor mensaje de una exclusión fríamente calculada, la de México.
Lejos de ser un simple desaire o un exabrupto protocolario, dejar fuera al principal socio comercial y vecino del sur responde a una jugada de pizarrón de la Casa Blanca. La actual administración estadounidense entiende a la perfección una máxima ineludible en el ejercicio del poder contemporáneo, el que gana la narrativa, domina la historia.
Al cerrar la puerta del salón a la delegación mexicana, Trump no sólo marginó a un país, sino que monopolizó el micrófono. Como advierte el lingüista cognitivo George Lakoff, quien impone el encuadre (frame) de la discusión, gana el debate. Cuando un actor clave es exiliado del foro, se le despoja del derecho de réplica y se permite que su rol sea definido exclusivamente por quienes sí están presentes.
En este teatro político, Washington decidió escribir el guion de la región sin la pluma mexicana, reduciendo a nuestro país a la conveniencia de su retórica. Ya sea como el antagonista necesario, el chivo expiatorio de sus crisis internas o el problema a resolver bajo los términos unilaterales de la Oficina Oval, la silla vacía es el escenario perfecto para que el anfitrión imponga su verdad sin contrapesos.
Aquí entra en juego un concepto vital que Simon Anholt, creador del índice de Marca País (Nation Brands Index), ha señalado incansablemente, la reputación de un país no es un lujo, es un activo estratégico. Si una nación no gestiona activamente su identidad y su relato frente al mundo, otros lo construirán por ella, usualmente en su contra.
La diplomacia del siglo XXI se libra en el terreno de las percepciones y la comunicación de crisis. Si el Estado mexicano permite que esta exclusión defina su peso geopolítico, estará cediendo su soberanía narrativa.
Revertir este golpe exige abandonar la pasividad y proyectar un relato propio, inteligente y proactivo; uno que recuerde al mundo, y a los propios tomadores de decisiones en Estados Unidos, que la geografía, la cadena de suministro y la economía nos hacen indispensables. En el tablero global, quien no tiene el coraje de contar su propia historia está condenado a ser el villano, o el mero espectador, en la historia de alguien más.
La diplomacia mexicana, históricamente identificada por postulados fundamentales como el respeto al derecho ajeno y la autodeterminación de los pueblos, no puede verse hoy arrinconada por la narrativa de quien acapara los reflectores. La historia de los mexicanos trasciende las coyunturas y las presiones políticas de nuestros socios comerciales.
Como mexicanos, nos toca defender la narrativa de nuestra Marca País, una tarea que va mucho más allá de las ideologías o de quien ocupe temporalmente el poder. Defender lo que somos como nación nos sitúa en el terreno del respeto al Estado en su conjunto.
No se trata de un simple arrebato de patriotismo, sino de imponer un respeto institucional. Cuando se menciona a México en el exterior, no se habla de un problema ni de una administración; se habla de una potencia cultural y económica, de un territorio unido. Y esa es la historia que nosotros, y nadie más, debemos contar.

