México se convirtió hoy en el único país en la historia del futbol en recibir por tercera ocasión la Copa del Mundo. Un hito irrepetible. Una distinción que el mundo entero reconoce. Una oportunidad de oro, cuya derrama económica proyectada supera los 3,000 millones de dólares, con la generación de 105,000 empleos temporales y un flujo estimado de 836,000 visitantes. En cualquier nación con vocación de Estado, ese dato bastaría para trazar una hoja de ruta impecable. No aquí. No ahora.

La inauguración del Mundial 2026 en el Estadio Ciudad de México no fue el escaparate que el país merecía proyectar ante el mundo. Fue, en cambio, un espejo incómodo. Manifestaciones bloqueando accesos, cierres de vialidades que convirtieron la ciudad en un laberinto, caos en el transporte público, y accesos peatonales cercanos al estadio insuficientes, mal planeados y, en varios tramos, simplemente inconclusos. Un evento con ocho años de anticipación en el calendario, ejecutado como si la fecha hubiera sorprendido al gobierno.

Las obras de mejoramiento urbano en la capital -planeadas, repito, con más de ocho años de antelación- fueron ejecutadas a bote pronto y de último momento. El resultado es elocuente: estaciones de metro y avenidas inundadas, puentes peatonales con acabados frágiles que ya ceden, luminarias fuera de servicio o mal colocadas, pintura en avenidas duplicada y sin explicación presupuestal transparente, aplicada a medias y dejando parches visibles por toda la ciudad. No es la imagen de una megalópolis anfitriona. Es la postal de la improvisación institucionalizada.

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El principal nodo aeroportuario del país -columna vertebral de la conectividad para visitantes y sedes mundialistas- sigue exhibiendo sus fracturas. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, esa infraestructura que se prometió transitoria pero que seguimos padeciendo como permanente, acumula problemas de capacidad, logística deficiente y una remodelación plagada de pendientes. El reciente cierre temporal de una rampa de acceso prioritaria a la Terminal 2 no es una anécdota: es el síntoma de un aeropuerto administrado al límite de su colapso en el peor momento posible.

El cuadro se agrava al mirar más allá de la capital. La Embajada de Estados Unidos emitió -con la Copa del Mundo ya en marcha- alertas de viaje que clasifican a Jalisco, sede mundialista, en Nivel 3: "reconsiderar viajar", por los enfrentamientos entre grupos del crimen organizado. La Ciudad de México y Nuevo León, las otras dos sedes, quedaron en Nivel 2: "mayor precaución". Solo Campeche y Yucatán alcanzaron el Nivel 1 de seguridad en todo el país. Seis estados fueron categorizados directamente en Nivel 4: "no viajar". El Departamento de Estado advierte que en México "se cometen numerosos delitos violentos, incluyendo homicidios, secuestros, robos y asaltos, así como riesgo de violencia terrorista". Esa es la presentación formal de México ante millones de visitantes potenciales.

El centro histórico de la ciudad -corazón cultural, artístico, gastronómico, hotelero y sede del Fan Fest oficial de la FIFA- fue bloqueado e inaccesible durante días enteros. Los plantones de la Cordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación, que deberían ser un asunto de negociación política resuelta con anticipación, se convirtieron en el cierre definitivo de la oportunidad económica que cientos de pequeños y medianos comerciantes esperaban desde años. Negocios cerrados, pérdidas irreparables, turistas redirigidos. La gastronomía, que por sí sola proyectaba capturar 562 millones de dólares en derrama, no puede facturar con las persianas abajo.

México lidera el crecimiento turístico en Norteamérica: en 2025 fue el país más visitado de América Latina con 47.8 millones de turistas internacionales, y su PIB turístico creció 1.8%, superando a Estados Unidos y Canadá. Hay capacidad. Hay infraestructura, aunque maltrecha. Hay hospitalidad genuina. Lo que falta, una vez más, es lo más difícil de conseguir por decreto: planeación estratégica, ejecución profesional y la voluntad política de estar a la altura de los compromisos internacionales adquiridos.

Un evento de esta magnitud no se improvisa. Se construye durante años con rigor técnico, presupuesto transparente y rendición de cuentas. Lo que hasta ahora hemos visto como preparativo e inauguración de la justa mundialista no es solo un fracaso logístico: es la expresión más brutal de una cultura de gestión pública que sigue confundiendo el anuncio con el resultado, el programa con la ejecución, la promesa con el cumplimiento. Y mientras el mundo nos observa, nosotros nos preguntamos, como tantas otras veces: ¿hasta cuándo?

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