Es el fin de una etapa y el principio de otra para la Colección Gelman y para quienes pensamos que merece una sede permanente en México, aunque viaje por el mundo. El sábado visité la exposición en el Museo de Arte Moderno, hice una fila que llegaba hasta Reforma, recorrí la sala que estaba repleta, miré de nuevo los óleos de Frida Kahlo, los cactus de Diego Rivera, el autorretrato de José Clemente Orozco, la novia papantleca de María Izquierdo, el Cantinflas de Tamayo, un Gerzso y un Mérida fuera de serie, los retratos de Ángel Zárraga, Natasha según Siqueiros… Luego atravesé la puerta de salida con el catálogo recién llegado a la tienda del museo. Y dispuesta a escuchar, junto con el Colectivo Defendamos la Colección Gelman, “Las Golondrinas” con un mariachi generoso que la tocó una y otra vez desde la banqueta para despedir al acervo antes de que viaje a Santander.

El debate en torno a la colección de Jacques y Natasha Gelman ha generado información invaluable sobre este acervo único en el mundo, acerca de cada uno de los y las artistas que lo habitan, del periodo que representan, del gusto de la pareja europea que la formó, de las nuevas lecturas que ofrece con el tiempo a las nuevas generaciones… También revisamos las leyes que protegen al patrimonio artístico y su desfase con respecto al poder del mercado y de los intereses financieros. Investigamos las maniobras del albacea del testamento, no solo para adjudicarse la colección “legalmente”, sino para rentarla durante 16 años sin exhibirla en México, fragmentarla, venderla y frotarse las manos. Y en medio de todo, la postura del gobierno que normaliza y sella su complicidad con Robert Littman incluyéndolo en los agradecimientos del catálogo.

Retratos Modernos, obras emblemáticas de la Colección Gelman Santander salió a la venta el sábado pasado. Al revisarlo, me sorprendió encontrar una postura crítica como la de James Oles. El académico y curador advierte la falta de visión del gobierno mexicano desde los años 70 de no haber hecho todo lo posible por conservar en México, ya no solo la colección de arte mexicano sino la europea que se exhibe en el Met de Nueva York. Menciona la colección Thyssen-Bornemisza que adquirió el gobierno español en 1993 por 350 millones de dólares; hoy no solo vale diez o veinte veces más, sino que el museo es un motor que ha reforzado la importancia de Madrid como destino turístico. Con esa visión, “México tendría un Museo Gelman”, con el arte europeo y el mexicano, dice.

Frida Kahlo pintó 150 óleos. En colecciones públicas de México hay apenas siete, y solo uno es autorretrato: Las dos Fridas, que adquirió el Estado y luce con esplendor en el MAM. La colección Gelman conserva 10 óleos esenciales de esta pintora que se irán a Faro Santander y regresarán en 2028 para, felizmente, exhibirse en Monterrey por un tiempo. ¿Y luego?

El Comité de Vigilancia de Museos del Comité Internacional para Museos y Colecciones de Arte Moderno (CIMAM) se pronunció esta semana sobre la Colección Gelman y los riesgos de que las obras de valor simbólico y cultural sean tratadas como activos financieros, subraya que la protección del patrimonio no puede depender únicamente de marcos legales, sino que requiere de una voluntad política y ética que trascienda los intereses privados y las dinámicas del mercado. El caso de la Colección Gelman es ya un referente “para evaluar la capacidad de los Estados de salvaguardar su herencia cultural frente a las presiones de la globalización y el capital financiero”.

Por eso, como las golondrinas, nuestras preguntas insisten en levantar el vuelo una y otra vez.

adriana.neneka@gmail.com

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