El 24 de febrero de 1984, David Hockney recibió a un grupo reporteril en el Museo Tamayo. Detrás de los lentes, la cachucha, los zapatos tenis y una chamarra colegial teníamos a uno de los artistas mas creativos de nuestro tiempo. Décadas antes de Internet, realidad virtual o Inteligencia Artificial, el pintor, escenógrafo y artista fotográfico nos soltó: “Pienso que hay múltiples maneras de mirar al mundo, muchas más de lo que imaginamos y que nunca podremos tener la certeza de que lo que vemos es, en verdad, la realidad”.

El artista británico había encontrado la teatralidad en la pintura, la musicalidad en el color, el tiempo en la fotografía, lo pictórico en el cine, la interdisciplina como movimiento y afirmaba la gozosa imposibilidad de escapar a la modernidad. Exhibía pinturas, dibujos y diseños para teatro; óleos, acuarelas, maquetas y escenografías. Nuestra mirada iba de un lado a otro dado el movimiento y la composición de imágenes creadas desde diferentes ángulos en una sola pieza. Ése, nos dijo, era su propósito: “Que los ojos se muevan, de lo contrario es como si no estuviéramos vivos”. El cubismo, para él, era de los fenómenos más importantes del siglo XX y Van Gogh, el gran colorista.

Hockney experimentó con la polaroid. Decía: “Existe la creencia de que la fotografía nos muestra la realidad. Yo pienso que no es así. Hay demasiado en la realidad como para captar todo en una imagen fotográfica. Sigo pensando que la pintura es más real todavía”.

En el Tamayo, gracias a su obra, escuchamos con los ojos la música para ópera de Stravinsky, Mozart, Ravel, Poulenc… El pintor había encontrado las equivalencias visuales de la música con la pintura y pensaba que “el color se introduce en el cuerpo de la gente como lo hace la música”.

En ese entonces, Hockney residía en California “por su luz y su sol” y llevaba en cada pie un calcetín de distinto color.

II

Hockney sufre un derrame cerebral menor que le atrofia el habla por un tiempo, pero se da cuenta que el silencio le ayuda a concentrarse mejor y que puede dibujar, así que en 2013 se instala durante seis meses en los bosques de Woldgate en Yorkshire del Este, Inglaterra, y espera la llegada de la primavera mientras va registrando sobre papel, con negros, blancos y grises, la transformación del paisaje. Antes, en 2011, había capturado con un iPad el cambio de estación y las nuevas formas y colores que poco a poco le regalaba la naturaleza. El camino, los árboles, las ramas, las hojas, las flores, la lluvia… hablaron por él en un estallido de belleza deslumbrante, resultado de un poder de contemplación y paciencia inimaginables hoy. Luego imprimió las imágenes a gran escala y en 2014 tuve la suerte de verlas en la galería Pace de Nueva York. Otra obra monumental, al óleo, se exhibió un año después en el MUNAL como pieza estelar de la exposición Landscapes of the mind.

III

Uno de sus últimos experimentos para convencernos de que el arte representa no lo que vemos sino cómo lo vemos, tiene lugar en el nuevo Lightroom en Londres en 2025. Del móvil y el iPad, a sus 86 años Hockney da un paso más con las herramientas emergentes de la inmersión digital. Y de nuevo desafía la perspectiva, la noción de espacio y tiempo y las convenciones pictóricas. Techo, suelo y muros convertidos en pantallas envuelven al público dentro de sus paisajes, escenografías, collages, fotos y videos. Sus imágenes amplificadas se multiplican con vida, sonido y movimiento.

Ahí mismo lo escuché: “El mundo es muy, muy bello. Si lo miras (…) He pintado durante 60 años. Y sigo gozando enormemente. Sí”.

adriana.nenekamail.com

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