Juan Coronel Rivera donará su rica colección personal al Museo Anahuacalli, el que fundó su abuelo, Diego Rivera, donde se conservan más de 50 mil piezas arqueológicas que el muralista reunió durante décadas. Rafael Coronel, padre de Juan, donó a Zacatecas una colección de 7 mil máscaras que se conservan en un museo único en el mundo. Mientras que su tío, Pedro Coronel, legó a la misma ciudad un gran acervo de arte internacional de todos los tiempos que se exhibe en un museo que lleva su nombre. Tan importante es recordarlo como convencernos de que la generosidad también es noticia.

El Anahuacalli, diseñado por Rivera en colaboración con su hija Ruth (arquitecta, madre de Juan) y Juan O’Gorman, fue remodelado hace unos años por Mauricio Rocha, quien ampliará el museo para darle la bienvenida al legado de Juan Coronel. Integrado por 157 mil 300 piezas, comprende cerámica (siglos XVI al XXI); Textiles (del XIX al XXI); máscaras, mobiliario y esculturas de madera; gráfica americana con temas mexicanos; archivos documentales relacionados con artistas y proyectos culturales. Además, una biblioteca especializada en arte y el archivo de fotografías, correspondencia, manuscritos, revistas y catálogos que ha reunido desde hace 40 años.

Con esta donación, Coronel Rivera enriquece al Anahuacalli como centro de investigación y estudio del arte y la cultura de México. Pero también, extiende el sueño de su abuelo de construir una Ciudad de las Artes.

Otro nuevo espacio, único en Latinoamérica, se encuentra en el Museo Conde Rul de Guanajuato que, desde 2024, alberga la notable colección ALAR de arte chino, gracias a la donación de Arturo Coste y Alain Giberzstein. El extraordinario acervo reúne 155 piezas, esculturas, vasijas y jarrones de porcelana, tallas de madera, marfil y hueso; acuarelas, lacas, muebles y artes aplicadas.

El proyecto museográfico de José Enrique Ortíz Lanz se despliega a lo largo de 10 salas, donde se exhibe el arte de las dinastías Ming (1368-1644) y Qing (1644-1912). Además, Coste y Giberzstein donaron un acervo de casi 500 libros, catálogos y revistas que adquirieron con el tiempo para “desentrañar los secretos de cada pieza”. Estos coleccionistas piensan que “atesorar sin compartir es un sin sentido”, por lo que buscaron durante años una institución que ofreciera las condiciones y garantías necesarias para exhibir las piezas de manera permanente. El gobierno estatal les otorgó el emblemático edificio Rul y lograron abrir “el único museo especializado en arte chino desde el río Bravo hasta el río de la Plata”.

Importantes museos del país son fruto de la donación o iniciativa de coleccionistas: el Franz Mayer, el Carrillo Gil, el Tamayo, el José Luis Cuevas, el Soumaya, el Kaluz, el Jumex, El Estanquillo… en Ciudad de México. El Manuel Felguérez de arte abstracto en Zacatecas; el Amparo de Puebla, el Tamayo en Oaxaca, el Robert Brady en Cuernavaca, el William Spratling en Taxco… Han sobrevivido terremotos, pandemia y recortes presupuestales, son expresión tangible de nuestra memoria cultural, pero también de la generosidad, el esfuerzo y la voluntad colectiva, pública y privada.

A partir del debate sobre el destino de la colección Gelman, habrá que reflexionar: en torno a la ley que protege el patrimonio cultural y el criterio (distinto en cada caso) con el que se decreta y conserva la obra de un creador/a como “monumento artístico”, la necesidad de generar incentivos fiscales para coleccionistas… Y cómo garantizar que se respete la voluntad de quienes donan sus acervos a este país.

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