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Una noche como cualquier otra, M.R. se encontraba durmiendo en su habitación cuando sintió caricias en sus brazos, piernas y vagina.
Al abrir los ojos, vio que uno de sus tíos estaba encima de ella y exclamaba: “Tranquila, sólo te estoy haciendo cariñitos. No te va a pasar nada, yo te quiero mucho”.
En aquella ocasión, M.R. aún era menor de edad y sus fuerzas no le alcanzaban para quitarse de encima a su agresor, quien comenzó a despojarla de su ropa con brusquedad para finalmente violarla.
“Experimenté el dolor más fuerte que hasta ese momento había sentido. No sé cuánto tiempo duró, pero para mí fue eterno”, relata.
Luego de que concluyó la agresión, M.R. sólo oyó decir a su atacante que no podía contarle a nadie lo que sucedió, porque si lo hacía, sus padres ya no la iban a querer.
El caso de esta joven es investigado por la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México. La víctima fue quien entregó a EL UNIVERSAL la carpeta de investigación en la que se identifica a Pedro “N” como el victimario.
El documento detalla que M.R. —quien pidió proteger su identidad por cuestiones de seguridad— proporcionó fotografías del presunto responsable y su dirección.
Las agresiones que recibió la joven sucedían en una casa contigua a la de ella, e incluso identificó como la “habitación de las violaciones” al espacio en el que decenas de veces fue vulnerada.
Sobre los apoyos que recibió para confrontar a su familiar, la joven señaló a la procuraduría capitalina que los actos ocurrían cuando su papá y su mamá se iban de casa y declaró que su agresor la obligaba a llamar por teléfono a sus padres para que les dijera que estaba bien y en casa de alguna amiga. Esto fue recurrente cada vez que la joven era sustraída de su casa y víctima de abusos por horas.
“Mis padres me regañaron, estaban enojados porque yo estaba llegando tarde y me decían que no lo hiciera. No sabía qué explicación darles, sólo lloraba”, señala M.R.
Especialistas en Derecho infantil consultados aseveraron que, como ocurrió con esta joven, los menores de edad pueden ser más propensos a recibir ataques sexuales si los padres no tienen comunicación constante con sus hijos, además de que desconfían de ellos cuando tratan de contar la verdad.
M.R. asegura que dejó de ser blanco de ataques cuando casi cumplió los 15 años de edad.
“No pude procesar este evento y no pude expresarlo a nadie; decidí que no quería que nadie se enterara de todo lo que me habían hecho y trataría de olvidar”, comenta.
Sin embargo, lo que verdaderamente hizo callar a la víctima no fue su intención de olvidar, sino las amenazas contra su familia.
“En cada reunión familiar, en cada encuentro con mi tío, continuaba amenazándome, diciéndome que me quedara callada, que si abría la boca, mataría a toda mi familia y dejaría a mi papá en la calle”, recuerda M.R.
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