Han pasado dos meses desde que Donald Trump regresó a la presidencia de Estados Unidos y hemos sido testigos de sus implacables órdenes ejecutivas. Pareciera que la tinta con la que el presidente plasma su firma en una orden no se ha secado cuando ya está firmando otra. A la fecha, se han emitido más de 90 órdenes que incluyen el desmantelamiento de agencias gubernamentales como USAID, el retiro de su país al Tratado de París y límites al derecho de ciudadanía por haber nacido en territorio estadounidense.

Justo cuando creíamos que la pluma de Trump era imparable, aparecieron los primeros bloqueos por parte del Poder Judicial y, con ello, los enfrentamientos. Durante las últimas semanas, la sociedad estadounidense se ha envuelto en un debate sobre si el país se encuentra en una crisis constitucional. Desde mi perspectiva, lo que vive nuestro vecino del norte va mucho más allá de una crisis constitucional: Estados Unidos se encuentra ante la primera batalla de una guerra que tiene el potencial de alterar para siempre el funcionamiento de su gobierno.

En primer lugar, ¿qué es una crisis constitucional? Richard Pildes, profesor de la facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York, nos explica que se trata de una situación en la que el Poder Ejecutivo se niega a acatar las sentencias de un tribunal. Precisamente esto ocurrió la semana pasada, cuando un juez federal resolvió que tres aviones con más de 200 personas migrantes con destino a El Salvador debían regresar al territorio norteamericano, pues el gobierno estadounidense no podía invocar una ley del siglo XVIII que fue creada en tiempos de guerra para deportar a personas migrantes sin antes haber seguido un proceso. Sin embargo, la Casa Blanca decidió ignorar la sentencia, argumentando que las instrucciones del juez no fueron lo suficientemente claras y que su sentencia perdía obligatoriedad en el momento en que los aviones aterrizaran en otro país.

Si esto no fuera suficiente, el presidente Donald Trump amenazó en una red social con solicitar el juicio político y la eventual destitución del juez, argumentando que se trata de un “radical de izquierda” que carece de legitimidad porque no fue elegido por la ciudadanía estadounidense. En respuesta a esto, el ministro presidente de la Corte Suprema, John Roberts, publicó un comunicado en el que argumentó que "durante más de dos siglos, se ha establecido que el juicio político no es una respuesta adecuada a un desacuerdo respecto a una decisión judicial. Para ese propósito, existe un proceso de apelación".

El pronunciamiento del ministro presidente es inusual, pero me parece que las acciones de Trump están llevando al sistema legal a su límite. Es decir, en Estados Unidos las personas acuden a los tribunales para resolver sus problemas y esto representa un enfrentamiento entre dos partes. El trabajo de las y los jueces es interpretar la ley y decidir quién tiene la razón; esto implica que alguien ganará el caso y alguien lo perderá. Sin embargo, el sistema está diseñado para que la parte perdedora puede apelar la decisión del juez y solicitar que otro tribunal revise el caso. Para mí, las reglas son sencillas: si no estás de acuerdo con la sentencia, apela; pero no exijas el juicio político de un juez solo por cumplir con su deber.

Seamos realistas, las probabilidades de que se pueda consumar el juicio político de las y los jueces son bajas. Aunque el partido del presidente cuenta con una mayoría en la Cámara de Representantes, requiere de dos terceras partes del Senado para confirmar el juicio político y eso implicaría contar con el apoyo del partido de oposición, lo cual es prácticamente imposible.

Entonces, ¿por qué el presidente amenaza con hacer algo que no puede ejecutar? Desde mi perspectiva, está preparando la narrativa para el futuro porque, a la fecha, se han presentado más de 130 demandas en contra del gobierno de Trump. Es muy probable que varias de ellas seguirán el proceso, llegarán a la Corte Suprema y posiblemente algunas implicarán bloqueos a las acciones del presidente. Mientras esto ocurre y descubrimos cuál será la reacción de Trump, me parece importante advertir que Estados Unidos se encuentra ante la primera batalla de una guerra que pondrá a prueba los principios que le han dado identidad a la nación desde su fundación.

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