
Después de un rato, un grupo de ocho muchachos con discapacidad visual se disponen a caminar hacia el deportivo José María Morelos y Pavón. Son los Aztecas de la Ciudad de México, los guían Wendy del Río y Luis Zárate, guardameta del equipo. Les bastan unas cuantas indicaciones para llegar a la cancha.
Se ponen el uniforme y empiezan a calentar; controlan el balón de un lado a otro. Sus movimientos son cuidadosos y van acompañados de gritos de: “¡Voy!, ¡voy!”, para avisar su posición. Se ayudan del sonido de sonaja que tiene el balón especial con el que juegan. “¿Qué no ves?”, se burlan después de un choque.

El árbitro da el silbatazo inicial, los Aztecas pelean cada balón desde la defensa y le apuestan a dar pases largos a su delantero estrella, Reynaldo Rivera. Desde la portería contraria, Agustín Robles se coordina con Rey a gritos de: “¡Dos pasos a la izquierda!, ¡uno a la derecha!”, para que los servicios lleguen a sus pies.
Insatisfechos, pero no cabizbajos, los Aztecas se acercan al equipo visitante para darles la mano. Hay una indudable camaradería y respeto entre ambas escuadras; sus circunstancias y su determinación los hermanan.

Hoy, la Liga Mexicana de Futbol para Ciegos organiza un torneo nacional con 10 equipos, cinco, en la zona norte, y cinco, en la zona sur.

En la reciente justa de Paranacionales, disputada en Quintana Roo, los Aztecas obtuvieron la medalla de bronce.
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