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Cuando Donald Trump llegó a la presidencia, el pasado 20 de enero, se sabía que no sería un gobierno “convencional”. No era un político de carrera quien llegaba a la Oficina Oval, sino un magnate de la construcción acostumbrado a hacer negocios a su modo; sin embargo, la realidad nos ha demostrado que las expectativas que se tenían del Trump presidente parecen haber quedado rebasadas.
Se trata de un hombre temperamental que expresa todo lo que pasa por su cabeza en Twitter y que tiene guerra cantada con los medios de comunicación que no le son favorables. Un presidente obsesionado con terminar con el legado de su antecesor (Barack Obama) y que se queda muy corto cuando debe mostrar empatía con su país.
Podría ser considerado un problema interno de EU si no fuera porque muchas de sus políticas afectan al resto del mundo. Con su grito de guerra, “América First” (Primero América), ha replanteado las relaciones con antiguos aliados, entre ellos México. Sus decisiones en cuestiones ambientales, económicas, comerciales y de seguridad han generado reacciones a nivel internacional. Para México, el TLCAN, los migrantes, los soñadores, el muro son temas que se han convertido en los puntos más importantes en una relación bilateral que se encuentra en uno de los puntos más bajos de la historia.
Cuando llegó a la Casa Blanca, analistas aseguraban que no cumpliría sus promesas. Los hechos han demostrado que no ha sido por falta de ganas, él está empeñado en hacerlo para quedar bien él, pésele a quien le pese, así sean los propios estadounidenses.
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