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Miami. Mientras la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) sostiene que la Selección de Irán será bien recibida en la Unión Americana, Teherán exige garantías y Estados Unidos promete excepciones para el equipo, pero controla las visas, los accesos y la seguridad.
“La Selección de Irán va al Mundial de 2026 en Estados Unidos como una delegación deportiva que debe ser respetada; pero también llegará como un problema de Estado”, señala a EL UNIVERSAL el analista deportivo Ernesto Rubio; “no viajará a un país neutral ni a una sede cómoda”. Y es que Irán jugará en territorio del principal enemigo político de la República Islámica, en medio de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, con una restricción migratoria vigente contra ciudadanos iraníes y un aparato de seguridad federal preparado para un torneo que Washington considera de máxima exposición internacional.
En el caso iraní, la política se ha infiltrado como nunca antes en el Mundial de Futbol. La Selección de Irán tenía originalmente previsto establecer su campamento base para el Mundial 2026 en Tucson, Arizona; sin embargo, tras una serie de gestiones con la FIFA, decidió modificar completamente su planificación y trasladar su sede a Tijuana, México.
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El cambio no respondió a motivos deportivos, sino a factores operativos y políticos. La federación iraní enfrentaba incertidumbre con respecto a la obtención de visas para jugadores y cuerpo técnico, además de preocupaciones derivadas del contexto geopolítico con Estados Unidos. Estas condiciones podían afectar su entrada, movilidad y estabilidad durante el torneo, por lo que establecerse en México es una alternativa más segura y controlada.
Desde Tijuana, Irán podrá gestionar su participación con mayor flexibilidad, ya que podrá ingresar a Estados Unidos únicamente para disputar sus encuentros y regresar a su base sin complicaciones mayores. “Esta nueva estrategia le permite reducir riesgos, simplificar los traslados, especialmente hacia ciudades como Los Ángeles; y mantener una operación más estable durante toda su participación en el Mundial”, asegura Rubio.
Mehdi Taj, presidente de la federación iraní, ha dejado clara la preocupación iraní de cara al Mundial, y exige un trato digno para la selección.
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Irán, afirma Rubio, no acepta que su selección “sea tratada como visitante ordinario ni como delegación sospechosa por defecto; reclama el estatus de clasificado mundialista y pone en la FIFA la responsabilidad de impedir una humillación diplomática”.
El problema no es sólo la selección. También los aficionados iraníes se ven afectados por la guerra iniciada el 28 de febrero y la política migratoria del gobierno de Donald Trump, que en febrero anunció restricción a la emisión de visados a ciudadanos iraníes.
“Ese sueño —de ir al Mundial— se rompió por una política que no nos importa y no controlamos”, dijo a la Agencia France Presse (AFP) Sohrab Naderi, agente inmobiliario de Teherán.
Hasti Teymourpour, aficionada de 16 años, escribió en sus redes que “todo iraní tiene derecho a apoyar a su equipo y poder ir a verlo jugar”. No hay una encuesta nacional que mida el ánimo del país, pero “las señales públicas muestran que los iraníes son una mezcla de orgullo, rabia y ansiedad”, comenta Rubio.
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Amenazas a la seguridad
Desde el punto de vista de Estados Unidos, la presencia iraní en el Mundial despierta temores en materia de seguridad.
La Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI) dijo en su Evaluación Anual de Amenazas de 2026 que Al-Qaeda y el Estado Islámico conservan intención de atacar objetivos estadounidenses, aunque el escenario más probable dentro del país involucra “atacantes solitarios basados en Estados Unidos”.
Un riesgo que la Inteligencia de EU no pierde de vista es el de que una persona o grupo pequeño, radicalizado por la guerra, busque un blanco simbólico durante la gesta deportiva. El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) ha advertido que el conflicto con Irán genera un “entorno de amenaza elevado” en EU. La amenaza ahora será compartida con México, al ser sede de la selección.
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Choque de símbolos en los estadios
El Centro de Investigación Pew calcula que tres de cada diez iraníes estadounidenses, unos 230 mil, viven en el área de Los Ángeles.
En los partidos en Inglewood, California, no habrá un solo Irán. Estará el Irán oficial que manda al equipo, el Irán del exilio que rechaza a la República Islámica y el Irán de hijos de migrantes que han construido otra relación con su país de origen. Para Teherán, la selección representa al Estado; pero para muchos iraníes fuera de Irán, el sentimiento es distinto.
El choque de símbolos empezó antes del primer partido. Radio Free Europe/Radio Liberty informó que la FIFA planea prohibir en los estadios la bandera prerrevolucionaria iraní del León y el Sol, usada por sectores de la diáspora y de la oposición como símbolo contra el régimen nacido después de 1979. Iran International reportó que la FIFA remitió al código de conducta que prohíbe materiales “políticos, ofensivos y/o discriminatorios”.
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La posibilidad de protestas afuera de los estadios, o de choques entre quienes apoyan a los iraníes y quienes rechazan al régimen eleva el riesgo para todos.
Seattle añade otra capa de choque político. El partido entre Egipto e Irán coincide con actividades vinculadas al orgullo de la comunidad lesbiana, gay, bisexual, transgénero y queer (LGBTQ+) en la ciudad, pese a objeciones de las federaciones de Egipto e Irán, según reportó The Guardian. El comité local confirmó que seguiría adelante con actividades externas al estadio y que las banderas arcoíris serían permitidas por la FIFA. Para Irán, ese contexto puede convertirse en otro conflicto de símbolos; para Seattle, en defensa de sus valores locales; para la seguridad, en otro punto donde protesta, identidad, religión, política exterior y futbol se cruzan en el mismo día.
La participación de la selección iraní será una operación de alto riesgo político, migratorio y simbólico. La FIFA necesita que Irán juegue para sostener su narrativa de inclusión; Estados Unidos necesita demostrar que puede proteger incluso a una delegación enemiga en sus presentaciones; Irán necesita usar el Mundial como prueba de dignidad nacional; la diáspora necesita disputar quién tiene derecho a representar a Irán. Si no hay ruptura diplomática de última hora y si la seguridad contiene protestas y amenazas, Irán jugará. Pero “no jugará solo contra Nueva Zelanda, Bélgica y Egipto; jugará también contra el peso de la guerra, contra la desconfianza del anfitrión, contra la fractura de su propia nación representada en la diáspora y contra la posibilidad de que un Mundial convierta un partido de futbol en un expediente de seguridad internacional”, concluye Rubio.
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