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Nueva York.— Durante unos segundos, El Chapo desapareció de la vista de los asistentes a su juicio. La sala 8D de la Corte Federal del Distrito Este de Nueva York, en Brooklyn, había quedado a oscuras. “¡Escapó!”, gritó alguien en la sala, bromeando con la fama de escapista del capo. La risa fue contagiosa —a excepción de los alguaciles y el juez de la causa, Brian Cogan—. Joaquín Guzmán Loera nunca abandonó su silla.
En el proceso judicial contra el líder del Cártel de Sinaloa, que terminó hace unos días cuando se le declaró culpable de 10 delitos, lo que implica que pasará el resto de su vida tras las rejas, se han vivido momentos memorables como estos.
Algunos tuvieron que ver con los testigos. Por ejemplo, cuando subió al estrado Juan Carlos Ramírez Abadía, alias Chupeta, el narco colombiano de cara desfigurada, más parecido a un lagarto que a un ser humano.
El jurado no olvidará el instante en que la fiscalía puso sobre su mesa 10 kilos de cocaína incautada a Guzmán, o cuando se mostraron decenas de AK-47 y un par de lanzagranadas en la sala, antes del receso navideño.
Para Guzmán, el momento más emotivo fue la primera y única aparición de sus hijas gemelas en la sala. Emali Guadalupe y María Joaquina, con 7 años recién cumplidos, provocaron lágrimas de alegría a su padre.
Para el caso, la clave fue la declaración de Christian Rodríguez, el informático que permitió al FBI infiltrarse en la red de comunicación del Cártel de Sinaloa y apoderarse de miles de mensajes y llamadas. Fue ahí que todos comprendieron que El Chapo no tenía escapatoria.
El juicio incluso tuvo su “banda sonora oficial”: Puño de Tierra, uno de los corridos favoritos de El Chapo y con el que uno de los testigos, Miguel Ángel Martínez, El Gordo, ex teniente del narco, se dio por enterado de que querían matarlo. Por tuitear un video de esa canción, uno de los abogados del capo se metió en problemas.
La falta de comunicación de Guzmán con el mundo no impidió que mandara mensajes cifrados. El más claro, casi cruel, fue para su examante y testigo en el juicio, la Chapodiputada Lucero Sánchez.
Rompiendo con su cánon de vestimenta habitual, El Chapo apareció con chaqueta de terciopelo granate y sin corbata. Minutos más tarde, su esposa, Emma Coronel, apareció vestida igual, enviando una señal inequívoca a la examante.
Tres meses de juicio dieron para mucho. Un proceso que se convirtió en un espectáculo con entradas más difíciles de conseguir que aclamadas obras en Broadway y al que acudieron personajes muy singulares que hicieron fila desde altas horas de la madrugada: supuestos abogados, presuntos estudiantes de leyes, fanáticos de Guzmán venidos de todas partes, pastores que rezaban constantemente por su futuro e incluso falsos familiares que, tras el escrutinio de los agentes de seguridad, fueron detenidos y a quienes se les inició un proceso de deportación que acarreaban.
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