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Fue uno de los símbolos más importantes del siglo XX, un baluarte alimentado por toneladas de hormigón que con sus dimensiones monstruosas y una estricta vigilancia evitó durante 28 años, dos meses y 26 días el abrazo entre el este y el oeste. Mañana, el Muro de Berlín cumple tanto tiempo en pie como derribado.
Sus huellas permanecen aún en la capital alemana, donde hay varios fragmentos originales, reconvertidos en una especie de museo. El Checkpoint Charlie es uno de los puntos fronterizos más famosos del Muro de Berlín, que conectaba la zona de control estadounidense con la soviética.
“Yo viví la caída del muro a través de la televisión”, recuerda Susanne Ehard, originaria de Baviera, quien dice que aún se constatan grandes diferencias entre las dos Alemanias.
“Tenemos un sentido de la pertenencia distinto”, agrega, en comparación con los originarios de la extinta República Democrática Alemana (RDA).
En el este, aún muchos se resisten a mitificar la noche frenética que cambió el mundo. Un gran malentendido, cinco horas de vértigo y miles de personas se aliaron a última hora del 9 de noviembre de 1989 para lograr la hazaña: derrumbar el Muro de Berlín.
El mismo muro que desde 1961 había acabado con la vida de unos 600 ciudadanos que intentaron traspasarlo, se convirtió esa noche en un hervidero de libertad.
La caída del “Muro de la vergüenza” tuvo consecuencias globales e inmediatas. Además de simbolizar el derrumbe del bloque soviético y el fin de la Guerra Fría, posibilitó la reunificación alemana un año más tarde de la mano del canciller cristianodemócrata Helmut Kohl y dejó vía libre a la Europa unida de hoy.
Sin embargo, muchos alemanes de la antigua RDA se sienten los grandes perdedores de la reunificación. De ahí que en las pasadas elecciones generales de septiembre, el partido ultraderechista y de tintes xenófobos Alternativa para Alemania (AfD) lograra convertirse en la segunda fuerza política del país.
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