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En el mundo 107 mujeres han sido presidentas o jefas de Estado en sus respectivos países. Un número bastante pequeño si consideramos que esa cifra se refiere a la historia reciente y que el mayor número de mujeres ocupando simultáneamente el máximo cargo de poder ha sido 22 en 2015. En 2018 el número caerá a 14.
En marzo, la región latinoamericana volverá sus pasos a casi una década atrás, cuando el avance en la participación política femenina parecía ya irreversible. Hace apenas unos años, casi 45% de la población de América Latina se encontraba bajo el liderazgo de una mujer.
La salida de Laura Chinchilla de Costa Rica, Cristina Fernández de Kirchner de Argentina, Dilma Rousseff de Brasil, y con el triunfo de Sebastián Piñera, Chile se despide de la tercera mujer en el poder, Michelle Bachelet, quien culminará su segundo periodo precisamente en marzo próximo.
El resquebrajamiento del avance femenino en América Latina pone en el énfasis de la discusión el análisis de hasta dónde pueden avanzar las mujeres al interior de los partidos políticos, pues no es sólo que no hayan ganado, sino que en muchos países ni siquiera hubo candidatas mujeres que pelearan nuevamente por el poder o que tuvieran posibilidades reales de alcanzarlo.
Durante los últimos 10 años se había pensado que la llegada de mujeres a los más altos niveles de poder en América Latina estaba ligado a un cambio cultural y que sería uno permanente. Visto en retrospectiva, el cambio no fue estructural y no ha sido sostenido tampoco. Brasil, que bajo el mandato de Lula y luego de Rousseff había incorporado a una gran cantidad de ministras, hoy es gobernado por un presidente cuyo gabinete es 100% masculino.
El peligro de desandar el camino de avance que se había logrado en la participación política de las mujeres viene de la mano de una mayor atención en los temas sociales. Si bien es cierto que no existen estudios serios que permitan sostener que bajo el liderazgo de una mujer los países pueden mejorar sus índices de calidad de vida, sí está documentado que existe mayor atención en las políticas destinadas a combatir la pobreza y las desigualdades, el cuidado de la salud y las políticas sociales.
Y más allá de eso, Bachelet, como en su momento Chinchilla, fueron responsables de los temas de Defensa y Seguridad en sus respectivos países, con lo que el arribo de las presidentas latinoamericanas significó por una década, perder el miedo a “ser gobernados por una mujer”, destruyendo el mito de que las mujeres suelen ser más capaces para llevar a cabo actividades de tipo social y tener menos aptitudes para las carteras que requieren fuerza como el ejército y la seguridad nacional.
En 2018 habrá elecciones en seis países de la región y las posibilidades de volver a tener una mujer en la presidencia son bastante limitadas. Brasil, Colombia y México contarán con candidatas presidenciales. Sin embargo, en ninguno de los tres tienen posibilidades reales de competir por el máximo cargo. Costa Rica, Paraguay y Venezuela no tendrán candidatas siquiera.
Es inevitable señalar que la tumultuosa salida de Rou-
sseff, ligada a escándalos de corrupción, y la de Cristina Fernández de Kirchner, acusada de encubrimiento, se pueden convertir en aristas en el camino de otras mujeres que busquen alcanzar el poder. No puede dejarse de lado que los estereotipos ligados a una supuesta mayor honestidad y eficiencia de las mujeres, son elementos que se transforman en barreras pues la vara con que se mide a las mujeres en posiciones de liderazgo es distinta de aquella con la que se mide a los hombres.
Internacionalista
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