La organización multinacional enfrenta horas críticas, señalada de ineficacia para atender problemas que van de la guerra entre Rusia y Ucrania a la situación en Haití. Una parte el problema es el financiamiento. Pero para otros, la se quedó atrás y requiere reformas urgentes para poder ser una institución funcional. La llegada de agravó el escenario, con el presidente de Estados Unidos acusando a la ONU de ser “inservible”. En este escenario, la elección de un nuevo secretario o secretaria general representa una oportunidad de aplicar los cambios urgentes que revivan a la institución.

Tres oportunidades

Belén Elizabeth Licona Romero. Doctorante en Seguridad Internacional por la Universidad Anáhuac. Maestra en Relaciones Internacionales y Derecho Internacional por University of Aberdeen en Reino Unido. Académica en la Universidad Anáhuac y la Universidad Iberoamericana en el área de Relaciones Internacionales y Negocios Globales.

Este martes, más de 120 jefes de Estado y de gobierno llegaron a Nueva York para la 81ª Asamblea General. António Guterres se despidió con este mensaje: frente a las guerras, el clima y la inteligencia artificial, ningún país puede resolver solo sus problemas. Que casi todo el mundo siga acudiendo a la cita dice algo importante: la ONU sigue siendo el único lugar donde se sientan los 193.

Sin embargo, su vigencia no garantiza su eficacia. Lula habló de la baja credibilidad de la organización y de un Consejo de Seguridad paralizado. Aun así, el diagnóstico ya es compartido, y eso abre la puerta a los cambios.

¿Hacia dónde puede ir? Veo tres oportunidades.

Primero, limitar el veto. La propuesta de México y Francia para suspenderlo en casos de atrocidades masivas ya suma el apoyo de 127 países. No exige reformar la Carta, solo voluntad política. Es un cambio al alcance de la mano y le devolvería mucha credibilidad al Consejo.

Segundo, liderar en los temas nuevos. La IA avanza rápido, y en esta Asamblea surgieron ideas distintas sobre cómo gobernarla. Ese debate es justo el que la ONU sabe convocar: reunir visiones diferentes y encontrar un piso común.

Tercero, aprovechar el relevo. En enero llega una nueva persona a la Secretaría General, probablemente de América Latina y quizá la primera mujer en el cargo en 81 años. Es un buen momento para pasar de una ONU que diagnostica a una que resuelve, con metas concretas y resultados que se puedan medir.

La ONU nació en 1945 en un mundo roto, y se ha reinventado más de una vez desde entonces. Puede volver a hacerlo. Para eso, los países con vocación multilateral, como México, tienen un papel clave: poner sobre la mesa propuestas concretas que acerquen posiciones.

Financiamiento: el talón de Aquiles de la ONU

Derzu Daniel Ramírez Ortiz. Facultad de Relaciones Internacionales, UPAEP.

Las dificultades financieras de la ONU no son nuevas. Desde hace décadas es evidente que la organización enfrenta serias vulnerabilidades en materia de financiamiento.

Al menos dos factores las explican. Primero, la concentración de las aportaciones en pocos países. Para 2025-2027, Estados Unidos y China concentran 42% de las cuotas. Segundo, los grandes financiadores pueden utilizar sus aportaciones como palanca para defender sus propios intereses y acrecentar su influencia dentro de la organización.

En los años sesenta, la Unión Soviética se negó a financiar las operaciones de paz en el Congo y Medio Oriente, mientras Francia rechazó financiar la primera. Ambos cuestionaban la legalidad de estas operaciones y defendían un mayor control del Consejo de Seguridad sobre el mantenimiento de la paz. Los impagos llevaron a la ONU a una severa crisis financiera y abrieron incluso la posibilidad de retirarles temporalmente el voto en la Asamblea General.

En 1985, el Congreso estadounidense aprobó la Kassebaum Amendment. Estados Unidos limitaría su contribución al 20% si la ONU y sus agencias no establecían un sistema de votación ponderado de acuerdo con las aportaciones de cada país.

En años recientes, el financiamiento ha seguido utilizándose como instrumento de influencia. Durante su primer gobierno, Trump suspendió las aportaciones estadounidenses al organismo de asistencia a los refugiados palestinos (UNRWA), argumentando la necesidad de un mayor reparto de sus costos entre otros países. En 2024, Biden también pausó temporalmente nuevos recursos ante las acusaciones de posible participación de empleados de esa agencia en los ataques de Hamás de octubre de 2023.

Con el segundo gobierno de Trump observamos algo distinto y de mayor alcance. Una orden ejecutiva de febrero de 2025 dispuso revisar el apoyo estadounidense a organismos internacionales según su compatibilidad con los intereses de Estados Unidos. En enero de 2026, Washington decidió retirarse de 66 organizaciones, incluidas 31 entidades del sistema de Naciones Unidas, cesando su financiamiento en los casos correspondientes.

China introduce una nueva variable estructural. Su cuota alcanza ya 20% del presupuesto ordinario. Hasta ahora, el problema más visible ha sido el retraso de cuotas. Habrá que observar si en el futuro mantiene su compromiso declarado con el multilateralismo o reproduce prácticas de influencia utilizadas por otras potencias.

Si la comunidad de Estados quiere una ONU relevante, tendrán que disminuir su vulnerabilidad frente a unos cuantos financiadores. Esto implicaría redistribuir las cuotas entre un mayor número de países, una decisión difícil para gobiernos con enormes necesidades internas. Pero es momento de discutirlo. La alternativa a instituciones multilaterales robustas es un sistema internacional en el que los países más poderosos tengan cada vez menos contrapesos.

Nuevas realidades, mejor multilateralismo

Georgina De la Fuente. Analista política y socia de Strategia Consultores.

“¿Dónde está la ONU?”, es la pregunta recurrente cada que estalla un nuevo conflicto. Con la invasión a Ucrania, la devastación en Gaza y la escalada en Irán, la organización creada para preservar la paz y la seguridad ve su credibilidad mermada ante cada nueva incursión militar. Pero la respuesta obliga a mirar más allá de una institución con más de ocho décadas de existencia.

La ONU no es un gobierno mundial ni puede imponer la paz. Su margen de acción depende de la voluntad política de sus miembros. Pero que no pueda evitar una guerra no significa que sea irrelevante o prescindible. En contextos de conflicto o, incluso, posconflicto, sostiene servicios esenciales y asistencia a comunidades desplazadas; participa en la remoción de residuos y riesgos de explosivos; así como en la evaluación de daños y la planeación de la reconstrucción. Sus buenos oficios también cumplen una función menos visible: mantener abiertos los canales diplomáticos cuando la escalada amenaza con cerrarlos. Su labor permite articular respuestas que ningún país podría desplegar por sí solo.

El problema es que su entramado fue diseñado para un mundo que ya no existe. Su arquitectura refleja, en buena medida, la distribución del poder de 1945, mientras que el escenario actual es más fragmentado, multipolar e interdependiente. En este escenario, la respuesta no debería ser menos multilateralismo sino uno mejor. Esto exige rediseñar la representación y los mecanismos de decisión; fortalecer la prevención y la mediación; y articularse mejor con organizaciones regionales. Pero, sobre todo, requiere un nuevo consenso y un compromiso renovado de sus miembros frente a retos que trascienden fronteras y capacidades individuales.

En ese sentido, iniciativas como “Partners for Multilateralism”, impulsada por Brasil, Canadá, Kenia y la Unión Europea en esta Asamblea General, resultan de especial relevancia. Frente a la crisis del sistema, apuestan por reformarlo y fortalecerlo, no por abandonarlo. El dilema, entonces, no es elegir entre multilateralismo o aislamiento, sino construir un multilateralismo capaz de responder eficazmente a los retos de hoy.

Trump: ¿golpe mortal a la ONU?

Jorge Lomonaco. Diplomático. Exembajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos. @amb_lomonaco

Es verdad que la ONU comenzó a ver mermada su efectividad después de vivir una época dorada de acuerdos sin precedentes entre las grandes potencias al final de la Guerra Fría. El “fin de la historia”, como le llamó Fukuyama, fue pasajero. El mundo pronto regresó a la normalidad del conflicto permanente, pero Estados Unidos continuó, en general, siendo una fuerza positiva en la organización. Hasta la llegada de Donald Trump. Resulta trágico observar cómo el mandatario estadounidense encabeza un proceso de destrucción del sistema multilateral que emergió de la post-guerra bajo el liderazgo del propio EU, diseñado para mantener la paz y seguridad del mundo, resolver problemas transnacionales y mejorar estándares de vida mediante colaboración internacional.

A veces se olvida que la ONU es herramienta, no fin en sí mismo. La organización es lo que sus miembros, actuando colectivamente, quieren que sea. De ellos son sus éxitos y fracasos. Con todo, el mundo hoy es mucho mejor de lo que era hace 80 años o lo que sería sin la ONU. ¿Qué sigue? Si bien no hemos llegado al punto de no retorno estamos muy cerca, mientras Trump, Putin y Xi se reparten el mundo en esferas de influencia. Ninguno de ellos extrañaría a la organización si colapsara. Tendrán que ser otros. Tal vez, en efecto, ha llegado la hora de las potencias medias.

Recuperar la credibilidad, el reto

Scarlett Limón Crump

Analista Internacional, Doctorante en Estudios de Género.

¿Quién quiere dirigir una institución a la que se exige resolver las crisis que sus propios miembros alimentan? Quien suceda a António Guterres encabezará Naciones Unidas frente a potencias que reclaman cooperación, pero se resisten a sus límites.

Tras el retiro de Michelle Bachelet, siguen en la contienda Rebeca Grynspan, de Costa Rica; Carolyn Rodrigues-Birkett, de Guyana; María Fernanda Espinosa e Ivonne A-Baki, de Ecuador; Rafael Grossi, de Argentina; Macky Sall, de Senegal, y Olara Otunnu, de Uganda.

La primera contradicción está en la elección: la Asamblea General designa a quien recomienda el Consejo de Seguridad, donde cinco países pueden vetar cualquier candidatura. Quien defienda el interés colectivo necesita primero el visto bueno de las potencias.

Hemos defendido que la ONU importa porque establece límites al poder, documenta abusos y sostiene un lenguaje común de derechos. Su debilidad favorece a quienes prefieren que la fuerza determine lo permitido.

Quien llegue heredará guerras, emergencia climática, desigualdad, desplazamientos forzados y retrocesos en derechos humanos. Deberá negociar entre potencias enfrentadas, proteger la acción humanitaria y movilizar recursos para el desarrollo.

El reto será recuperar la credibilidad de una institución cuyas condenas parecen tener pocas consecuencias. Necesitará demostrar que la cooperación puede proteger vidas y que los derechos se defienden sin distinciones entre aliados y adversarios.

Para ello requerirá capital político: legitimidad más allá de las potencias, confianza entre países enfrentados y capacidad para construir acuerdos. También autoridad moral para denunciar abusos sin dobles estándares. Su fuerza dependerá de negociar con quienes facilitaron su elección y conservar autonomía frente a ellos.

Una mujer al frente rompería una exclusión histórica. Pero el género no garantiza una agenda de igualdad: importan la trayectoria, las alianzas y la concepción de los derechos humanos. La prueba será defender derechos incluso cuando incomoden a sus aliados.

Volver a creer en el multilateralismo exige resultados. La ONU sigue importando; los gobiernos que la integran deben permitirle actuar.

El nuevo liderazgo

Leticia Bonifaz. Catedrática de la UNAM. @leticia_bonifaz

No hay fecha precisa para la elección del próximo Secretario General de la ONU, pero el momento está cerca después de los diálogos interactivos y de las votaciones preliminares en el Consejo de Seguridad. António Guterres deja el cargo en diciembre y, en enero, podríamos tener a la primera secretaria general de la historia. Es paradójico que un organismo que desde su fundación ha impulsado la presencia de mujeres en el espacio público, nunca haya contado con una titular. Las probabilidades para las mujeres son altas a pesar de que el argentino Rafael Grossi no ha sido descartado en las votaciones del Consejo de Seguridad. Las favoritas son Rebeca Grynspann de Costa Rica y Carolyn Rodríguez-Birkett de Guyana. Se ha quedado atrás María Fernanda Espinosa de Ecuador. Todo indica que el siguiente secretario general será de esta región del planeta: América Latina o el Caribe. En 80 años, el peruano Javier Pérez de Cuélla ha sido el único latinoamericano en ostentar dicho cargo.

Las candidaturas son potentes y reflejan gran conocimiento del mundo y de adentro del propio sistema de Naciones Unidas. Sin embargo, ante los retos actuales de profunda crisis y clara impotencia frente a temas cruciales, la pregunta es si será suficiente un nuevo liderazgo o habrá que ir pensando en una refundación que atienda el nuevo escenario mundial.

Haití, uno de los mayores fracasos de las misiones humanitarias

Martin Baltazar Ferman. Internacionalista.

Mientras la ONU se reúne en la Asamblea General y se aproxima la elección de un nuevo secretario/a general, la organización enfrenta retos importantes ante un complejo escenario internacional. Entre sus principales metas destaca la de recuperar la credibilidad y la confianza internacional. Sin embargo, este objetivo enfrenta la sombra de uno de los mayores fracasos en la historia de las misiones humanitarias: Haití.

Tras el derrocamiento del presidente Jean-Bertrand Aristide, en 2004, el país cayó en una profunda inestabilidad. La ONU desplegó la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) entre 2004 y 2017 con la que lejos de garantizar la paz y estabilidad política, dejó secuelas devastadoras y expuso graves fallas institucionales.

Una protesta en Brooklyn en apoyo al pueblo haitiano. Foto: AFP
Una protesta en Brooklyn en apoyo al pueblo haitiano. Foto: AFP

El episodio más trágico ocurrió en 2010, cuando tropas de Nepal vertieron aguas residuales sin tratar en el río Artibonito. La contaminación provocó una epidemia de cólera que dejó casi 10 mil muertos y más de 800 mil afectados. La organización se amparó en la inmunidad diplomática y tardó seis años en ofrecer disculpas, sin asumir responsabilidad legal. A esto se sumaron denuncias de abuso y explotación sexual por parte del personal internacional.

La estrategia de la ONU priorizó el control militar sobre el fortalecimiento de las instituciones locales y la lucha ante la corrupción. Al retirarse la MINUSTAH en 2017, Haití quedó sin capacidad institucional para mantener el orden, facilitando que pandillas y grupos delictivos tomaran el control territorial del país.

Este caso demuestra cómo una misión, destinada a dar paz y estabilidad, terminó por agravar la situación. El reto de la ONU será reformar mecanismos de supervisión, eliminar la impunidad ante abusos y garantizar rendición de cuentas. No basta con posiciones mediáticas: hablamos de vidas humanas, no solo en Haití, sino en cada escenario de crisis en el mundo.

Si la organización no actúa ante esto, su legitimidad y las futuras misiones humanitarias seguirán en tela de juicio. La credibilidad de la ONU ha sido cuestionada durante los últimos años. Urge y necesitamos contar con una institución más sólida y confiable ante los retos globales que se aproximan y enfrentaremos como humanidad.

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