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Estados Unidos celebrará por todo lo alto los 250 años de la firma de la declaración de Independencia. Pero el país está muy lejos de sus raíces: una nación de migrantes que hoy los expulsa, los llama criminales y los excluye del festejo. El país está dividido, con una democracia cuestionada. El que fuera líder mundial e impulsor del globalismo se ha aislado y convertido en un depredador que amenaza a punta de aranceles y guerras.
El retiro del globalismo
Duncan Wood. Director Ejecutivo de Hurst International y Fellow en el Wilson Center
La historia del poder estadounidense en los siglos XX y XXI puede entenderse como un ascenso al, seguido de un retroceso del, globalismo. A principios del siglo XX, Estados Unidos ya era una gran potencia emergente, pero seguía mostrándose profundamente receloso ante la idea de una implicación permanente en los asuntos mundiales. Afirmó su dominio en el hemisferio occidental, proyectó su poder de forma selectiva y no entró en la Primera Guerra Mundial hasta después de una prolongada vacilación. Woodrow Wilson mostró visos tempranos de internacionalismo liberal, pero el rechazo del Senado a la Sociedad de Naciones reveló que el país aún no estaba preparado para vincular su destino a un orden mundial.
La Segunda Guerra Mundial modificó ese cálculo. Estados Unidos emergió del conflicto no sólo como la economía y la potencia militar más fuerte del mundo, sino como el arquitecto de un nuevo sistema global. A través de Naciones Unidas, Bretton Woods, la OTAN, el Plan Marshall y la promoción de mercados abiertos, Washington construyó un orden internacional que reflejaba los intereses e ideales estadounidenses. Así surgió el globalismo estadounidense: la convicción de que la mejor forma de proteger la prosperidad y la seguridad de Estados Unidos no era el aislamiento, sino la configuración de las normas, las instituciones y las alianzas del resto del mundo.
Ese proyecto llegó a su clímax al final de la Guerra Fría. Con la Unión Soviética derrotada, Estados Unidos quedó como el único poder indispensable. La década de los 90 se convirtió en el momento álgido de la confianza en la globalización, la democracia liberal, el libre comercio y el liderazgo estadounidense. Durante un tiempo, pareció que el mundo avanzaba hacia un consenso global liderado por Estados Unidos.
Pero esa confianza no duró. Las guerras en Irak y Afganistán, la crisis financiera de 2008, el ascenso de China, la desindustrialización y la polarización doméstica debilitaron el apoyo al globalismo a nivel nacional. Bajo el presidente Donald Trump, la retirada se volvió explícita.
La política “Estados Unidos Primero” rechazó el antiguo pacto de liderazgo y lo reemplazó con nacionalismo, proteccionismo y un uso más transaccional del poder estadounidense. Estados Unidos no se volvió débil o irrelevante, pero sí menos comprometido con el mantenimiento del sistema global que había construido y más dispuesto a utilizar su poder de forma selectiva, coercitiva y limitada, en su intento de lograr ventajas inmediatas. En Washington, son pocos los que esperan un retorno al globalismo a corto plazo.
Un país de migrantes que hoy los persigue
Karla A. Valenzuela Moreno. Académica del Departamento de Estudios Internacionales. Universidad Iberoamericana CDMX
Los festejos por la independencia de Estados Unidos han causado gran polémica, pues a nadie queda claro si van dirigidos a todos los ciudadanos, o bien, si están más enfocados en exaltar a los seguidores del presidente Donald Trump y su apropiación simbólica del Estado. La intención de imprimir billetes conmemorativos de 250 dólares y nuevos pasaportes con la imagen de Trump motivan grandes dudas sobre la intencionalidad detrás de estos actos “conmemorativos”.
Las políticas antinmigrantes son igualmente cuestionables, por decir lo menos. Si bien la discriminación hacia migrantes ha sido una constante -y no una excepción- en la historia del país, ahora se alinean con un retroceso mundial del régimen de protección a migrantes y refugiados, que vuelve más potentes los esfuerzos de Trump por criminalizar la migración.
Las estrategias trumpistas para deportar y desincentivar la inmigración se olvidan de que la población de Estados Unidos ya no puede dividirse entre migrantes y no migrantes; de acuerdo con el Migration Policy Institute, alrededor del 29% de la población estadounidense es migrante o desciende de extranjeros. Por tanto, la política migratoria no sólo se dirige hacia los migrantes, sino que afecta profundamente a los ciudadanos, a las familias y al tejido social estadounidense.
Los festejos de 250 años de independencia no deberían estar dirigidos solo para quienes concuerdan con la agenda nativista del gobierno actual, sino también para quienes se oponen, y para aquellas personas migrantes que han estado presentes, aportando de múltiples maneras a la consolidación del país. Este aniversario, es también de los y las migrantes. A ellos, mis felicitaciones.
¿Celebración de la “reconstrucción” o la “autodestrucción económica”
Francisco Suárez Dávila. Embajador de México en Canadá (2013-2016)
Es útil ubicar la evolución económica de Estados Unidos en perspectiva histórica. Durante sus primeros 150 años siguió políticas claramente proteccionistas. En efecto, los Estados Unidos nacieron como país independiente con una política económica arancelaria para fomentar su industria naciente, bajo la inspiración de Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro. Nuevamente, entre 1890 y 1910 lograron un periodo de auge económico, impulsado por el presidente William McKinley, que también siguió una agresiva política arancelaria para superar industrialmente a Inglaterra. Así surgió el gran grupo de grandes empresarios capitalistas: John D. Rockefeller, Cornelius Vanderbilt, J.P. Morgan, Andrew Carnegie, también llamados los “barones ladrones”. Es lo que se llamó la “Época Dorada”. Ha sido explícitamente reconocida por el presidente Donald Trump como su referencia histórica a imitar. El presidente Herbert Hoover introduce en 1930 la tarifa Smoot Hawley para proteger el empleo ante la Gran Depresión, que más bien la profundiza.
La gran reorientación estratégica económica surge con las políticas del New Deal bajo el presidente Franklin D. Roosevelt. Con gran visión, al final de la Segunda Guerra Mundial, él inicia la construcción del nuevo orden económico internacional con la creación de la ONU, del FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio y, luego, la reconstrucción y la Unión Europea. Así en los años 60s se inicia un gran periodo de prosperidad mundial, que se amplifica en los 90s con un periodo de libre comercio, que da lugar al fenómeno de la globalización neoliberal. Este proceso da señales de agotamiento en el nuevo milenio con la Gran Recesión de 2008.
En la nueva era Trump, éste considera que este sistema resultó nocivo a los intereses de Estados Unidos, permitió el surgimiento de China y fue un sistema de abuso, que le significó pérdida de empleos, de industrias, como la automotriz y “subsidio al mundo”, con altos déficits comerciales. Pretende recuperar la supremacía mundial, la MAGA. Para ello utiliza como instrumento principal un amplio y agresivo sistema de protección comercial a base de aranceles, empleado también como medio de presión política en otros temas. Significa, en la práctica, un proceso autodestructivo para Estados Unidos y la economía global. Ha socavado el orden internacional de la postguerra y la Alianza Atlántica, destruido procesos exitosos de integración económica, como el T-MEC, propiciando guerras con resultados nefastos como la de Irán. La economía y el comercio mundial están en una situación de relativo estancamiento con importantes problemas estructurales, como el elevado endeudamiento, la migración desbordada, la inseguridad, la desigualdad, la polarización política, pérdidas de la democracia ante gobiernos populistas. Peor aún, no se vislumbra ningún liderazgo o visión que nos permita salir del problema. Ciertamente un primer paso es que Trump pierda las elecciones legislativas intermedias y luego la Presidencia. Por lo pronto lo que “celebramos” es no la “reconstrucción” de Estados Unidos, sino su “autodestrucción” con serios efectos sobre la economía global y nuestro país.
Celebrar entre oligopolios y una economía en declive
Alejandro Álvarez Béjar. Estudioso de los Procesos de Integración en la Economía Internacional e integrante del Centro de Análisis de la Coyuntura Económica, Política y Social (CACEPS)
Estados Unidos llega al 250 aniversario de su declaración de independencia (1776), con grave crisis política entre las élites, crisis social y declive económico; recurre al neoliberalismo por la fuerza, guerra arancelaria y poder mediático potenciado con la inteligencia artificial, para someter adentro y prevalecer afuera.
Tras guerras internas, choques raciales, intervenciones externas, despojo o compra de territorios, su gobierno oligárquico hoy impulsa el poder financiero: de oligopolios en tecnología digital, energía, farmacéutica, drogas, armas, comunicación, alimentos y bienes raíces.
Comparte derrotas político-militares regionales: en Ucrania, Palestina, Irán. Pero construye victorias electorales en América Latina. Y no gana consenso por el deterioro de la salud y la educación públicas, los pobres sin vivienda, la insuficiencia salarial en contraste con la riqueza obscena de sus millonarios.
Combate a los “izquierdistas radicales”, con ataques ideológicos contra la equidad, la diversidad, la inclusión y la ideología de género (Judith Butler, 2024). Pero le declararon ilegal su guerra arancelaria.
La agenda: un desfile militar y más ataques a México, a la presidenta por “aliada del narco” y a éstos como “terroristas”; apunta al control o bloqueo de los puentes comerciales entre Oriente y Occidente, para avanzar la militarización y dar seguridad al desarrollo de su “nearshoring”. Largo recorrido: de la independencia y del auge imperial a la decadencia institucional y hegemónica.
Democracia bajo examen
Scarlett Limòn Crump. Analista Internacional
A 250 años de su independencia, Estados Unidos no llega como la democracia segura de sí misma que durante décadas proyectó al mundo. Llega como una democracia viva, pero en disputa. La pregunta ya no es solo quién gobierna, sino qué entiende el país por democracia: una promesa común de libertad o un poder al servicio de una identidad, un partido o un líder.
De Abraham Lincoln a Donald Trump se dibuja una tensión histórica. Lincoln gobernó en medio de la guerra civil y enfrentó la gran contradicción fundacional: una nación que hablaba de libertad mientras sostenía la esclavitud. Su desafío era demostrar si una democracia podía sobrevivir cuando una parte del país negaba la humanidad y la ciudadanía de otra.
Esa herida nunca cerró del todo; la esclavitud fue abolida, pero la exclusión racial mutó en segregación, violencia, brechas de riqueza, disputas por el voto y resistencias frente a una sociedad cada vez más diversa. Por eso, el racismo no es un tema separado de la democracia estadounidense; es una de sus preguntas centrales: ¿quién cuenta como “el pueblo”?
La otra grieta es económica. El sueño americano prometió movilidad, prosperidad y recompensa al esfuerzo, pero para millones se ha convertido en deuda, precariedad y miedo a perder estatus. Cuando la democracia deja de mejorar la vida cotidiana, pierde legitimidad y cuando esa frustración no encuentra respuestas institucionales, se vuelve terreno fértil para quienes ofrecen culpables: migrantes, élites, minorías, “el otro”.
Ahí aparece Donald Trump. No como accidente, sino como síntoma. Su fuerza está en convertir el malestar económico en resentimiento cultural, y ese resentimiento en proyecto político. Trump no inventó el racismo, la desigualdad ni la desconfianza institucional, pero los aceleró, los ordenó narrativamente y los puso al centro de una disputa por el poder.
El punto delicado es que la democracia estadounidense no se está rompiendo como en los golpes clásicos del siglo XX. Se desgasta lentamente: polarización extrema, debilitamiento de contrapesos, concentración del poder ejecutivo y discursos que presentan al adversario como enemigo interno.
A 250 años de su independencia, Estados Unidos no solo está celebrando su pasado; está siendo obligado a revisar sus contradicciones. La pregunta no es únicamente si sus instituciones resistirán a Trump, sino si el país podrá construir una democracia donde la libertad no sea nostalgia, la igualdad no sea retórica y “el pueblo” no se defina desde la exclusión.
250 años de libertad
Yu Chen Cheng, asociado COMEXI, @Chennie_tw
A 250 años de la independencia de Estados Unidos, resulta inevitable preguntarse si el país ha logrado cumplir la promesa de igualdad que inspiró su fundación. Aunque la historia estadounidense suele presentarse como una constante expansión de derechos y libertades, la realidad muestra que la lucha por los derechos civiles ha sido un proceso largo, complejo y aún inconcluso.
Desde la abolición de la esclavitud en el siglo XIX hasta el movimiento liderado por Martin Luther King Jr. en la década de 1960, cada generación ha tenido que enfrentar nuevas formas de discriminación y exclusión. La segregación racial fue declarada ilegal, el derecho al voto se amplió a grupos históricamente marginados y se fortalecieron mecanismos para proteger libertades fundamentales. Sin embargo, estos logros no eliminaron las profundas desigualdades que continúan presentes en la sociedad estadounidense en la actualidad.
No obstante, los debates sobre derechos civiles abarcan temas tan diversos como la discriminación racial, la migración, la igualdad de género, los derechos de los grupos minoritarios, la violencia policial y el acceso equitativo a la educación y la justicia. Lejos de haber desaparecido, muchas de estas discusiones se han intensificado en un contexto de creciente polarización política y social.
La paradoja es evidente, Estados Unidos continúa siendo una de las democracias más influyentes del mundo y un referente internacional en materia de libertades individuales. Sin embargo, también enfrenta cuestionamientos internos sobre la capacidad de sus instituciones para garantizar que esos derechos sean ejercidos de manera igualitaria por todos sus ciudadanos. Las diferencias económicas, raciales y culturales siguen condicionando las oportunidades de millones de personas.
Por ello, afirmar que la guerra por los derechos civiles ha terminado sería ignorar la realidad. Más que una batalla concluida, se trata de un proceso permanente de negociación entre los ideales fundacionales del país y los desafíos de una sociedad diversa y cambiante. A dos siglos y medio de su independencia, Estados Unidos demuestra que las heridas siguen abiertas y que hay mucho camino por recorrer.

De cara al futuro: el Reordenamiento Americano
Yussef Núñez. Analista de riesgos políticos y geopolítica
A lo largo de la historia, las naciones evolucionan en periodos adaptativos. En 250 años, Estados Unidos ha transitado etapas que marcaron tanto su política interna como su rol en el mundo: del federalismo fundacional a la democracia jacksoniana; del predominio republicano post Guerra Civil a la coalición del New Deal. A días de su aniversario 250, el país enfrenta una pregunta que trasciende a quien ocupe la Casa Blanca: ¿hacia dónde va Estados Unidos?
La respuesta empezó a dibujarse antes de Trump. El 9/11 fragmentó la seguridad nacional como prioridad absoluta; la crisis financiera de 2008 erosionó la confianza en la globalización que el propio Estados Unidos había diseñado; y el ascenso acelerado de China convirtió la convivencia entre potencias en el problema central de la política exterior. Trump no inventó esa transición, sino la hizo visible. Y la prueba más contundente la dio, sin quererlo, Joe Biden al mantener los aranceles a China, profundizó la guerra tecnológica y reforzó las alianzas del Indo-Pacífico. Ahora Trump regresó con la misma intención. En la última década, el hilo conductor no ha sido un partido, sino una doctrina de Estado.
Esto sugiere que la pregunta relevante no es qué hará el próximo presidente, sea republicano o demócrata, sino qué hará el Estado. Es probable que el rumbo de fondo seguirá fijo: gestionar el ascenso de un rival sin ceder la hegemonía. A 250 años de su independencia, EE.UU. entra al Reordenamiento Americano, la etapa donde debe aprender a coexistir con un igual. De igual forma, en este reacomodo, un mundo sin aranceles es poco probable, sin importar quién gobierne: el proteccionismo selectivo ya es parte de la doctrina, no de la coyuntura.
La incógnita no es ideológica, es estructural: ¿logrará Washington esquivar la trampa de Tucídides, cuando el miedo de la potencia establecida termina arrastrando a ambas al conflicto?
Polarización y desconfianza
Ricardo Smith Nieves. Analista y especialista en desarrollo internacional
Estados Unidos llega al 250 aniversario de su fundación como país soberano en medio de una creciente polarización. Episodios de violencia política registrados en años recientes —como la toma del Capitolio en 2021 o el asesinato del activista conservador Charlie Kirk en 2025— han abonado a un clima general de desconfianza entre simpatizantes de los partidos Demócrata y Republicano. Esto se ha traducido en una pérdida sustancial de la confianza de los estadounidenses en sus instituciones: dos de cada tres han perdido la fe en la capacidad del sistema político para resolver sus diferencias.
La segunda administración Trump ha enfocado su atención en temas que generan opiniones divididas entre el electorado, abonando así a la polarización del debate público. En una de sus primeras órdenes ejecutivas, prohibió la participación de atletas transgénero en deportes competitivos. Su gobierno emprendió una ola de investigaciones contra universidades acusadas de favorecer medidas que discriminan a los estudiantes en favor de minorías. Asimismo, ha movilizado al Departamento de Justicia para recolectar pruebas que demuestren un presunto fraude electoral en las elecciones presidenciales de 2020. Ello explica que los niveles de aprobación del presidente Trump sean diametralmente distintos entre votantes republicanos y demócratas.
De mantenerse las tendencias recientes, las elecciones de medio término de noviembre podrían llevar al Congreso a políticos con posturas más radicales. El 90% de los distritos en disputa en la Cámara de Representantes son considerados altamente competitivos, lo que reduce los incentivos para postular candidatos capaces de atraer al electorado de centro. Las elecciones primarias de Kentucky, Texas y Luisiana han dado el triunfo a candidatos republicanos leales al presidente Trump y al movimiento MAGA, mientras que las primarias celebradas hace unos días en Nueva York han dado un nuevo impulso político a los Demócratas Socialistas de América, encabezados por Zohran Mamdani.
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