Familiares de migrantes venezolanos deportados de Estados Unidos y enviados a una cárcel de El Salvador, bajo la Ley de Enemigos Extranjeros, han emprendido protestas en los últimos días en Maracaibo, Venezuela, y aseguran que los jóvenes "no son delincuentes", ni miembros de la banda criminal Tren de Aragua, como afirma el gobierno de Donald Trump.
"Lo que pedimos es ayuda para que se lo traigan lo más pronto posible, porque ellos no son ningunos delincuentes ni están vinculados con ningún Tren de Aragua, ni con nada, son muchachos deportistas, padres de familia", explicó Rosliany Camayo, esposa de Ringo Rincón, quien vivía en Dallas desde hace un año y medio.
Camayo explicó que su esposo, junto a otros tres compañeros de casa también provenientes de Maracaibo, estaban detenidos para ser deportados, inicialmente, hacia Venezuela, "y lo que hicieron fue llevarlos a El Salvador, no sabían que iban para El Salvador, todo fue un engaño".
Asimismo, dijo que Rincón llegó a su casa, en Dallas, "cuando se encontró con la sorpresa de que los tenían allanados, sin preguntarles nada se lo llevaron, solo por los tatuajes".
Camayo explicó que su esposo trabajaba como repartidor de ropa con lo que les enviaba dinero a ella y resto de familiares que viven en el estado Zulia (noroeste).
Uno de los compañeros de casa de Ringo era Mervin Yamarte. En su caso, la familia se enteró de la detención y traslado a una cárcel salvadoreña por los videos que circularon de las detenciones.
El primero en identificar a Mervin en un noticiario de televisión fue un hermano, que vive en Estados Unidos.
Fue por las "cotizas", dice en referencia al término usado en esa región venezolana para referirse a las chanclas, y llamó a su familia.
Les envió un video en el que "sale Mervin con una mirada aterradora", relata entre sollozos Mercedes.
Esa mirada "es el dolor más grande de mi vida, porque es como un grito de auxilio de mi hijo", piensa la mujer, que gestiona a través de las autoridades venezolanas la repatriación de la hija que está en México.

Sus otros dos hijos en Estados Unidos quieren volver, relata, pero temen correr la misma suerte de Mervin.
Mientras, se aferra a la última fotografía que le mandó Mervin, en la que se ve con gesto relajado, antes de aparecer en las imágenes de migrantes encadenados, cabezas rapadas y torsos doblados por agentes enmascarados, que divulgó el presidente salvadoreño, Nayib Bukele.
"Solo queremos justicia, son personas buenas. Libertad para Andy, Mervin, Ringo y Edwuin", dice una pancarta con fotografías de los cuatro que elaboraron para ir a los medios de comunicación locales a pedir ayuda.
Mercedes encabeza una especie de comité de madres que presionan por la libertad de los venezolanos enviados a El Salvador por Trump, amparado en una ley de 1798 que permite la expulsión de manera sumaria de "enemigos extranjeros".
Trump ordenó el traslado de Mervin, sus tres amigos y otros 234 venezolanos bajo el alegato de que pertenecen al Tren de Aragua, que declaró como una organización terrorista. El gobierno venezolano, rival político, denuncia una campaña de criminalización contra los migrantes.
Mervin y sus amigos crecieron en Los Pescadores, un barrio de calles polvorientas y viviendas modestas en Maracaibo (estado Zulia, oeste), la otrora capital petrolera venezolana, de donde salieron en septiembre de 2023 en busca del "sueño americano".
Los cuatro firmaron una orden de deportación a Venezuela, relatan sus familiares, que los esperaban de regreso al país caribeño el fin de semana.
"Ya mi hijo se quería devolver porque decía que eso no era el sueño americano, era la pesadilla americana", dice a la AFP su madre Mercedes Yamarte, cuyos cuatro hijos emigraron, tres a Estados Unidos y una a México.
En vez de eso, fueron enviados a El Salvador.
"¿Fueron los tatuajes?"
En Cañada Honda, otro barrio empobrecido de Maracaibo, Yajaira Chiquinquirá Fuenmayor, de 65 años, recuerda que su hijo, Alirio Belloso, de 30, le había comunicado que sería deportado a Venezuela.
Fue detenido el 28 de enero, una semana después de que Trump asumiera su segundo mandato, y esperaba su deportación.
Yajaira estaba feliz porque volvería a ver a su hijo, pero su ilusión se esfumó cuando supo que estaba en el Cecot, el gigantesco penal que Bukele abrió hace tres años como parte de su cruzada contra las pandillas de El Salvador.
Alirio había migrado a Perú y regresó a Venezuela para irse a Estados Unidos con la idea de ayudar a su familia a surfear la extrema pobreza.
¿Fueron los tatuajes?, se pregunta su esposa Noemí Briceño. Mervin también los tiene.
"Vimos una noticia que hablaba de los tatuajes del Tren de Aragua. Mi esposo tiene tatuada a su sobrina, que murió de leucemia, y el nombre de su hija, de su madre", apunta la mujer.
"Y un reloj de arena", relata, "porque le decía a su hija que habría un tiempo en que ya no se iría de Venezuela".
Cristi Quintero, prima de Andy Perozo, señaló que los cuatro jóvenes emigraron a Estados Unidos en "busca de un sueño americano" pero, dijo, se encontraron con "la pesadilla americana".
"Ellos estaban pasando muchas necesidades en otro país, tomaron la decisión de devolverse y (...) los trasladaron a El Salvador", se quejó.
Quintero defendió que su primo es "excelente persona, excelente ser humano, buen hijo, buen amigo, buen vecino, no hay palabras negativas hacia él".
Un juez ordenó al gobierno de Trump suspender la expulsión de migrantes bajo la ley de Enemigos. Sin embargo, la administración alega que cuando llegó la orden, el avión con los venezolanos ya había partido.
Trump calificó al juez de "radical de izquierda", lo que le valió un regaño de la Corte Suprema.
mcc
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