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La captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el 3 de enero, trajo para los venezolanos la esperanza de un cambio, una mejora. Cinco meses después, esa expectativa sigue sin cumplirse.
Desde el 3 de enero, Caracas se ha convertido en un destino atractivo para empresarios e inversionistas en busca de nuevas oportunidades de negocio. En sectores exclusivos de la ciudad proliferan las reuniones entre inversionistas extranjeros, representantes de fondos de cobertura y empresarios vinculados a la industria petrolera. Los vuelos internacionales se han reactivado, más de 10 aerolíneas operan nuevamente en el país y la producción petrolera ha repuntado hasta los 1.2 millones de barriles diarios.
Pero la bonanza que exhiben algunos sectores de Caracas todavía parece lejana para buena parte de la población, que sigue enfrentando bajos salarios, dificultades para acceder a servicios básicos y una pérdida constante de poder adquisitivo.
La realidad de muchos ciudadanos, sin embargo, dista de ese panorama. Con una inflación que devora los salarios y supera el 600%, la mitad de la población adulta depende hoy de aplicaciones de microcrédito para adquirir alimentos básicos. El ingreso mínimo, sumando hasta dos o tres trabajos, puede ser de 240 dólares frente a una canasta básica de 730 dólares.
El salario que da el Estado es de 130 bolívares, menos de 27 centavos de dólar.
“Agradecemos lo que pasó el 3 de enero, pero no vemos ni elecciones ni cambios”, dijo Gladys Gutiérrez, una enfermera que acumula empleos informales para sobrevivir.
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José Quintero trabaja como taxista en Caracas desde hace 20 años. Como muchos venezolanos, no celebró en público la captura de Nicolás Maduro y de Cilia Flores el pasado 3 de enero. El temor era evidente: expresar abiertamente satisfacción por la caída del líder del régimen podía significar problemas con las autoridades e incluso la cárcel.
Aun así, creyó que la situación comenzaría a mejorar para millones de ciudadanos atrapados entre salarios de miseria y una inflación que en mayo fue de 6.3%, según el Banco Central de Venezuela. Quintero no sólo trabaja como taxista; también es mecánico y, de vez en cuando, da clases particulares de boxeo. “Todo para llevar la comida a la mesa”, contó.
Mira con escepticismo los mensajes de optimismo que llegan desde Washington. “Maduro no está, estamos felices por eso, pero cuando Trump dice que aquí estamos bailando y felices es mentira”, agregó Quintero.
Mientras Washington flexibiliza sanciones al Banco Central y negocia opacamente la inyección de dólares en el aparato estatal, la aprobación de Trump entre los venezolanos ha sufrido una caída drástica. Apenas dos de cada 10 ciudadanos respaldan el actual proceso de diálogo e interlocución con el gobierno interino de Delcy Rodríguez.
El principal reclamo sigue siendo la ausencia de una hoja de ruta clara para la celebración de elecciones presidenciales.
Diversos dirigentes opositores y organizaciones civiles sostienen que la captura de Maduro abrió una oportunidad para una transición democrática que, cinco meses después, continúa sin materializarse. Esa demora ha alimentado una creciente sensación de decepción y desconfianza: muchos ciudadanos acusan a Trump de haber relegado las promesas de democratización para privilegiar los intereses energéticos de Estados Unidos. Mientras los hoteles de alta gama de la capital se transforman en centros de negocios para fondos de cobertura extranjeros, la realidad de las mayorías transcurre lejos de esos salones.
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Además, aunque el gobierno encargado ha promovido una ley de amnistía y ha anunciado la liberación de cientos de presos políticos, organizaciones de derechos humanos aseguran que numerosos detenidos siguen privados de la libertad o sometidos a medidas restrictivas. Para muchos venezolanos, estos gestos son insuficientes mientras no exista una solución política definitiva.
De ahí que, para quienes continúan marchando y protestando, la llamada “apertura comercial” sea vista con escepticismo. Muchos la consideran un pacto entre élites que mantiene intacta la precariedad generalizada y que permite que los beneficios de la recuperación petrolera permanezcan en las esferas del poder sin llegar al bolsillo del ciudadano de a pie.
Esa frustración también es compartida por sectores de la oposición que respaldaron la captura de Maduro y esperaban una transición más rápida.
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“Para el ciudadano común no hay ningún avance económico real; el venezolano no siente en el bolsillo esa supuesta recuperación. Los estadounidenses sienten que les llega petróleo, pero el venezolano no ve el beneficio aquí. Tampoco se puede creer que hay un cambio político real sólo porque liberaron a unos presos, mientras los victimarios siguen ahí”, dijo a El Tiempo el opositor Freddy Superlano, quien estuvo 19 meses preso y en febrero fue excarcelado.
“Sabemos que Trump no tiene que hacer todo el trabajo, pero también sabemos que mientras sigan los mismos en Miraflores, es imposible el cambio”, declaró Carmen Ruiz, ama de casa que sobrevive con una pensión de 130 bolívares, equivalente a menos de 27 centavos de dólar. A ese monto hay que sumarle 70 dólares de un bono mensual que entrega el mismo gobierno. Aun así, muchos venezolanos creen que “Trump puede seguir haciendo algo”.
Desde hace días, un grupo de familiares de presos políticos mantiene una vigilia día y noche a las afueras de la Embajada de EU en Caracas, esperando que el encargado de negocios John Barrett los reciba para exponer sus casos.
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Las vigilias de familiares se han convertido en una de las expresiones más visibles del malestar ciudadano. Frente a la embajada hay una explanada de grama; ahí los familiares han puesto las fotografías de los detenidos. “No queremos más anuncios ni promesas; queremos que alguien escuche nuestros casos”, es lo que dicen estas familias.
A cinco meses de la captura de Maduro, Venezuela exhibe una paradoja difícil de ignorar: mientras algunos indicadores económicos muestran señales de recuperación y Caracas intenta proyectar una imagen de normalidad, una parte importante de la población sigue atrapada entre salarios insuficientes, inflación persistente y la incertidumbre sobre el futuro político del país. Para muchos ciudadanos, la promesa de cambio sigue siendo, por ahora, una expectativa incumplida.
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