Miami.— Con la muerte, el pasado 17 de febrero, del reverendo(1939–2026), Estados Unidos perdió a una de las voces más reconocidas en favor de los oprimidos.

Jackson, el último discípulo de Martin Luther King Jr., era el paradigma del viejo activismo de y su partida plantea quién o quiénes heredan hoy la atención y el respeto público como defensores de los derechos civiles y humanos de los más vulnerables.

Las nuevas generaciones del activismo estadounidense encuentran en figuras diversas el pulso de la lucha por la justicia social. Hay personalidades emergentes que no comparten un estilo uniforme, pero acompañan sus denuncias con acción organizada. Son “líderes sin un solo líder”. A diferencia del activismo tradicional, estas nuevas figuras del activismo son más locales; sus objetivos, más puntuales. En muchos casos se trata de movimientos sin líderes visibles.

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La mexicana Jeanette Vizguerra durante un acto de protesta en defensa de los migrantes en Estados Unidos. Foto: Especial
La mexicana Jeanette Vizguerra durante un acto de protesta en defensa de los migrantes en Estados Unidos. Foto: Especial

“Ahí están las mexicanas Elvira Arellano y Jeanette Vizguerra, quienes hasta el día de hoy encabezan sus propios liderazgos en sus localidades y son ejemplo de resistencia y resiliencia”, dice a EL UNIVERSAL la activista mexicanoestadounidense Laura Gómez.

Arellano fue, mucho antes de que el santuario migrante volviera a ocupar titulares nacionales, una de las primeras mujeres mexicanas en convertir una iglesia en trinchera política y moral contra la deportación. En agosto de 2006 se refugió en la iglesia metodista Adalberto United Methodist Church de Chicago para evitar la separación de su hijo, ciudadano estadounidense; desde ese pequeño templo, pasó de ser una trabajadora perseguida por el sistema migratorio a convertirse en un rostro público de la fractura de miles de familias binacionales.

El rostro de la reforma migratoria

Time la retrató ese año como “una inmigrante que encontró santuario” y subrayó que, mientras resistía encerrada, ya estaba ayudando a darle “un rostro humano” a la lucha por la reforma migratoria. En 2007 fue deportada a México, pero siguió organizando, denunció la separación forzada de padres e hijos y años después regresó a EU para pedir protección humanitaria.

Una década después, Vizguerra, migrante mexicana instalada en Colorado desde 1997, organizadora sindical y luego activista por la reforma migratoria, entró en una iglesia de Denver en febrero de 2017, cuando las autoridades migratorias rechazaron darle una nueva prórroga. Ella entendió que presentarse sola ante el Estado equivalía a entregarse a la expulsión. Ese mismo año, tras 86 días en el santuario, consiguió una suspensión temporal de la deportación y Time la incluyó entre las 100 personas más influyentes del mundo. En 2025 volvió a ser detenida por autoridades migratorias y fue liberada meses después bajo fianza.

Stacey Abrams, abogada y excandidata a gobernadora de Georgia, ha sido decisiva en el giro demócrata del estado con su activismo a favor del voto. En el momento en que Abrams perdió la candidatura en 2018 reconoció que “la venganza puede ser muy catártica”, una frase que ilustraba tanto su indignación por lo que considera una manipulación electoral como su impulso de mantener encendida la resistencia política. “Sus esfuerzos por movilizar a la comunidad afroamericana e inspirar a los jóvenes desencantados se tradujeron en miles de nuevos votos”, señala Gómez; 800 mil nuevos votantes demócratas acudieron a las urnas en las elecciones presidenciales de noviembre de 2020.

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Me Too, denunciar los abusos

El movimiento #MeToo abrió otro frente decisivo del activismo contemporáneo en Estados Unidos porque “convirtió el testimonio de sobrevivientes de violencia sexual en una denuncia pública contra estructuras enteras de abuso, impunidad y silencio”, dice Gómez.

Entre las figuras detrás del #MeToo está Tarana Burke, quien empezó a usar la expresión “me too” en 2006 para acompañar a jóvenes sobrevivientes, sobre todo mujeres y niñas negras, mucho antes de que la actriz Alyssa Milano ayudara a volver viral la etiqueta en 2017 tras las revelaciones sobre Harvey Weinstein.

Lo que siguió fue un cambio político y cultural de gran escala: millones de mujeres empezaron a nombrar agresiones que antes quedaban enterradas por el miedo, la vergüenza o la desigualdad de poder, y la presión pública terminó empujando como las dos leyes federales firmadas en 2022 para limitar acuerdos de confidencialidad y frenar el arbitraje forzoso en casos de acoso y agresión sexual. En ese sentido, #MeToo debe leerse como una de las formas más claras en que el activismo de derechos humanos de este siglo convirtió el dolor privado en una acción colectiva en reclamo de justicia.

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En el frente de la justicia racial, Alicia Garza, cofundadora de Black Lives Matter, es una de las voces más conocidas. El concepto de #BlackLivesMatter nació de un mensaje suyo en Facebook en 2013. Garza señaló que la frase obliga a la sociedad a preguntarse: “¿Crees que las vidas de los negros importan? Si crees que sí, ¿es ese el mundo en el que vivimos? Y si no, ¿qué vamos a hacer para llegar hasta allí?”. En los últimos años, Garza ha trabajado para traducir ese mensaje en poder político negro, como directora de Black Futures Lab, una organización dedicada a aumentar la participación política de la población afroestadounidense y otros grupos marginados.

El movimiento Black Lives Matter y sus líderes han exigido rendición de cuentas en casos de violencia policial, han transformado episodios trágicos en impulsos de movilización social. Las protestas masivas de 2020 en Ferguson, Minneapolis y otras ciudades reforzaron su influencia, aunque no siempre han estado exentas de polémica por la lucha interna y acusaciones de opacidad. Sin embargo, Garza y sus colegas, como Patrisse Cullors y Opal Tometi, han logrado colocar sus demandas en el centro de la agenda política, demostrando que la lucha antirracista alimenta a la vez un activismo por la democracia más amplia.

En este paisaje de nuevos liderazgos sociales estadounidenses también encaja el movimiento No Kings, como una respuesta colectiva al endurecimiento político del segundo mandato de Donald Trump. Nacido en 2025 y articulado por una coalición de organizaciones como 50501, Indivisible y MoveOn, con apoyo de grupos de defensa de libertades civiles, No Kings convirtió el rechazo al lenguaje monárquico y a la concentración de poder en una movilización nacional contra la erosión democrática, las redadas migratorias, los ataques a derechos civiles y la idea de que el presidente puede colocarse por encima de los límites constitucionales.

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Su fuerza no ha estado en un solo rostro, sino en el tamaño de las protestas del 14 de junio de 2025, que reunieron a millones de personas en 2 mil 100 puntos de la Unión Americana. Y la nueva jornada del 28 de marzo pasado volvió a sacar a millones a las calles en más de 3 mil 300 actos, confirmando que el rechazo a Trump ya no se expresa sólo en campañas electorales o litigios, sino también en una desobediencia cívica de masas que entiende la defensa de la democracia como una defensa directa de los derechos civiles y humanos.

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