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Washington.— Estados Unidos tiene un problema de reciclaje. Antes incluso de que la actual administración decidiera abandonar el Acuerdo Climático de París o desmontara políticas ambientales, los estadounidenses —posiblemente la población más consumidora del mundo— siempre han pecado de no saber procesar sus residuos.
El problema es especialmente dramático con el plástico. Investigadores de la Universidad de Yale concluyeron que, en 2015 —último año del que se tienen cifras—, se tiraron en vertederos más de 32 millones de toneladas de plástico sólo en EU, cantidad que nunca fue reciclada.

No ayuda a eso que China y la nueva convención de Basilea obliguen a EU a quedarse todos sus residuos plásticos, y no pueda enviarlos a terceros países como hasta ahora.
La cantidad de consumo plástico en EU es estratosférica. Ante la incapacidad de hacer frente a su reciclaje, el país está apostando por otra vía: consumir menos.
La estrategia, a nivel de política pública, es un menor consumo en elementos cotidianos. El avance se está comenzando a implementar por una mayor conciencia ciudadana hacia los plásticos, que ha pasado del problema creado por la cantidad de basura generada y su efecto nocivo —visual y, con el tiempo, sanitario— a la conciencia ambiental, la preocupación por el efecto del plástico botado en la naturaleza.
Las imágenes de animales alimentándose de plásticos en el mar, muriendo por su imparable acumulación, sacudió conciencias. Los científicos ya hacía tiempo que alertaban de las trazas plásticas que se encontraban en animales para consumo humano, que incluso podían inocularse en sangre. Que la revista National Geographic dedicara una portada a este problema llevó el tema al Congreso, aunque sin solución a la vista.
El foco está en dos elementos muy concretos: bolsas de plástico y popotes.
Como la mayoría de los grandes temas, en EU la política de residuos es tan diversa y dispersa, con tantas normativas, reglas, medidas y leyes como ciudades, condados y estados hay. Además, entre ellas pueden ser complementarias, excluyentes o revocadas.

Desde entonces se unieron más estados (Florida, Arizona), y más de 200 condados y miles de ciudades han hecho lo mismo. El próximo podría ser Nueva York, donde tan sólo en la ciudad se usan 23 mil millones de bolsas de plásticos al año.
Algunas empresas también se han unido, con promesas de eliminarlas de sus comercios en los próximos años. Otra de las alternativas es la reducción de consumo por disuasión, cobrando una tasa por su uso.
Sin embargo, las autoridades no siempre se salen con la suya. La fronteriza ciudad de Laredo, Texas, decidió hace varios años acabar con las bolsas plásticas, lo que despertó las críticas del sector empresarial. El caso llegó hasta la Corte Suprema estatal, que dio la razón a los empresarios e invalidó la normativa.
En los últimos meses se ha generado un debate encendido sobre los popotes. Según cálculos de la Plastic Pollution Coalition, cada día se usan 500 millones en EU.
Muchos comercios han dejado de ofrecerlos y sólo los dan cuando el cliente los pide expresamente. Otros ya prueban materiales alternativos fáciles de reciclar.
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