La humillación a la que el presidente estadounidense, Donald Trump, sometió a su par ucraniano, Volodimir Zelensky, frente a los medios de comunicación deja muchas lecciones para aprender.

A pesar de que Trump decidió llamar primero al presidente ruso, Vladimir Putin, para iniciar diálogos con miras a poner fin a una guerra que fue la propia Rusia la que la inició; a pesar de haber acusado a Zelensky de haber iniciado ese conflicto y de haberlo llamado “dictador”, Europa y quizá el propio Zelensky esperaban que al final el mandatario estadounidense no podría hacerlos a un lado ni olvidar alianzas forjadas a sangre y guerras, en defensa ya no digamos de la democracia, sino del derecho a existir.

El viernes quedó claro que ese Estados Unidos no existe más. Y no sólo para Ucrania. En la Casa Blanca de Donald Trump la regla de oro es obedecer o morir. Y a veces, morir sin importar cuántos esfuerzos se hagan por complacer al mandatario.

El acuerdo que Trump insistía en que firmara Zelensky implicaba un gran negocio para Trump, sin una sola garantía de seguridad para Ucrania. Ni verbal, ni escrita. Sólo la palabra del estadounidense de que Putin cumpliría. Tras tres años de guerra, los ucranianos están cansados y son conscientes de la importancia del apoyo estadounidense. Pero entre firmar el acuerdo impulsado por Trump o simplemente rendirse no había gran diferencia.

La reunión de Zelensky, Trump y el vicepresidente JD Vance ante los medios no fue sino un escenario montado para humillar al líder ucraniano. Que Zelensky fuera cuestionado por un supuesto reportero sobre por qué no acudió con traje, queriendo exhibirlo como falto de respeto, fue la clara evidencia de un teatro preparado para dejar a Zelensky fuera de la negociación. Igual con México y con Canadá.

Que la cifra de migrantes que llegan a la frontera sur de Estados Unidos se haya desplomado; que México le entregara a 29 capos de la droga en bandeja de plata, no sólo no merece reconocimiento, a decir de Trump, sino que no basta para frenar aranceles de 25%. Que Canadá declarara terroristas a los cárteles, designara un zar del fentanilo o destruyera laboratorios del narco, tampoco. Y no son medidas suficientes porque en la era de Donald Trump, no basta la obediencia; se requiere sumisión, y las ganas del magnate de hacer algo… o no. Mientras algunos líderes europeos insisten en ver a Trump como un aliado, el presidente estadounidense no cesa en sus críticas a una Europa que declara abusiva, a la que no duda en gravar y a la que amenaza con salirse de la OTAN.

La dependencia que tiene la comunidad internacional de Estados Unidos nunca había exhibido sus riesgos como ahora. Europa confirma que no puede contar más con Estados Unidos, como no puede hacerlo Ucrania, o Canadá, o México. Las nuevas sociedades de Trump están en otro lado. Con Trump no hay alianzas; hay buenos o malos negocios.

Europa defiende que Ucrania y los europeos mismos deben tener un lugar en la mesa de negociaciones que prepara Estados Unidos con Rusia.

Canadá y México pelean por un lugar en la mesa con Estados Unidos para negociar aranceles, la lucha contra el tráfico de drogas, el T-MEC. Quizá sería momento de buscar una nueva mesa de negociaciones, en todos los casos, donde el socio que no quiere serlo no esté más.

Sin embargo, por ahora, frente a la realidad que ha impuesto Trump, algunos líderes europeos están apostando por rearmarse, hasta los dientes, para reemplazar el apoyo que en su momento representó el tener de su lado a Estados Unidos.

El mundo pagará por ello. Y al final de cuentas, quizá no ahora, pero sí en algún momento, Estados Unidos también.

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