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“Yo creía que mañana no habría clases ni nada, pero ya veo que va a ser un día igual que todos”, se quejaba amargamente un joven con sus amigos, todos envueltos en banderas independentistas catalanas, después de asistir a la declaración de Carles Puigdemont en el Parlamento.
La presión de los voluntarios en las calles, que tuvo su punto álgido en la resistencia a los intentos de desalojo policiales el día del referéndum y la huelga general del 3 de octubre, ha permitido llegar muy lejos al soberanismo catalán en su pulso contra el gobierno español. Pero ayer esa presión se volvió contra el mismo Puigdemont, pidiéndole que no cediera a las amenazas de los jueces ni a la fuga de empresas que han comenzado a dejar Cataluña ante la inestabilidad política. Unas 30 mil personas se dieron cita frente al Parlamento exigiendo una declaración histórica de independencia, y lo que vieron no les bastó.
El clima durante toda la tarde fue festivo. El parque que rodea el Parlamento había sido cerrado por la policía catalana (los Mossos d’Esquadra) para evitar conflictos y los manifestantes ocupaban el cercano paseo Lluís Companys, en el que se habían colocado unas pantallas gigantes en las que se siguió el discurso de Puigdemont como si fuera la final de un Mundial de futbol.
Mientras bebían latas de cervezas, los asistentes coreaban cánticos de independencia y grababan con su teléfono móvil. En el momento en que Puigdemont anunció “Presento los resultados del referéndum y el mandato de los ciudadanos catalanes de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de República”, la avenida rompió en un clamor, las parejas se enlazaron en apasionados besos y ondearon las banderas.
La alegría duró menos de cinco segundos. Tras una pausa dramática, la siguiente frase de Puigdemont cayó como un rayo: “El govern [gobierno catalán] y yo mismo proponemos al parlament que suspenda los efectos de la declaración de independencia para establecer un proceso de diálogo”. Cuando lograron dar crédito a sus oídos, los reunidos en la calle comenzaron a abuchear a su presidente.
Cuando el discurso terminó, los manifestantes se retiraron cabizbajos. Algunos defendían la prudencia de Puigdemont al anteponer el diálogo a la épica. “Me parece que el discurso ha estado muy bien”, comentaban dos hombres. Pero la impresión reinante era de decepción. “¡Nos han estafado!”, gritaba furioso un hombre de unos 60 años que se alejaba dándole golpes al aire.
Tras dos semanas de movilizaciones, la independencia sin independencia declarada anoche parecía la peor noticia para los nacionalistas. Queda por ver cuál será la reacción del gobierno español a las palabras de Puigdemont. Si la respuesta es sólo judicial y Puigdemont es arrestado y se cancela la autonomía catalana, la épica y la sensación de agravio pueden encontrar una nueva oportunidad de tomar la calle.
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