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El Congreso de Estados Unidos entregó a Donald Trump un regalo envenenado para celebrar su primer aniversario como presidente de Estados Unidos: un gobierno sin fondos. Los senadores estadounidenses no llegaron a un acuerdo para prorrogar por cuarta vez y de forma temporal los presupuestos federales, abocando a la administración a “cerrar” hasta nueva orden.
Los republicanos, que controlan las dos cámaras del Capitolio y la Casa Blanca, no consiguieron mantener a flote el gobierno. No contaban con los 60 votos en el Senado que eran necesarios, ni pudieron convencer a la decena de demócratas que les hacían falta para cerrar la crisis presupuestaria.
La portavoz presidencial, Sara Sanders, afirmó tras el voto que “no negociaremos el estatus de migrantes indocumentados mientras los demócratas tienen como rehenes a ciudadanos legales por sus demandas insensatas. Esta es la conducta de perdedores obstruccionistas, no de legusladores”.
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La principal razón del cierre del gobierno federal es la inoperancia y falta de solución para el problema de los jóvenes indocumentados que Trump dejó en el limbo, unos dreamers que ven cómo el Congreso, pese a todas las promesas y buenas intenciones, fracasa una y otra vez en aprobar una legislación que los salve de la deportación.
Los demócratas exigieron una solución para aprobar un presupuesto temporal, al menos un compromiso de que habría una solución casi inminente, pero no la obtuvieron y decidieron enrocarse para forzar la urgencia del diálogo y la resolución.
Se unieron a los demócratas tres republicanos moderados empáticos con la causa dreamer y uno libertario por creer que pone al país en una situación económica horrenda. Por su parte, cinco demócratas (todos ellos de estados de alto carácter conservador y territorio trumpiano) aprovecharon la victoria de su partido para desmarcarse de la línea de su partido y alinearse con los republicanos.
Las consecuencias del cierre del gobierno se verán de forma inmediata: a más de 800 mil empleados gubernamentales, casi 40% de los trabajadores federales, se les dará una licencia temporal para que no acudan a sus puestos de trabajo; la mayoría, civiles que trabajan en el Pentágono. Varias agencias cerrarán sus operaciones y sólo se mantendrían los servicios esenciales: se calcula que las pérdidas serán de unos 12 mil millones de dólares semanales.
Para los republicanos, comandados por Trump, la culpa es de los demócratas, que pusieron por delante a los dreamers que al trabajador estadounidense. Para los progresistas todo lo contrario: la culpa es de la intransigencia conservadora.
A media tarde, la Casa Blanca confiaba todavía en salvar la jornada, con el presidente reuniéndose con el líder demócrata en el senado, Chuck Schumer, con quien tuvo una “excelente” reunión en la que acercaron posiciones a pesar de las discrepancias. Parecía que el pacto era posible, pero cuando Trump consultó con el ala dura del partido, el acuerdo se desmoronó y el mandatario reconoció que se veía “difícil” un acuerdo.
Los republicanos, a medida que pasaron las horas, dieron la batalla por perdida y guardaron fuerzas para intentar llegar a un acuerdo durante el fin de semana, y que el lunes todo haya parecido un sueño. “Si hay buenas noticias, será durante el fin de semana”, se resignaba el número dos de los demócratas en la Cámara de Representantes, Steny Hoyer. Si lo consiguieran, el impacto sería mínimo. Si durante el fin de semana no hay acuerdo, levantar el cierre será complicado.
El último que hubo, en 2013, duró 16 días, con pérdidas millonarias: los expertos recuerdan que es más fácil dejar sin fondos al gobierno que volver a dárselos, y más cuando la espina que hay que sacar es un elemento tan controversial y políticamente sensible como la reforma migratoria y los 690 mil dreamers que tienen su vida en el limbo.
Soñadores que acamparon toda la noche en las escaleras del Capitolio, presionando para que los demócratas no cedieran a la presión y usaran su negativa a fondear el gobierno como herramienta para urgir a los republicanos a sentarse a encontrar una solución para ellos. Su reclamo triunfó, al menos por el momento.
El más afectado es Trump. Su credibilidad de gran negociador desapareció, y su fiesta de primer aniversario en el Despacho Oval se esfumó: tuvo que cancelar su celebración en su resort de Florida.
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