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La situación en la primaria Enrique Rébsamen, donde estudiaba Fátima, cambió después de la tragedia.
Durante el primer día de clases luego de que enterraran a la pequeña y previo a una junta, aparecieron elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC-CDMX) e incluso de la Guardia Nacional (GN) resguardando todo el sector. “Ya para qué, ya es demasiado tarde”, comentaron los padres de familia.
Los directivos de la escuela también hicieron cambios. En orden, formados en filas por cada grupo, conforme iban llegando los familiares les daban salida a los niños, no sin antes presentar una credencial oficial; aquí nuevamente vino el reclamo, quienes iban por los menores opinaron que la tragedia de la pequeña se pudo evitar si ese ejercicio lo hubieran implementado antes.
La indignación era tanta que rechazaron la presencia de los policías, “antes todo esto no se veía, los policías sólo pasaban rápido, ahora ya no sirve de nada”, comentó Carmina, madre de una niña del 1-C, el mismo salón en el que Fátima tomaba clases.
En el altar improvisado frente a la escuela, Fer, amiga de Fátima, se hinco, se persignó y se quitó una pulsera que dejó junto a una carta; por dos minutos rezó, las lágrimas le fluyeron: “Esa pulsera siempre le gustó (...), en la carta le dije que me perdonara por no estar más tiempo con ella, que la quiero mucho y la extrañamos”.
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