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Doña María Torres ya sabe lo peligroso de los huracanes, pues es del mero puerto de Acapulco, que cada año es amenazado por estos “destructivos benefactores”, como los llamó algún historiador del territorio sudcaliforniano, porque lo mismo recargan los mantos freáticos que devastan colonias completitas.

Junto a su hija y tres nietos, conscientes de lo vulnerable que es su casa construida de pedazos de madera y láminas, decidieron llegar a la Universidad Autónoma de Baja California Sur, que funge como albergue.
Doña María atendió el llamado de las autoridades del Consejo Estatal de Protección Civil, de no permanecer en las zonas vulnerables, y con firmeza ahora dice que “nomás espera” que ellos, las autoridades, cumplan con su parte.

“Yo sí sé de los huracanes. Me tocó Odile, y fue una cosa horrible”, recuerda la mujer. Por eso llegó a tiempo al albergue. Su madre dormirá fuera con una de sus hermanas, mientras ella y sus hijos en las instalaciones universitarias.
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