Santiago, BCS.— Al menos durante siete horas, las mujeres de la damiana caminan entre el monte seco sudcaliforniano, bajo el sol, buscando esta planta silvestre solicitada por sus propiedades medicinales: se le atribuye aliviar malestares estomacales, ayudar a relajar el cuerpo o combatir la impotencia sexual. La jornada inicia temprano y es exigente; sin sombra ni senderos marcados, sólo brechas en la vegetación del desierto.
Así describen su rutina mientras avanzan entre matorrales y veredas en la zona rural de Los Cabos, donde emprendieron un negocio que parecía improbable. Antes de las siete de la mañana ya están listas con mochilas, sombreros, botas y tijeras para internarse en el monte, donde deben sortear choyas, cactus o incluso el riesgo de encontrarse con víboras de cascabel.
A la damiana (Turnera diffusa) se le reconocen propiedades adaptógenas y relajantes, útiles frente al estrés y la fatiga. Quizá por eso no es casual que crezca en el desierto de Baja California Sur, donde el clima pone a prueba tanto al territorio como a quienes lo habitan, y muchos de ellos encuentran en esta planta una aliada natural. En este entorno, un grupo de mujeres aprendió a trabajar esta planta para construir una forma de ingreso y de resistencia ligada al ritmo de la naturaleza.
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Gabriela Castillo Castro, profesora jubilada, regresó a su pueblo natal Santiago, una región visitada ampliamente por turistas nacionales y extranjeros, pero donde las comunidades rurales arrastran carencias históricas de empleo formal y permanente.
La protección de esta área natural ha llevado a los habitantes a sólo desarrollar actividades de bajo impacto ambiental, casi todas relacionadas con el ecoturismo. Ahí, la profe Gaby, como la ubican, identificó en 2018 la oportunidad de aprovechar un recurso regional, generar empleo para mujeres de la comunidad y seguir enseñando, ahora sobre la damiana y sus propiedades, pero ante todo resiliencia y emprendimiento.
“Nos ha costado mucho trabajo, ha habido momentos donde hemos querido ya rendirnos, pero aquí seguimos y ahora estamos muy orgullosas de lo logrado”, dice mientras avanza en busca de plantas. Las plantas crecieron poco con las pocas lluvias de septiembre de 2025, pero lo suficiente para darles un respiro y mantener la producción.

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Tras varios intentos, la profesora logró conformar un grupo de trabajo con mujeres del ejido Santiago. Para trabajar en las parcelas ejidales, las reglas establecen que las personas deben ser ejidatarias o familiares directas, un filtro histórico que ha limitado la participación de las mujeres en procesos productivos. Convencer a los ejidatarios implicó explicar, insistir y demostrar que el proyecto era viable.
“Primero no querían darnos los permisos para cortar, nos decían que no nos iban a comprar. Yo les dije que nos dejaran intentar. Ha sido un largo recorrido, pero en el camino también hemos ido aprendiendo. Tenemos todos los permisos de Semarnat. Cuidamos cada paso para proteger la zona, desinfectamos nuestras tijeras para el corte; no hay que lastimar a la planta, tampoco cortamos de las más pequeñas”, agrega.
Gaby, Eufrasia, Patricia, Lidia, Aída, Mirna y Clemencia se aferraron a una posibilidad que parecía imposible al inicio: organizarse para recolectar, procesar y comercializar la damiana, difundiendo sus propiedades tónicas, relajantes, digestivas, hormonales, incluso asociada en la cultura popular a efectos afrodisíacos.
Y en el camino han enfrentado varios retos: dudas, escepticismo y burlas. “Cuando ya por fin nos constituimos y cuando empezamos a salir al campo nos decían primero ahí van ‘Las locas de la damiana’, pero ahora ya nos respetan. Ya somos ‘Las mujeres de la damiana’ y queremos que luego nos digan ‘Las empresarias de la damiana”, refiere la profesora.
En marzo de 2020, con apenas 10 meses de trabajo entre trámites y jornadas de campo, la pandemia las obligó a parar. El proyecto quedó paralizado más de un año hasta que lograron retomar. En octubre de 2021 reanudaron actividades y siguieron explorando nuevas formas de aprovechamiento de la damiana.
Y es que esta planta ha sido objeto de estudios científicos publicados por el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (Cibnor) que documentan su uso en la herbolaria tradicional mexicana y su alto contenido antioxidante, incluso mayor en plantas de BCS que de otras zonas del país.

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Este respaldo científico refuerza el orgullo con el que este grupo de mujeres comercializan la damiana sudcaliforniana, promoviendo su uso como relajante natural, auxiliar en enfermedades gastrointestinales y urinarias, en la menopausia y como estimulante sexual, tal como lo explican en los folletos de promoción en su planta de trabajo.
Proceso
Tras concluir el corte, unos 20 kilos por jornada, las mujeres acuden a esta planta, construida con recursos federales, con apoyo de la Comisión Nacional Forestal (Conafor), tras gestiones y organización.
Allí lavan, secan, deshojan, empaquetan y elaboran té frío, licor y bolsitas de tés. También experimentan con nuevos productos —jabones, velas y bombas de baño— hasta perfeccionarlos. Y lo lograron. Cuentan con su punto de venta, oficina y un espacio donde ofrecen talleres, pues también se consolidaron como empresa extensionista.
Actualmente se coordinan con empresas touroperadoras para impartir talleres a visitantes interesados en conocer los recursos naturales de la región y la historia de la damiana. Explican sus usos tradicionales, propiedades y la relación de la planta con el territorio.
Su persistencia ha rendido frutos. Cuentan con el distintivo Hecho en Baja California Sur y están en espera del dictamen para obtener el sello Hecho en México.
Han participado en ferias regionales, abierto mercados con hoteles, restaurantes y cabañas, y compartido su experiencia con estudiantes universitarios en carreras de negocios y emprendimiento.

En diciembre pasado recibieron finalmente un vehículo solicitado al gobierno del estado, indispensable para trasladarse a las zonas de corte y para distribuir sus productos.
Organizarse ha sido clave. Definieron roles según sus habilidades y posibilidades, combinando esta labor con otra no menos demandante: el cuidado de hijos y familias. Apenas este año lograron recibir sus primeros aguinaldos, resultado de un esfuerzo que tardó en rendir frutos.
Emprender no es fácil y los resultados no se ven de manera inmediata, coinciden todas mientras lavan y ponen a secar las plantas que cortaron, y cuentan además otro de los retos que enfrentaron tras la pandemia: la sequía prolongada entre 2023 y 2024 que redujo drásticamente la disponibilidad de la planta.
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Aun así, el proyecto se mantiene y con entusiasmo platican de su calendario de actividades. “En marzo vamos a la Agrobaja en Mexicali, Baja California, y también ese mes una exposición de negocios en Cabo San Lucas”, dice con orgullo Eufrasia, quien es la segunda al mando. Colabora con Gaby en la dirección de la empresa.
Las mujeres de la damiana son un equipo, una familia, unas amigas que confían en sus capacidades y avanzan pese a la aridez, la lejanía y la falta de lluvia. Cada una ha encontrado su lugar: finanzas, producción, rutas, seguridad, comunicación.
Su marca La Santiagueña lleva impregnado no sólo el aroma de la damiana, sino los valores con los que crecieron en su pueblo: fraternidad, resiliencia y honestidad. Con ellos, estas mujeres lograron consolidar una empresa forestal reconocida en BCS y demostrar que, incluso lejos de todo, es posible emprender.

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