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Al despertar en la víspera del segundo mes del terremoto, doña Luz de Luna Sánchez Gómez se percató que el albergue donde halló refugio desde el 23 de septiembre, ya no tenía la cocina comunitaria, “ya no estaba el tráiler donde los soldados preparaban los alimentos”, dijo molesta.
El albergue instalado en el amplio estacionamiento del I nstituto Tecnológico del Istmo (ITI), empezó a ser desmantelado desde la media noche del domingo. En ese espacio llegaron a vivir en casas de campaña unas mil personas. “Todavía vivimos aquí 150 personas que perdimos nuestras viviendas”, añadió doña Luz de Luna.
Este martes 7 se cumplen dos meses desde que el terremoto de 8.2 grados golpeó el corazón del Istmo, causó la muerte de 36 personas en esta ciudad zapoteca que observa la demolición de mil 500 viviendas y espera el derrumbe de cuatro mil 500 más. En ese contexto, la preocupación de las autoridades municipales, crece.
“La demolición de viviendas va con lentitud. Tenemos 200 máquinas como retroexcavadoras y poco más de 100 camiones tipo volteo. Esperamos que la ayuda de la Conagua, SCT y de la fundación Carlos Slim, permita que en enero terminemos de derribar todas las viviendas”, afirmó el regidor de Obras Públicas del ayuntamiento juchiteco, Germán Peralta Luis.

Frente a la lentitud del programa de demoliciones de las viviendas afectadas por el terremoto del 7 de septiembre, la indignación de doña Luz de Luna aumenta. “Nos quedamos sin casa, sin utensilios de cocina y ahora quieren corrernos del albergue al retirarnos el tráiler donde hacían comida”, acusó.
Tras el terremoto, más de 10 mil personas se trasladaron a los 13 grandes albergues que empezaron a administrar las dependencias federales como Salud, SCT, Semarnat y las del gobierno de Oaxaca.
Al cumplirse dos meses desde el terremoto, este lunes fueron desmantelados la mayoría de ellos. Un reporte oficial del gobierno de Oaxaca informó que sólo cinco albergues funcionan normalmente. Dos de ellos han sido cerrados.

“Parece que ya se olvidaron de nosotros. Es cierto, ya nos dieron nuestras tarjetas para arreglar la casa, pero no podemos regresar mientras no derriben las viviendas y por eso necesitamos estar en los albergues”, dijo molesta doña Luz de Luna, madre de cuatro niñas que se quedaron sin desayunar en la víspera del segundo mes del terremoto.
En la periferia y en el centro de la ciudad, donde había negocios que daban empleo a miles de personas, la imagen de desolación aún persiste. No hay comercio. Solo el de tipo informal que se observa en el parque convertido en mercado. Mientras que en el resto de la ciudad, el proceso de demolición sigue. Las familias usualmente fiesteras de Juchitán lloran aún. Tanto que las sociedades de las Velas, dedicadas al Santo Patrono San Vicente Ferrer, decidieron suspender las fiestas de mayo del 2018.
“Estamos de luto, lloramos a nuestros muertos y muchos socios perdimos nuestras casas. Por eso no vamos hacer fiesta. Vamos a recordar a nuestro santo con una misa en mayo de 2018”, explicó la profesora Geraldina Velázquez Santiago, presidenta de la Vela San Vicente.
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