Hermosillo.— “Un huesito, con eso me conformo”, ruega Clarita, para quien el 10 de mayo no es una fiesta, sino el recordatorio de una silla vacía, que ha permanecido así durante 20 años.

Su hijo Ramón René Ramos Gutiérrez desapareció el 29 de septiembre de 2006. Tenía 31 años. Hoy tendría 51, pero en la memoria de su madre sigue siendo el joven bromista que hacía de todo para hacerla reír.

Ella no pide milagros. Su voz, cansada por la edad y las enfermedades que se le desarrollaron a raíz de la ausencia (diabetes, tiroides, osteoporosis), se quiebra al expresar el deseo que comparten miles de madres en Sonora: “Aunque sea un dedito, un huesito, nada más que sea de él, con eso ya me conformo. Para ya no estar con esta angustia tan fea”, clama.

“Es una muerte en vida. A nadie se la deseo”, confiesa Clarita, quien aclara que “si se me hubiera muerto, yo estuviera resignada. Pero esta es la angustia que vivimos muchas madres”.

La última esquina

Aquel septiembre de 2006, Ramón salió de la casa que su madre le había comprado con tanto esfuerzo. “Vete para allá mijito, algún día yo me voy a morir y te vas a quedar con la casita tú”, le dijo ella.

Ramón fue visto por última vez en la esquina de Gastón Madrid y Guadalupe Victoria. Un vecino lo vio saludar a dos conocidos y caminar con ellos hacia la calle Reforma. Desde ese momento, el buzón de voz se convirtió en el único refugio de Clarita: “Estás hablando al buzón de Gabriel (...)”. Ella marcaba sólo para escuchar su voz, hasta que la línea de ese teléfono de “cacahuatito” se perdió en el tiempo.

Dice que a veces todavía marca el viejo número de Ramón René, aunque ya no exista. “Ahí oía su voz”, recuerda. Y Otras noches lo sueña: “Lo veo, pero nunca me habla”. “Yo estuve a punto de suicidarme dos veces”, confiesa cabizbaja y con voz baja. “Es mucho tiempo de dolor”, dice.

Durante seis años, Clarita y su familia buscaron solos, cuando aún no había colectivos de búsqueda en Sonora. Recorrían ranchos, brechas y montes cargando lonches, agua, pero sobre todo, esperanza.

“Íbamos todos, mis hijos, mis yernos, mi esposo. Nos metíamos al monte a buscarlo”, cuenta, y recuerda que fueron a Caborca, Agua Prieta, Obregón, La Misa y zonas serranas. Sus hijos se subían a los árboles para intentar mirar a lo lejos alguna señal.

“No sabíamos buscar. Íbamos a lo loco, como buscar una aguja en un pajar”, admite, y señala que con el rosario en mano y los pantalones llenos de chollas (cactus) caminó kilómetros rezando.

La desaparición de Ramón no sólo se llevó su presencia, desmoronó a toda la familia. Su esposo, quien recorrió montes y veredas buscando a su hijo, sufrió el impacto en la salud. Tras negligencias médicas y el peso del dolor, quedó postrado.

Hoy, Clarita cuida de él, un hombre que no habla y apenas mueve una mano, víctima de un derrame cerebral que ella atribuye a la pena.

El refugio de la fe

A sus casi 76 años, Clarita sobrevive entre rezos y recuerdos. A pesar de tener otros hijos que la cuidan, el vacío de Ramón es una constante de dolor: “Aunque tuviera 20 hijos, uno me hace falta y va a ser la misma”, admite con dolor.

Dentro de la casa, una gran fotografía de Ramón René cuelga en la puerta del comedor. Parece observarlo todo: las comidas silenciosas, las noches de insomnio, los medicamentos sobre la mesa y la vida que poco a poco se fue apagando en esa familia.

En unas repisas de su recámara lucen más retratos: imágenes del joven, sonriendo, abrazando a sus hijos. Fotografías que el tiempo cambió de color, pero sin olvido.

En una mesa de la sala están fotos viejas de Ramón René. En una aparece joven, sonriendo. En otra, hecha con inteligencia artificial por una nieta, aparece abrazando a su madre. “Me puse tan mal cuando la vi”, solloza mientras observa la imagen. “Sentí mucho dolor”.

En el porche de la casa hay un altar a la Virgen de Guadalupe, donde está otra foto de su hijo, entre veladoras y flores artificiales. Clarita dice que ahí reza todos los días para pedirle a Dios que le permita encontrar, aunque sea, sus restos.

Este Día de las Madres no habrá grandes festejos en su hogar. Habrá, como cada día desde hace dos décadas, una madre que mira hacia la puerta esperando que el hijo, al que le preparó un hogar, regrese finalmente a descansar.

Al momento de su desaparición, Ramón René trabajaba en oficinas cercanas al centro de Hermosillo y había tenido un breve paso laboral en el área administrativa de la entonces Policía Judicial del Estado. A pesar de que su padre armó a las autoridades una amplia carpeta de investigación, su caso permanece en la impunidad, como miles más en México.

En tanto, Clarita continúa mirando la puerta. “Aquí sigo esperando a mi hijo”, dice con tristeza.

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

TEMAS RELACIONADOS

Google News

[Publicidad]