
Hay una pregunta que me persigue desde el día en que recibí la invitación, y he tenido que recorrer muchos kilómetros y muchos pensamientos antes de poder responderla. Por qué yo. Por qué Copacabana. Por qué Río de Janeiro. Por qué ahora.
Para contestarla tengo que volver atrás, a un día en que todo lo que había construido se vino abajo al mismo tiempo. No fue un proceso largo, no hubo señales graduales: fue una sola mañana en la que me desperté siendo otra mujer y con otra vida. Y al día siguiente había que levantarse igual, hacer el desayuno, llevar a los niños al colegio, contestar el teléfono, sostener una carrera. La vida no le da tregua a las mujeres que de pronto se quedan solas con todo encima.
Desde esa mañana hasta hoy he tenido que reinventarme entera. Como madre, como proveedora, como artista, como mujer. Y de ese aprendizaje, nació esta gira que se llama Las mujeres ya no lloran. No es un grito de revancha ni una bandera de victimismo. Es exactamente lo contrario: es la constatación serena de que llorar ya no alcanza, de que hay hijos que sostener, cuentas que pagar, vidas que empujar hacia adelante. Y de que se puede hacer con dignidad.
Mientras viajaba con esta gira por el mundo, empecé a ver mi propia cara en muchas otras caras. Mujeres que me esperaban después de los conciertos para contarme, con los ojos brillantes, una versión de la misma historia. Mujeres que estaban solas pero no derrotadas. Y entendí que lo que yo creía que era una experiencia íntima era en realidad la biografía de toda una generación de mujeres latinas.
Porque la mujer latina cambió. Durante décadas la pintaron entregada al cuidado de la casa, callada y suplente. Esa imagen se quedó vieja. La mujer latina de hoy decidió salir adelante: sostiene la economía de la casa, decide, lidera, levanta proyectos, cría sola si tiene que criar sola. Pero no confundió por eso las prioridades. Por encima de todo siguió siendo el corazón del hogar, la que guarda los afectos y los valores que se les pasan a los hijos, la que hace de la vida un baile aunque el día venga difícil. Hace lo que tiene que hacer. Y eso, en este momento de la historia, no es un detalle: es una manera de no perderse.
Y entonces llegué a Brasil. Descubrí que en este país, más de 40 millones de hogares están encabezados por mujeres que mantienen a sus familias con todas sus fuerzas.
Estas mujeres contribuyen enormemente a la economía del país sin pedir permiso ni buscar protagonismo. Cuando me dijeron esa cifra me quedé callada un buen rato. Y después pensé: wow, yo soy una de ellas. Ojalá este concierto pueda ser, aunque sea por una noche, el espejo en el que esas mujeres se reconozcan, porque son ellas las que llevan hoy, en el cuerpo y en la rutina, el ADN más puro de la mujer latina contemporánea.
A esa mujer quiero dedicarle el 2 de mayo.
Y para dedicárselo, no había mejor lugar en el mundo que Copacabana. Porque si uno se detiene a mirar Río de Janeiro, entiende que el planeta puso ahí todos los ingredientes que el ser humano necesita. Es como si la naturaleza hubiera querido hacerlo tan obvio que no quedara duda. El mar, la luna, el atardecer, las montañas, La música que suena en cada esquina.
Una gente que entendió, hace mucho, que la vida se baila. Río es el lugar donde el planeta parece querer tomarnos de la mano y decirnos: miren, esto es lo importante, no se distraigan.
Lo importante es estar presentes. Con los pies en la arena. Porque en ese presente está el amor, está la felicidad, está el sentido de la vida. No hay que buscarlo en otro lado.
Esa es mi respuesta. Por eso yo. Por eso Copacabana. Por eso ahora.
Porque si el planeta Tierra tuviera un altar capaz de hablar por sí mismo, ese altar sería Copacabana. Y en un mundo confundido por la manipulación del algoritmo, Río le ofrece a la humanidad ese altar para que volvamos a ver claro.
Nos encontramos ahí, donde la marea humana se confunde con la marea del mar. Y si nos atrevemos a cantar todos a la misma voz el 2 de mayo, quizá esa noche el planeta entero alcance a oírnos, y se acuerde de lo que estábamos a punto de olvidar.
Con amor,
Shakira
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