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Las luces del Palacio de los Deportes se apagaron y el tiempo no se detuvo, sino que retrocedió.
En medio de un destello blanco, Justin Timberlake, el cantante que conquistó a miles en los 90 y 2000 como integrante de *NSYNC y, después, en solitario, emergió desde el centro del escenario, vestido de negro, con lentes oscuros y una energía que de inmediato encendió la noche de fanáticos de principio de siglo.
“¡Vamos, Mexico City!”, lanzó como primer saludo antes de soltar los primeros acordes de “No angels”.
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La reacción fue inmediata: 17 mil personas saltando, cantando y moviéndose al ritmo del beat, mientras en la pantalla las imágenes se derretían con la misma fluidez con la que Timberlake dominaba la tarima.
No necesitó más de unos minutos para dejar en claro que su regreso a México no era sólo una gira más, sino un show pensado al milímetro.
Sin pausas, llegó “LoveStoned”, una de las favoritas de los fans. Timberlake giraba sobre sí mismo, marcando cada golpe de la canción con movimientos que combinaban precisión y naturalidad.
Luego, “Like i love you” subió la temperatura del recinto, con los asistentes coreando cada verso.
Con sólo mover la cadera o sacudir los hombros, Timberlake arrancaba gritos del público, que reaccionaba a cada gesto con euforia.
El primer respiro de la noche llegó con un piano. El cantante se detuvo, observó al público y sonrió. El grito fue inmediato y se sostuvo por varios segundos, hasta que él, aún sorprendido, dejó caer las primeras notas de “Technicolor”.
El escenario se llenó de luces líquidas que cambiaban de color al ritmo de la música.
“¡Viva México! ¿Se sienten bien esta noche, Ciudad de México?”, preguntó en español con acento anglo, pero sin miedo.
“Mi español es una mierda, pero su inglés es muy bueno, ¿verdad? ¿Cómo se sienten? ¡Se ven bien, Ciudad de México!”
Con la energía en su punto más alto, la noche avanzó con un repaso de su carrera.
“Cry me a river” trajo el primer momento de nostalgia pura, con la audiencia entonando cada línea. “Señorita” transformó el recinto en un club de baile y “Summer love” fue el pretexto para soltar los últimos coros al aire.
La elegancia llegó con “Suit & tie”, donde Timberlake se movió como si flotara sobre el escenario, mientras “Say something” le dio un giro más íntimo al show.
La recta final del concierto no dejó margen para el descanso. “What goes around… comes around” se sintió como un torbellino, mientras “Can’t stop the feeling!” convirtió al Palacio en una pista de baile descontrolada y atemporal.
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