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Hace cinco años, Ámbar Muñoz llegó a la zona oriente de la ciudad de Aguascalientes con una pantalla de cine, una carpa y 100 sillas, buscando que la gente del lugar, que en sus cifras tiene un alto índice de suicidio, se olvidara un poco de la situación que vivía.
Literal, recuerda, las personas salían de su casa, cruzaban la calle y ya estaban participando en algo que para ellas hasta entonces era prácticamente inalcanzable, ver una película.
“Me decían que, para poder hacerlo, tenían que trabajar por dos semanas para comprar un boleto y nada más, no comprar palomitas porque no alcanzaba, así que no había manera. Fue lindo ver cómo de pronto la gente reaccionaba en un lugar a tan sólo 20 minutos del centro”, recuerda Muñoz.
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En 2021 logró que su hasta entonces proyecto itinerante Cinema Nubu obtuviera un espacio físico en la ciudad hidrocálida, pero el año pasado tuvo que cerrar por cuestiones económicas.
Regresó a la itinerancia: de 10 funciones que tenía en sala a la semana, ahora es sólo una al mes.
“Pero sigo buscando un nuevo espacio, es algo que no dejo de pensar. Aunque sí creo que se está desromantizando la idea de ver cine en el cine”, comenta Ámbar.
El espectro de las salas alternativas e independientes en México cambió tras la pandemia. Algunas de ellas, como Nubu, se movieron a la itinerancia, mientras que otras apuntalaron más vías, como la venta de comida, porque la exhibición no dejaba dinero.
De acuerdo con la Comunidad de Exhibición Cinematográfica (Cedecine) que aglutina a estas iniciativas, el año 2024 arranca con 228 proyectos diseminados en la República mexicana.
La cifra supera a los 200 que había en 2020, año de la pandemia y a los 150 con que inició la Comunidad en 2018.
Todos se han convertido en un reducto para el cine nacional, por ejemplo, la cinta Souvernir con Paulina Gaitán, estuvo en 100 salas, con un promedio de 30 a 40 butacas. Un caso similar es el documental La llevada y la traída, de Ofelia Medina.
“A partir del Covid se visibilizó la exhibición independiente y, aunque cada espacio hace lo que mejor considera para seguir adelante, lo cierto es que varias películas voltearon a vernos como una opción, mientras los grandes complejos cerraban las puertas para salvarse ellos”, dice Lesli Borsani, integrante de la Comisión de Programación y Distribución de la Cedecine.
Ella misma, con su proyecto Cine La Mina, en Guanajuato, tuvo que reinventarse durante la pandemia. Debido a las medidas sanitarias que pedían espacios abiertos, comenzó la itinerancia, y tuvo tanto éxito que adoptó finalmente un modelo híbrido.
Cuenta con una pantalla de unos cinco metros para las funciones al aire libre y capacidad para 500 personas. Dependiendo del título y los acuerdos con productores y distribuidores, las funciones al igual que en el resto de integrantes de la Comunidad, pueden ser gratuitas o con cobro.
“Ya estamos más estabilizados en asistencia, porque después de todo lo que pasó, la gente quiere salir y ver cosas en nuevos espacios de exhibición. Desde antes ya teníamos la idea de llegar a nuevos públicos y con la itinerancia se está haciendo”, destaca Borsani.
La muestra de ello es que títulos como los documentales Mamá y El secreto del doctor Grinberg, así como la ficción Huesera fueron dos de los filmes con más éxitos en la red Cedecine.
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En Kinoki, con 19 años de vida en San Cristóbal de las Casas, Mamá tuvo una corrida más allá de las seis funciones tradicionales a lo largo de 10 días.
El inmueble, con capacidad de 48 butacas, fue uno de los que incentivó su restaurante para sobrevivir durante la pandemia.
De vez en cuando con un modelo itinerante acuden a zonas que quieren ver cine y no dejan de tener cinedebates.
“Tenemos asumido que el cine no es negocio, se hace porque nos gusta el cine y es una forma de ayudar a la cultura. Entonces le apostamos a seguir generando recursos con el restaurante, la sala de té, trabajar con organizaciones. Y así logramos que el boleto cueste 50 pesos, palomitas incluidas”, dice Alberto Domínguez, fundador del concepto.
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