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En el cine contemporáneo el Universo Marvel representa una maquinaria compleja. Llena de populares superhéroes mutantes, de tan abundante que es su producción, hay que ver lo que esconde su estilo, que en el fondo es algo más que una fórmula. Los súper héroes Marvel carecen de respeto por la autoridad. Lo resuelven todo ellos mismos, con una noción medio mesiánica de su labor (cuidar el Universo), pero tienen diferencias: Iron Man preserva la jerarquía política y sus protocolos. El Capitán América, no. Esto es tema en un universo: existen muchos, llamados multiversos.
Así, otro universo, con ciertas singularidades, lo habita Wade Wilson/Deadpool (Ryan Reynolds), quien debido a un serio problema de salud accedió a ser cobaya de un experimento médico medio sádico que lo curó. También lo desfiguró. Y le dio la posibilidad de resistir cuanto porrazo le dan.
Estoico ante su condición, pero por lo mismo cínico de la misma, Deadpool tiene como estímulo vital el amor de su bella novia Vanessa (Morena Baccarin). Compensa su falta de belleza con impresionante dosis de humor, tanta que rompe la “cuarta pared” dramática dirigiéndose al público; asume una hiperconciencia: es un personaje de ficción en una cinta de ficción.
El inesperado éxito de Deadpool (2016), porque se pensaba sería una simple curiosidad por sus temas “adultos” (chistes subidos de tono, violencia de gran guiñol, referencias eróticas insólitas en el cómic fílmico: Deadpool es el único superhéroe sexualmente activo), se capitaliza en Deadpool 2 (2018), segundo largometraje del experto en dobles de acción David Leitch.

El filme, fiel al cómic original de Fabián Nicieza y Rob Liefeld, es un antídoto, burlesco y sumamente divertido, contra la saturación del género. Lo mejor: preserva el cinismo intenso de la primera cinta. Todo un logro.

La trama narra cómo Misumi (Koji Yakusho) aparentemente asesina al gerente de una fábrica. No es el primer crimen que comete. Su defensor Shigemori (Masaharu Fukuyama) descubre que la única prueba es la confesión de Misumi. Por ello el tema es denso. Pero la traslúcida fotografía de Mikiya Takimoto revela las posibilidades de este seco drama conmovedor donde nada es definitivo y un juego de mentiras resulta crítica a cualquier sistema de justicia.
Cine concentrado en actuaciones contenidas y vistas en planos cerrados de enorme expresividad, su misterio está en resolver algo sin pistas que apunta a un tal vez inevitable tercer asesinato. Impresionante.
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