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La palabra ha sido usada muchas veces en el pasado. Recién a principios de siglo fue declarada la guerra contra el terrorismo, en particular contra la organización Al Qaeda, con resultados que difícilmente pueden considerarse una victoria. Ahora vuelven las declaraciones de guerra, con la diferencia de que esta vez no sólo hay un enemigo en un país determinado, sino amenazas distribuidas dentro de las propias naciones aliadas,
En aquella ocasión —la campaña de guerra de George W. Bush en 2003— surgieron opositores a la intervención militar entre los países del hemisferio occidental e incluso dentro de Estados Unidos hubo un movimiento crítico que a la postre sería representado por el hoy presidente de ese país, Barack Obama. Lo que cambió a partir de los atentados en París, el pasado 13 de noviembre, es que no se escuchan las voces opuestas al discurso de guerra. Contra el enemigo, el Estado Islámico, sólo cabe la fuerza, la erradicación, dijo Obama tras su reunión con el presidente francés François Hollande.
Difícil ser pacifista en estos tiempos, en particular frente a un actor, el Estado Islámico, cuya premisa no es la reivindicación de una causa con apariencia de justa, sino la eliminación de todos los “infieles”. ¿Cómo debatir con los promotores de la guerra contra los radicales islámicos? ¿Se puede razonar con quienes decapitan en vida a extranjeros; con quienes fusilan a cientos por tener creencias religiosas diferentes; con quienes utilizan métodos de tortura medievales contra mujeres que no se someten a su visión patriarcal del mundo?
Lo más desconcertante para países como Francia o Bélgica, que han acogido a millones de extranjeros en su territorio, es saber que sus ciudadanos de origen musulmán sean ahora los autores de los ataques terroristas. De hecho, miles de personas nacidas en Europa, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y Canadá han viajado a Siria e Irak para combatir del lado del Estado Islámico, muchos de los cuales, más radicalizados, volvieron ya a sus naciones de origen.
En medio de una mezcla tan compleja de factores, en la que el terrorista tiene pasaporte de la nación a la que piensa atacar, será todo un reto que ésta no se convierta en una guerra de occidentales contra musulmanes.
La pradera está seca e involucrados en este conflicto están actores como el presidente ruso Vladimir Putin, que podrían no pensar dos veces antes de responder de manera generalizada a un ataque proveniente de una minoría.
La palabra guerra está en el ambiente, está en discursos de quienes en el pasado invocaron la paz. ¿Quién levanta la voz para decir lo contrario? Si alguien ya lo hizo, no se le escucha.
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