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Prestar atención al clima político y social, siempre es necesario. Pero aún más en estos tiempos; tiempos que anuncian tormentas y otros meteoros muy destructivos, cuando el negro tornado americano aun prosigue su furioso trayecto, abatiendo sin pausa ni tregua las instituciones emblemáticas de la larga historia democrática de ese país; entre ellas, y sobre todo, la judicatura y la prensa.
Platicando esto con un antiguo compañero de la prepa, me decía que él acababa de leer un texto profético de Baudrillard. Aquel en el que predijo el fin de lo social a la sombra de las mayorías silenciosas. Aquellas que por grandes y por calladas logran imponerse poco a poco ante los derechos de las minorías. Esto lo llamaba Stuart Mill, la “tiranía de la mayoría”.
Unos días después de aquella charla, di con el texto de Baudrillard, cuyo título podría traducirse en algo así: En tierra de ciegos… tiene cosas que es hoy útil tenerlas presentes.
Anticipa la trágica puesta en escena de las últimas elecciones generales estadounidenses; propone vías alternas para ir encontrando la salida al laberinto de las soledades en que se han transmutado las sociedades contemporáneas, sin darse a la desesperación.
“Venimos —dice Baudrillard— de asistir a una ópera bufa o a una ‘comedia de costumbres’, política, trampa para los ingenuos de la tierra de ciegos en la que el tuerto es rey”. Es la denuncia a los sistemas electorales actuales; el método democrático pervertido por el populismo, que acaba devorando a la democracia, como si ésta pudiera reducirse a contar votos “transparentemente”, en vez de entenderla como un estado de cosas. La democracia es más que levantar la mano. Es un modo de ser del individuo en comunidad, una forma de vida que, dijo Torres Bodet hace muchos años, es una honda convicción nacida de una rigurosa pedagogía cívica, hoy empolvada en los sótanos del liberalismo.
Baudrillard advierte el surgimiento (en 2002) del “indiferentismo” en política, indiferencia, menosprecio y hartazgos colectivos que han olvidado todo y no han aprendido nada. Para explicarse el populismo en el mundo hay que admitir que la gente está fascinada con la decadencia, especialmente la de lo político, sin reparar en sus consecuencias. Empero, a lo que se ha vuelto indiferente el pueblo es a la idea, al mito de la representación política. El cemento de la democracia es la voluntad: la de todos y la de la mayoría, el dilema célebre de Rousseau que no puede ser resuelto sino mediante esa fórmula de representación. Sin perder de vista que la representación es algo más que el simple acto de levantar un dedo; implica compromiso social y responsabilidad.
Presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México
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