Actores de la cultura material del libro en México, como censores, calificadores, dueños de imprenta, mercaderes, cajistas, bibliotecarios y operarios de prensas, así como lectores, escuchas y observadores, sin olvidar a escritores, impresores y libreros, protagonizan "Oficios del libro en el México virreinal", una obra de la historiadora Olivia Moreno Gamboa que apela a la divulgación, dando énfasis en la historia social de la cultura escrita, es decir, cómo la sociedad novohispana se relacionó con el libro.
“Sigo dos objetivos, el primero es observar los procesos colectivos de producción, censura, circulación, conservación y lectura de libros en el virreinato de Nueva España, sin olvidar su relación política, comercial y cultural con la metrópoli; y el segundo, insistir en que una historia social de la cultura escrita, por breve que sea, debe considerar en todo momento, como advirtió Roger Chartier, las características materiales que las personas decidieron darles a los textos, pues solo así podremos reconocer sus hábitos de lectura y las distintas maneras en que los lectores, de vista y de oídas, se relacionaron con lo escrito”, dice la investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.
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Este libro, publicado por la UNAM y por Filológicas dentro colección Notas al margen, se centra en las prácticas sociales vinculadas al mundo del libro colonial, prácticas que no tuvieron una fecha concreta de inicio y algunas de las cuales, como la censura o el trabajo de los bibliotecarios, siguen teniendo plena vigencia.

“Mi propuesta ha sido y es mostrar que la producción y la circulación, incluso la lectura del libro son prácticas colectivas. Destaco a ciertos personajes, pero para ejemplificar actividades, pero nunca he considerado que la producción de un libro sea un trabajo de una sola persona. En este sentido me distancio de esta historia tradicional que ha hecho la historia de la imprenta a partir de los impresores”, afirma la doctora en Historia.

La obra de Moreno Gamboa pone el acento en cómo se vinculaban los oficios letrados con la imprenta, de ahí su título; su objetivo es hablar de cuáles eran las profesiones y las actividades intelectuales que permitían el acceso a la imprenta en el siglo XVIII. “Este libro también responde a ese interés que tengo en la historia social. Como historiadora formada en este campo me resulta muy difícil desvincular la historia del libro, o sea, la historia material de estos objetos, de los actores que les dan vida, que les dan sentido, el sentido muy económico del mercado, pero también de los productores”.
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Además se vincula a otro oficio que lleva tiempo investigando, el de los libreros y comerciantes de libros. “Muchos de estos vendedores de libros, los libreros, eran también impresores. Es difícil para este periodo disociar la imprenta de la venta de libros y muchos de estos impresores novohispanos no solo vendían los impresos que publicaban, que generalmente eran impresos efímeros, recordemos que se produjo muy poco libro en el sentido material de volúmenes grandes en la época novohispana, sobre todo a partir del XVII, y entonces una parte importante del negocio editorial para estos impresores consistía en revender libros europeos”.
La también autora de "Las letras y el oficio. Novohispanos en la imprenta. México y Puebla. Siglo XVIII y Una cultura en movimiento. La prensa musical de la Ciudad de México" (1866-1910), asegura que la mayoría de los libros que circularon y se leyeron en la Nueva España procedían de talleres europeos y la producción doméstica era mínima comparada con ese volumen de obras que entraba año con año a través de las flotas y que era una producción que satisfacía necesidades muy puntuales y locales.
“La Nueva España nunca produjo para la exportación, a diferencia de países o de ciudades como Venecia o París; París le dio a Nueva España una gran cantidad de obras, de ediciones de teología, de religión, era uno de los puntos muy importantes de abastecimiento y todo eso se observa en los acervos antiguos mexicanos”, afirma la investigadora que se interesa en hablar de los operarios de las imprentas, figuras de las que no se conoce, a veces, ni sus nombres.

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“En esta red estaban implicadas familias, no son actividades individuales, incluso la lectura, en esta época, no se concibe sin la oralidad dado los grandes índices de analfabetismo y donde la tradición oral es muy importante, la lectura se hacía muchas veces en comunidad, no es que no existiera la lectura en silencio individual, pero también se hacía de manera colectiva y precisamente hay un ejemplo y una ilustración del famoso baratillo de El Parián donde se puede ver a un vendedor de coplas que las escribía y vendía de manera manuscrita y que fue denunciado ante la Inquisición”, apunta.
El énfasis de Moreno Gamboa es hablar de los actores, hombres y mujeres que participaron en la preparación de textos y también en la censura, que también es revisada en el libro al igual que la normativa de la Corona e incluye imágenes sobre cómo se censuraban los libros, cómo se tachaban con tinta o se les pegaba papel para que no se pudieran leer.
“Es un trabajo que va de estos distintos grupos de actores o de agentes que intervienen en el mundo del libro y que tienen alguna injerencia, ya sea escribiendo los textos, ya sea censurándolos, ya sean bibliotecarios, en cómo organizan las bibliotecas, cómo elaboran inventarios y catálogos, hasta cómo los mercaderes se involucran en este negocio y van y vienen en las flotas, y los lectores, allí incluyo trabajos de mis estudiantes que han trabajado el Archivo General de la Nación, el ramo de la Inquisición, donde hay una cantidad muy importante de denuncias y expedientes relacionados con libros prohibidos, con lecturas que están censuradas por la iglesia, vendedores de obras sospechosas, lectores que abiertamente están leyendo esas obras”, afirma.

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La investigadora dice que en México, desde el campo de la historia, el estudio del comercio de libros no ha tenido tanta fortuna como el de las imprentas y el de las bibliotecas. Dice que durante el siglo XVII se va dando un proceso de “criollización de la imprenta” con los hijos de impresores peninsulares ya nacidos en la Nueva España, aunque siguen llegando algunos personajes como José Bernardo de Hogal, un impresor que hizo una fuerte competencia a impresores como Rivera Calderón.
También le interesan las mujeres participantes sociales en la cultura del libro. “¿En qué ámbitos aparece la mujer? Como escritoras, sobre todo monjas, abadesas que publican, pero también es muy importante el papel de las mujeres como mecenas, como patrocinadoras, ya sea de obras importantes, como son crónicas de los conventos que financian los propios conventos que son corporaciones femeninas, pero también mujeres que a título personal pagan la impresión de un devocionario. Es algo que hay que estudiar más, no sólo quedarnos en las autoras que son principalmente religiosas o en las viudas impresoras, sino también en mujeres que forman parte de núcleos domésticos, las familias de impresores que habitaban los inmuebles donde estaba el taller y la librería”.
Es un mundo en el que están las hijas o las esposas de los impresores, que están colaborando, quizás no directamente en la producción de los impresos, pero sí están ayudando a limpiar el taller, a llevar cuentas, a secar el papel, “esa serie de actividades donde participan las mujeres que están muy bien documentadas en el caso europeo y no tendríamos por qué pensar que aquí fue diferente”, apunta la estudiosa que en 2003 obtuvo el Premio INAH Francisco Javier Clavijero a la mejor tesis de licenciatura en Historia y en 2006 el premio Marcos y Celia a la mejor tesis de maestría, y quien ahora desarrolla una investigación sobre el impreso devocional en la Nueva España.
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