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Al fin tomamos el puente que pasa por arriba del Templo Mayor, por donde antiguamente corrieran las calles de Escalerillas (hoy Guatemala) y El Relox (ahora Argentina), y aunque el sol y la sed apremian, no puedo no detener a mi amigo frente a la réplica del monolito de la Coyolxauhqui, diosa mexica de la Luna que, en 1978, por accidente, emergió de las profundidades de la tierra, en el cruce de estas calles.
Alumbrado por los tequilas que nos acabamos de acomodar, mi amigo contempla el disco de la Coyolxauhqui desmembrada, y yo aprovecho para contarle el mito del cerro de Coatepec, el monte sagrado mexica, y cómo la pirámide del Templo Mayor es una representación de lo que sucedió en ese cerro-templo. En Coatepec, dice la mitología, nació Huitzilopochtli, figura tutelar del panteón mexica, sumo sacerdote y dios del sol y de la guerra. Al nacer, Huitzilopochtli mató a su hermana mayor, la Coyolxauhqui, quien previamente había conspirado para matarlos a él y a su madre, la Coatlicue (diosa de la tierra que emergió en 1790, en el Zócalo).
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“Con una serpiente de fuego –le narro a mi amigo–, Huitzilopochtli le cortó la cabeza y arrojó su cuerpo por la ladera del cerro. El cuerpo de Coyolxauhqui fue rodando hacia abajo y cayó hecho pedazos, por diversas partes cayeron sus extremidades. Luego, Huitzilopochtli ahuyentó a sus hermanos, los Centzonhuitznahua, las estrellas o 400 biznagas, quienes estaban coludidos con su hermana. Pobre Coyol, mira cómo la dejaron. Yo la comprendo porque –no me dejaras mentir, amigo– los buenos bebedores más de una vez nos hemos visto como ella, cuando al día siguiente la bendita cruda nos tumba y nos sentimos destrozados, devastados, con la cabeza por aquí, el alma por allá y las extremidades por acullá…”
El arqueólogo Raúl Martín Arana, que fue uno de los descubridores de la Coyolxauhqui, contaba esta anécdota. Decía que por la mañana del 23 de febrero de 1978 un telefonazo interrumpió la calma que imperaba en la oficina de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH. Una voz femenina y anónima alertaba a los arqueólogos sobre un misterioso hallazgo, acaecido la noche anterior, en el cruce de las calles de Guatemala y Argentina, donde una cuadrilla de trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza cavaban una bóveda para enterrar un transformador eléctrico.
La mujer, de voz como de ultratumba, aseguraba que lo que habían encontrado los trabajadores era un monolito muy importante e instaba a los arqueólogos a que se presentaran lo antes posible en el lugar de los hechos pues, según ella, se corría el riesgo de que alguien robara o rompiera aquella tan valiosa piedra. ¿A caso fue la mismísima Coyolxauhqui la que llamó por teléfono?, bromeaba el arqueólogo.
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El chiste es que la llamada desencadenó muchas otras a lo largo de ese día hasta que, finalmente, el ingeniero Felipe Curcó Bellet (de la Compañía Luz y Fuerza) y el arqueólogo Raúl Martín Arana acordaron una cita, a las 23:00 horas de ese día, para presenciar el supuesto descubrimiento. Entre reflectores, tarimas, escaleras, palas y un lodazal de arcilla, el arqueólogo y el ingeniero descendieron al socavón de aproximadamente 2 metros de profundidad, aquella noche de luna llena.
Raúl Arana se quedó boquiabierto, un silencio sepulcral se apoderó de él. Entre el barrizal logró entrever una abultada y tallada piedra de cantera que emergía de las entrañas del inframundo. Impaciente, el ingeniero Curcó le espetó: “¿Vale la pena esta piedra? ¿Es importante el hallazgo? ¿Vamos a poder seguir trabajando?” A lo que Arana contestó: “Ingeniero, creo que usted no se ha percatado de la magnitud e importancia de lo que han descubierto sus hombres”.
A la mañana siguiente, Arana informó a su jefe acerca de lo que había observado de madrugada: una piedra circular, de más de tres metros de diámetro, perteneciente a la gran escultórica azteca dedicada a la divinidad lunar Coyolxauhqui… A su vez, el jefe informó al director del INAH, Gastón García Cantú, y éste último hizo lo propio con el presidente, José López Portillo: “Hemos hallado, señor presidente, una piedra tan importante como el ´Calendario Azteca´”.
Sobra decir que no sólo se canceló la obra de la Compañía de Luz y Fuerza, sino que se mandaron a derrumbar, por decreto presidencial, 13 edificios coloniales de toda una manzana en pleno corazón de Centro Histórico y, en ese tramo, se cerraron para siempre las calles Guatemala y Argentina para desenterrar al Templo Mayor de México-Tenochtitlan. La decisión del presidente, de tumbar y expropiar construcciones, fue muy polémica. Por aquellos días, bajo la euforia del descubrimiento, López Portillo –que se sentía Tlatoani– declaró: “Exprópiese las casas. Derríbense y descúbranse, para el día y la noche, el Templo Mayor de los aztecas”.
“Y a propósito de ello –le anoto a mi amigo mientras nos movemos hacia el Salón España, que ya nos queda a tiro de corcholata–, dos cantinas pagaron el pato de aquella decisión: La Flor de Oaxaca, parsimonioso abrevadero en forma de chorizo, de buenas tortas y frescos menjurjes, que estuvo en los bajos de uno de esos edificios demolidos, sobre la calle de Argentina, frente al Palacio del Marqués del Apartado; y El Paraíso, que abría sus puertas en la esquina de Argentina y Justo Sierra, frente a la librería Porrúa”.
Por su cercanía con el Colegio del San Ildefonso, en el cuartel latino de la ciudad, o sea el antiguo Barrio Universitario, El Paraíso se convirtió en un punto de reunión de catedráticos, alumnos y empleados de las distintas escuelas y facultades del rumbo. Armando Jiménez escribió: “su dueño era un español de boina vasca, puro en la boca y más vellos en los brazos y en el pecho que un chimpancé, al que todos llamaban Ramoncillo”.
Fundada en 1908, El Paraíso tuvo entre sus mejores parroquianos a Luis Chico Goerne, destacado jurista y rector de la UNAM entre 1935 y 1938. Todos los días del señor, a las 2 de la tarde, el licenciado Goerne salía de su despacho, en Justo Sierra 16, y comenzaba su recorrido cantinero. Iniciaba en El Paraíso, luego visitaba La Puerta del Sol, seguía en La Ópera y terminaba, religiosamente, en el bar Don Quijote, del Hotel Regis. Ese era su itinerario, de modo que si surgía alguna urgencia todos en la Universidad sabían dónde encontrarlo. De broma, algunos estudiantes comentaban que el rector no era un ebrio consuetudinario, sino un bebedor con su itinerario.
Continuará…
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Un bebedor con su itinerario







