Por Norma A. Bobadilla Sandoval
Mi admiración por la Universidad Nacional Autónoma de México nació desde que era muy joven. A los 15 años ingresé al CCH Sur y, en repetidas ocasiones, fui al campus universitario. Cada visita era una experiencia inspiradora: me parecía un lugar majestuoso, lleno de vida, de conocimiento y de diversidad. Recuerdo que, al recorrer sus pasillos y ver a los profesores impartiendo clase, siempre pensaba: “Qué orgullo debe sentirse al ser catedrática/o y formar parte de ésta, la Máxima Casa de Estudios”. En aquel entonces nunca imaginé que un día yo también pertenecería a su comunidad científica.
Mi paso por el bachillerato fue un verdadero regalo. Me permitió descubrir el valor del aprendizaje autónomo, desarrollar el gusto por la lectura y la escritura, así como cultivar un espíritu crítico y analítico que marcaría el rumbo de mi vida profesional.
Por circunstancias ajenas a mí y debido a que mi nombre no aparecía en las actas del bachillerato, no pude ingresar a la Facultad de Química como era mi mayor anhelo. En su lugar, fui asignada a la FES Cuautitlán, lejos de mi hogar, por lo que realicé mis estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma Metropolitana, donde perfeccioné las habilidades adquiridas en el CCH. Allí recibí un entrenamiento excepcional tanto en el método científico como en la elaboración de proyectos de investigación y, sobre todo, mi curiosidad científica se transformó en una vocación profunda. Al concluir la carrera tenía una certeza absoluta: dedicaría mi vida a la investigación científica, un sueño que me había acompañado desde niña.
Tiempo después, el destino me llevó de regreso a mi querida UNAM, donde cursé la maestría y el doctorado en Ciencias Fisiológicas en el Instituto de Investigaciones Biomédicas (IIB). Alcanzar en esta institución el grado académico más alto fue una experiencia profundamente significativa, un retorno al lugar donde había nacido mi amor por la ciencia. Años más tarde, mi gran amigo Gerardo Gamba me invitó a integrarme a la Unidad de Fisiología Molecular, un espacio periférico del IIB ubicado en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Así, la vida me permitió colaborar en dos de los centros de investigación más importantes del país, donde se me abrieron horizontes que jamás hubiera imaginado. Siempre he creído que cuando una persona encuentra el sitio donde puede desarrollarse plenamente, no existen límites para lo que puede conseguir.
Desde que terminé la licenciatura, mi fascinación por el estudio del riñón se convirtió en una pasión constante. He dedicado mi carrera al análisis de los mecanismos de daño renal, realizando aportaciones que abarcan desde la investigación experimental hasta la traslacional, incluyendo desarrollos tecnológicos innovadores. Gracias a ello, he podido dirigir numerosos proyectos cuyos resultados han sido reconocidos internacionalmente, citados por colegas de todo el mundo y respaldados incluso con la aprobación de patentes. Mi trayectoria científica ha sido honrada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y el Premio Universidad Nacional en Ciencias Naturales, reconocimientos que me llenan de gratitud y compromiso.
La UNAM es, sin duda, mi alma mater, mi segunda casa. Es un espacio único donde la diversidad, la libertad de pensamiento y el impulso al conocimiento convergen para formar generaciones de tecnólogos, científicos y humanistas. Es un semillero de talentos, un faro de inspiración para quienes creemos en el poder transformador de la educación y la ciencia.
En esta institución he encontrado el entorno perfecto para desplegar mi intelecto, mi curiosidad y mi creatividad. También he tenido el privilegio de formar a jóvenes científicos, acompañándolos en sus tesis de licenciatura, maestría y doctorado, y guiándolos en sus primeros pasos dentro de la investigación. No hay mayor satisfacción que verlos crecer, madurar académicamente y descubrir su propio potencial.
Obtener los recursos para investigar, publicar los resultados en revistas de prestigio y, sobre todo, ser testigo del crecimiento humano y profesional de mis estudiantes son logros que trascienden cualquier reconocimiento.
Gracias, querida Universidad, por abrirme tus puertas, por impulsarme a soñar en grande y por permitirme contribuir, aunque sea con un pequeño granito de arena, al avance del conocimiento.
Hago una distinción especial a la Fundación UNAM, que con su incansable labor apoya a jóvenes estudiantes, reconoce el quehacer de sus académicos, ofrece diversos cursos y financia algunas investigaciones científicas, con lo que respalda la excelencia de nuestra Máxima Casa de Estudios.
Soy, con profundo orgullo y gratitud, UNAM.
Investigadora titular C
Investigadora nacional nivel III del Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM
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