Hay destinos que no se explicarían sin la mano que dirige al destino. Tal ha sido el mío. En marzo de 1969, recién matriculado en la Universidad Nacional Autónoma de México, miré por primera vez la imponente puerta de madera de la fachada principal del Antiguo Colegio jesuita de San Ildefonso, en la calle de Justo Sierra en el centro histórico de la Ciudad de México. Sin apenas pensarlo, me convertí en preparatoriano, universitario. Me sentí como era, desvalido y diminuto; no sé por qué, pero no lloré.

Sin más brújula que la de seguir a los otros adolescentes que se cubrían del primer sol bajo esa puerta barroca, los varones rapados como novatada y las niñas que siempre se movieron con mayor entereza, comencé a pasear por los pasillos de piedras grises, con las paredes empapeladas para proteger los murales de José Clemente Orozco, Ramón Alva de la Canal, Fermín Revueltas, Fernando Leal y Jean Charlot. Apenas un año antes el lugar habría celebrado su centenario como sede de la Escuela Nacional Preparatoria; y seis meses atrás, en un parpadeo, un disparo de bazooka habría dañado una de las puertas de la cara norte, precisamente en la calle de San Ildefonso. Lo supe poco después, pero el boquete y los murales cubiertos eran heridas del movimiento estudiantil de 1968. Acababa de cumplir 15 años; era lo opósito del relato bíblico: un niño perdido en el lugar de la ley, pero sin pizca de sabiduría.

El destino me llevó adelante. Los maestros preparatorianos, con su desenfado y humildad, fueron demiurgos incansables: de la masa informe de confusiones juveniles, supieron dirigir a millares de espíritus para convertirse en buenos ciudadanos. Y a mí me hicieron viandante por el pasado. La puerta se abrió de inmediato: mi primera clase fue Física; la segunda, Historia Universal… Quedé petrificado. Se desplegaba un trecho de mi vocación; otro lo trazó mi hermana al regalarme, no mucho después, el libro Los antiguos mexicanos, del historiador universitario Miguel León-Portilla, hoy gloria nacional. Estaba decidido: seguiría la carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras. El mosaico mural de Juan O´Gorman y las deliciosas clases de mis maestros (de todos ellos) me guiaron a saber leer y a saber pensar. Y de los antiguos mexicanos a los rebeldes zapatistas sólo hubo un salto: el empuje lo dio la historiadora Alicia Olivera, profesora de Comentario de Textos e investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Eso también sería en marzo, el de 1974, hace poco más de medio siglo: entonces crucé la puerta de los tiempos, como había cruzado el portón del Colegio de San Ildefonso…

En el camino ha quedado alguna huella más, la del estudio de las vidas ajenas, la de las historias del devenir de los michoacanos de la zona de Chapala; el rescate de esas biografías se desdobló en un archivo de voces que resguarda la Unidad Académica de Estudios Regionales de la UNAM en Jiquilpan, Michoacán.

El destino no es el camello ciego y enloquecido del que nos habla Jorge Luis Borges en su imaginación del Oriente árabe. Lo dirige una mano, indescifrable pero segura. A ella se debe la existencia de la Universidad Nacional Autónoma de México. Nada la ha doblado. Y desde hace 33 años, con fortuna, el destino ha dado rostro a la Fundación UNAM: rama generosa que desde entonces fecunda diligentemente la memoria mexicana en su base más sólida: la inteligencia, que entre la comunidad azul y oro se fortalece de manera cotidiana con su apoyo honesto, solidario y firme. Lo sé bien, hoy que soy un viejo agradecido. Pero también la Fundación UNAM ha tocado otra fibra universitaria: la del deber cívico. Y esa fibra habita nuestro corazón.

Historiador

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