Mi historia con la UNAM comenzó en la Escuela Nacional Preparatoria 6. Desde entonces me sentí universitario. Durante mi cuarto año me tocó vivir la huelga de 1999, uno de los momentos más complejos de la historia reciente de nuestra Universidad. Junto con mi familia enfrenté la incertidumbre de aquellos meses; observamos las distintas posturas en torno al movimiento y decidimos permanecer en la UNAM. Con el tiempo comprendí que aquella decisión no sólo definiría mi formación académica, sino mi manera de entender el mundo.
La Universidad me permitió explorar distintos caminos. Ingresé al área de Físico-Matemáticas e Ingenierías y cursé tres semestres de Ingeniería Química. Sin embargo, descubrí una profunda vocación por la psicología y decidí cambiar de carrera. Años después hallé un punto de encuentro entre ambas disciplinas al realizar estudios de posgrado en Ciencias Bioquímicas. Mirando hacia atrás, veo una trayectoria poco convencional, pero también una muestra de la flexibilidad y riqueza que ofrece la UNAM.
Lo más valioso que me ha dado la Máxima Casa de Estudios ha sido la libertad de construir mi propio camino. Esa libertad también se refleja en la diversidad de pensamiento, el intercambio de ideas y la confianza para cuestionar y argumentar con respeto. Ahí comprendí que el conocimiento se enriquece al escuchar perspectivas distintas y someter nuestras propias convicciones al análisis crítico.
Recuerdo con especial cariño mis recorridos por Ciudad Universitaria mientras esperaba mis clases de idiomas en el entonces CELE, hoy ENALLT. Esos momentos me permitieron descubrir una institución que va mucho más allá de las aulas. Disfruté sus espacios de convivencia, su oferta cultural y su extraordinario patrimonio artístico. Entre mis obras favoritas está La conquista de la energía, de José Chávez Morado, un mural que sigue inspirándome y que suelo incluir en mis presentaciones como recordatorio de que el saber es una de las mayores expresiones de libertad.
A lo largo de estos años he tenido la fortuna de convivir con grandes universitarios: trabajadores de base y de confianza, académicos, entrenadores deportivos y estudiantes que día a día realizan su mejor esfuerzo para mantener en alto el nombre de nuestra Universidad. Gracias a ellos, la UNAM conserva un prestigio que trasciende fronteras y abre puertas tanto en México como en el extranjero.
Hoy, a casi tres décadas de mi ingreso a la Máxima Casa de Estudios, mi esposa y yo tenemos la satisfacción de ver a nuestro hijo comenzar su propio camino universitario. Cuando entró a Iniciación Universitaria escuché por primera vez que ellos son “hijos de la Universidad”, y comprendí que este vínculo trasciende generaciones. Como familia hemos sido testigos cercanos de las innumerables actividades, servicios y espacios que la UNAM ofrece en beneficio de su comunidad y de la sociedad mexicana.
De manera casi paralela a mi trayectoria universitaria, he visto crecer y consolidarse a Fundación UNAM. He podido constatar cómo su labor abre oportunidades para estudiantes, fortalece proyectos de investigación, impulsa eventos culturales y deportivos, y contribuye a mejorar la infraestructura que da vida a nuestra Universidad. Comprender el alcance de este quehacer me llevó, hace cuatro años, a convertirme en donante, convencido de que apoyar a la educación es una de las formas más valiosas de aportar al futuro de nuestra sociedad.
Estoy seguro de que fortificar a la UNAM y a su Fundación es contribuir a la formación de ciudadanos libres y críticos, especialmente en una época en la que la desinformación desafía de manera constante al conocimiento. Como académico procuro extender ese legado transmitiendo el espíritu universitario a mis estudiantes, colaboradores, amistades y familia.
Después de casi tres décadas, sigo sintiéndome orgullosamente universitario. La UNAM me dio saberes, experiencias y amistades, pero sobre todo me dio algo invaluable: la oportunidad de conocer para ser libre.
Investigador, Instituto de Fisiología Celular, UNAM
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