Fui la primera mujer de mi familia que se formó más allá de la educación básica. Primero estudié para profesora de primaria, en la entonces Escuela Nacional de Maestros, en tanto que mis hermanos cursaban preparatoria para ingresar posteriormente a la universidad.
Como la docencia, en ese momento, no fue una profesión elegida por mí sino por mis padres, luché por entrar a la universidad, a lo que ellos accedieron con la condición de que tenía que trabajar y estudiar.
Mi admisión a la universidad, a fines de los 60 y principios de los 70, coincidió con una serie de hechos internacionales y nacionales, como la organización estudiantil, los movimientos sociales, los feminismos y una mayor apertura a que se incorporaran a instituciones de enseñanza hijos de obreros, de pequeños comerciantes y productores, al igual que de campesinos. Estas experiencias vitales me llevaron a repensar mi agenda tanto personal como educativa.
Ingresé a la entonces Escuela Nacional de Arquitectura, en donde se luchaba por un cambio en la enseñanza y el aprendizaje de la arquitectura, presentando para los alumnos y alumnas dos opciones de estudio. En 1976 el Consejo Universitario las formalizó al exponer cada una en su respectivo plan de estudios; una de ellas era la denominada Arquitectura-Autogobierno. Yo opté por integrarme a esta alternativa, cuyo planteamiento general era contribuir a la solución de espacios urbano-arquitectónicos de los sectores de menos recursos económicos.
Mis primeras experiencias de aprendizaje fueron diseñar viviendas en los asentamientos Pedregal de Santo Domingo, Coyoacán, y Los Hornos, Tlalpan, trabajando con organizaciones sociales. Esto definió el tipo de actividad profesional que quería realizar. Desafortunadamente, en ese momento no había forma de recibir un pago por este tipo de labor porque no existían programas y políticas públicas que apoyaran esta clase de proyectos, así que tuve que desempeñarme en despachos de arquitectos y constructoras entre semana, y los sábados y domingos acompañar en sus luchas a pobladores organizados en estas colonias.
En 1975, el profesor Vicente Martín me invitó a apoyarlo en sus cátedras como ayudante, y de ahí a la fecha doy clases en la ahora Facultad de Arquitectura. A lo largo de Arquitectura-Autogobierno, fui coordinadora de taller, así como del área de Extensión Universitaria, y fui la última coordinadora general de ese proyecto académico-político.
En 2009, ya como profesora de tiempo completo, entré junto a docentes de la Universidad de Barcelona al concurso convocado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) con el proyecto Laboratorio Hábitat Social: Participación y Género. Lo ganamos y en 2010 iniciamos formalmente a trabajar: realizamos investigaciones sobre esos temas y proyectos de vivienda y equipamiento comunitario, y propusimos nuevas asignaturas que integraran las tres funciones de la universidad: docencia, investigación y práctica, a través de la extensión universitaria y con un enfoque de género. Ideamos un proceso que contribuyera a la producción de conocimiento nuevo, que vinculara críticamente el saber académico con el saber popular.
Mi adhesión para colaborar con la Fundación UNAM fue, podríamos decir, natural, por la coincidencia en que desde la Universidad tenemos un compromiso con la sociedad y sobre todo con tratar de terminar con la desigualdad de oportunidades de personas, en este caso, de alumnado que muestra deseos de estudiar pero que su plataforma familiar no le da las condiciones necesarias para hacerlo. Para mí, la Fundación cumple con esos objetivos y no sólo es digna de admiración, sino que también nos compromete a ser parte de sus actividades.
Me siento afortunada de pertenecer a la Universidad, en donde tiene cabida una diversidad de pensamientos, de personas de diferente clase social y con distintas aptitudes, y donde hay organizaciones, como Fundación UNAM, que colaboran en que todo eso sea posible.
Coordinadora general en Laboratorio Hábitat Social: Participación y Género
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