Han pasado casi 15 años desde que el poeta y traductor Guillermo Fernández fue asesinado al interior de su casa en Toluca. El caso que investigó la entonces Procuraduría General de Justicia del Gobierno del Estado de México sigue abierto. El homicidio, que se perpetró el 29 de marzo de 2012 por asfixia mecánica —según el acta de defunción—, dejó el patrimonio del poeta asegurado o bajo resguardo: una biblioteca invaluable especializada en literatura italiana, la computadora en la que quedaron, por lo menos, cinco proyectos literarios al momento de su muerte, y la casa donde vivió.
Su sobrino, Héctor Ceballos, ocupó un papel central entre los pocos parientes de Fernández que tuvieron la disposición de presentarse en la Procuraduría, que hoy es Fiscalía, para atender trámites y recibir actualizaciones de las líneas de investigación.
“Así empieza todo el viacrucis, con la espantosa muerte, y saber qué fue lo que pasó. De ahí mi hermana y yo fuimos a ver todo para hacer los trámites. Y ahí nos empezamos a enterar de todo”, recuerda Ceballos en entrevista.
Añade que el jefe de los ministeriales explicó que no hubo violencia a la hora de entrar a la casa. No fue un robo propiamente. Nunca hubo violencia para ingresar, no forzaron las cerraduras. Guillermo Fernández recibió a esta o estas personas y “al calor de los tragos algo ha de haber pasado”.

Meses antes del inicio de la pandemia de Covid-19 fue la última vez que se le llamó a Ceballos para presentarse ante los funcionarios de la Procuraduría. La información revelada en esas últimas visitas, lo que se perfiló como una de las líneas de investigación más sólidas, es que el asesino fue identificado, que compró libros en Veracruz con la tarjeta bancaria de Fernández después del crimen y que, cuando intentaron apresarlo, ya había fallecido.
“Esta es una de las líneas de investigación, pero no sé hasta dónde concluyen. Jamás he visto el expediente”, continúa.
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“Nunca nos dijeron que ya está cerrado el caso. Nunca nos dijeron: necesitamos que ustedes y los familiares se pongan de acuerdo. Un cierre como tal nunca lo tuvimos. Sólo me comentaron: ‘esta es la línea de investigación que puede ser’, (pero) nunca más me volvieron a hablar”.
Una de las mayores intenciones de Ceballos es vender la casa donde vivió Fernández (Guillermo Marconi 105, colonia Científicos, Toluca) y “que lo que tenga mucho valor, la casa y otros objetos se vendan y se haga un fideicomiso para apoyar a los poetas jóvenes. No con intervención del gobierno. Que sea un fideicomiso para apoyo a nuevos talentos. Eso le hubiera encantado a Guillermo”.
Baraja nombres de quienes podrían colaborar en el proyecto si éste es posible en algún momento: quizá autoridades italianas (Fernández fue reconocido con la Condecoración de la Orden al Mérito de la República Italiana en grado de Caballero en 1997) o escritores con quien tuvo amistad o que han difundido su trabajo: Hernán Bravo Varela, Ernesto Lumbreras, Jorge Esquinca y Saúl Ordóñez.
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Ordóñez y otras personas que conocieron al poeta confirman que entre los bienes materiales físicos y la información contenida en la computadora que dejó Fernández hay material en el que trabajó los últimos meses de su vida: una nueva versión de Este, su autobiografía, una voluminosa antología de poesía italiana (alrededor de dos mil páginas), sus traducciones de la correspondencia de Miguel Ángel Buonarroti, el Zibaldone di pensieri, de Giacomo Leopardi y poemas de Mario Luzi. Material inédito que necesita ser recuperado para que vea la luz frente a nuevos lectores.
El poeta Hernán Bravo Varela señala que en la biblioteca de Fernández no sólo se encontraban, en su lengua original, numerosísimos títulos del universo de la literatura italiana, volúmenes firmados en muchos casos por sus autores, y una vasta bibliografía de la poesía mexicana y latinoamericana, escritores con los que trató Fernández. “Pensemos en su íntima amistad con Carlos Pellicer, por ejemplo. Pensemos también en contemporáneos de Guillermo, como el propio José Carlos Becerra, el editor de uno de sus primeros libros, La palabra a solas, que fue Juan José Arreola. Yo creo que también eso, entre muchas otras cosas, es el valor real de esa biblioteca que sigue custodiada por las autoridades”.
Añade que este atroz crimen se “suma a las decenas de miles, si no es que centenas de miles de casos pendientes en la justicia a lo largo y ancho de todo el país”.

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Y en lo que compete a Fernández —continúa— está la ausencia de aportes relevantes por parte de la justicia del Estado de México: “Nos confirma también, digamos, los malos oficios que continúan haciendo horrores en esa parte de nuestro país y que, por desgracia, la notable carrera de alguien como Guillermo Fernández pasa inadvertida frente a este coro de tragedias; y se une también a la invisibilidad y al anonimato de tantos y tantos crímenes impunes que lastiman diariamente esta sociedad”.
Se trata de un legado vastísimo, al que cruzan su trayectoria como poeta, traductor y divulgador de la literatura italiana, y maestro de un puñado de escritores cuya presencia hoy es ineludible en el mapa de la literatura mexicana. Un legado que “lo mismo cubre un capítulo de la poesía mexicana de la segunda mitad del siglo XX que la literatura italiana de todos los tiempos”.
Bravo Varela se refiere, por supuesto, a las múltiples traducciones que Fernández hizo y que van de Dante Alighieri, Giovanni Boccaccio y Alessandro Manzoni, hasta protagonistas del siglo XX como Dino Buzatti y Pier Paolo Pasolini, y escritores que prácticamente fueron descubiertos por Fernández: la leyenda de Eros Alesi y su Mamá morfina es uno de los nombres que en esta línea recuerda Saúl Ordóñez.
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Hernán Bravo retoma la palabra y recapitula que el legado de Fernández abarca, además, a los alumnos que tuvo durante casi tres décadas en Toluca, donde se estableció en la última etapa de su vida, a lo largo de 22 años:
“Digamos que de eso pueden dar fe las numerosas generaciones que se dieron cita en su taller, que era el Taller Literario Joel Piedra, que él impartió durante muchísimos años. Me parece que dos veces a la semana, una vez en un taller de poesía y otro día en un taller de traducción. Ese legado lo tienen muy vivo numerosísimos miembros del taller: entre ellos vale la pena mencionar a Roberto Cruz Arzabal, poeta, crítico, académico, y el poeta Saúl Ordóñez, dos figuras de la literatura mexicana reciente”.
Queda, para terminar, el legado estrictamente literario:
“Es riquísimo, valioso y guarda una de las historias más memorables y, al mismo tiempo, injustamente leídas de la poesía mexicana del siglo XX. Poco menos de 50 años de una escritura poética intensísima, que siempre quemó naves y épocas, libro a libro,”, concluye Bravo Varela.
EL UNIVERSAL ESTADO DE MÉXICO pidió hace 10 días información a la Fiscalía General de Justicia del Estado de México respecto al aseguramiento, con fines de la investigación, de la biblioteca, el archivo y la computadora del escritor, sin respuesta de la dependencia de Seguridad al cierre de esta edición.
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