Aún ahora, luego de haber cursado la licenciatura y de haber revisado diversos libros para escribir esta historia de la filosofía, me reencuentro con la epistemología y, en todo caso, como comúnmente la entendemos o conocemos: teoría del conocimiento. En el ámbito de la filosofía, los términos "epistemología" y "teoría del conocimiento" se emplean prácticamente como sinónimos para designar la misma disciplina: el estudio sistemático de la naturaleza, los orígenes, los límites y la validez del conocimiento humano. Pero, a decir verdad, no lo recuerdo así ni en la preparatoria ni en la universidad.

El vocablo "epistemología", derivado del griego episteme (conocimiento) y logos (discurso o estudio), es el nombre técnico más extendido en la tradición, especialmente en la filosofía analítica contemporánea. Por su parte, "teoría del conocimiento" describe de manera más literal y accesible lo que la disciplina hace: construir teorías sobre qué cuenta como conocimiento, cómo se justifica y cómo se adquiere. Aunque en algunos contextos académicos muy específicos se intenta una distinción sutil —asociando la epistemología más con enfoques formales y la teoría del conocimiento con perspectivas históricas—, en la práctica no existe una separación conceptual real, y ambos términos se usan indistintamente en textos, cursos y debates filosóficos. Empero, es importante entender la epistemología, pienso que nos ahorraríamos bastantes dolores de cabeza en lo relativo a todo el conocimiento.

Así, la epistemología plantea preguntas esenciales: ¿Qué podemos conocer? ¿Cómo justificamos nuestras creencias? ¿Cuál es la diferencia entre conocimiento y mera opinión? La relevancia de la epistemología trasciende el ámbito puramente académico. Si traemos esta estructura del pensamiento a nuestra era sería de mucha ayuda, sobre todo porque, y soy específico, las nuevas generaciones de niños y adolescentes, sin omitir a los adultos, viven y vivimos atrapados en una espiral no solo de desinformación sino de tergiversación de la realidad, el conocimiento y el pasado, los medios digitales sí están generando un retroceso crítico en las nuevas generaciones.

Desde Platón, y específicamente en sus diálogos en el Teeteto ofreció una de las primeras definiciones sistemáticas del conocimiento como "creencia verdadera justificada". Esta definición tripartita sostiene que para que una persona sepa algo, deben cumplirse tres condiciones: la proposición debe ser verdadera, la persona debe creerla, y debe tener justificación o razones adecuadas para creerla. Sin embargo, más de dos milenios después, esta definición enfrentó un desafío fundamental; en 1963, el filósofo estadounidense Edmund Gettier publicó un artículo titulado "Is Justified True Belief Knowledge?" (https://shorturl.at/KU5Me), y demostró mediante contraejemplos ingeniosos que es posible tener una creencia verdadera y justificada que, sin embargo, no constituye conocimiento genuino debido a elementos de suerte epistémica. Estos casos, ahora conocidos como "problemas de Gettier", revolucionaron la epistemología contemporánea y generaron décadas de debate sobre qué elemento adicional se requiere para el conocimiento.

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Pero regresemos al pasado, René Descartes en sus Meditaciones Metafísicas adoptó el método de la duda sistemática, cuestionando todo aquello que pudiera ser dudado hasta llegar a una verdad indubitable: "Cogito, ergo sum" (Pienso, luego existo, que ya hemos visto). Este enfoque racionalista contrastó con el empirismo británico de John Locke, quien en su Ensayo sobre el entendimiento humano (1689) argumentó que todo conocimiento deriva de la experiencia sensorial, describiendo la mente como una "tabula rasa" o pizarra en blanco al nacer. Así, el debate entre racionalismo y empirismo ha sido central en la epistemología.

Los racionalistas, como Descartes, Spinoza y Leibniz, sostienen que la razón es la fuente primaria del conocimiento y que existen verdades a priori accesibles mediante la intuición racional. Por el contrario, los empiristas como Locke, Berkeley y Hume afirman que el conocimiento proviene fundamentalmente de la experiencia sensorial. Por otra parte, Immanuel Kant, en su Crítica de la razón pura (1781), intentó sintetizar ambas posiciones argumentando que, aunque todo conocimiento comienza con la experiencia, no todo deriva de ella. Kant distinguió entre conocimiento a priori (independiente de la experiencia) y a posteriori (dependiente de la experiencia), y entre juicios analíticos (donde el predicado está contenido en el sujeto) y sintéticos (donde el predicado añade información nueva). Su propuesta de "juicios sintéticos a priori" revolucionó la epistemología al sugerir que podemos tener conocimiento sustantivo independiente de la experiencia particular. Llegaremos a Kant porque se pone divertido el conocimiento… aún no.

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Respecto a la estructura de la justificación epistémica, dos teorías compiten por explicar cómo nuestras creencias están justificadas. El fundacionalismo, defendido por pensadores como Descartes y en el siglo XX, Roderick Chisholm en Theory of Knowledge (1966, https://shorturl.at/9hsHk), sostiene que existe un conjunto de creencias básicas o fundacionales que están justificadas de manera no inferencial y que sirven de base para justificar todas las demás creencias mediante cadenas de razonamiento. El coherentismo, propuesto por filósofos como Laurence BonJour (con tintes de Bertrand Russell) en The Structure of Empirical Knowledge (1985), rechaza la idea de creencias básicas privilegiadas y argumenta que la justificación emerge de las relaciones de coherencia mutua entre el conjunto total de creencias de una persona. Una creencia está justificada si encaja coherentemente con el sistema general de creencias del sujeto.

Crédito: alchetron.com
Crédito: alchetron.com

La epistemología permanece vital en el siglo XXI y se vuelve cada vez más desafiante, comprender los fundamentos del conocimiento humano resulta esencial. Las preguntas que plantea la epistemología sobre justificación, evidencia y verdad no son meramente académicas, sino que tienen implicaciones prácticas profundas para la educación, la ciencia, el derecho y la vida democrática. La teoría del conocimiento no solo nos ayuda a entender qué sabemos, sino también cómo deberíamos formar nuestras creencias de manera responsable.

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