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The New Yorker es una revista y, además, uno de los pilares más sólidos de la cultura norteamericana; tanto de la popular como de la alta. Lo mismo aparece en Family Guy o en Seinfeld, que coloca temas en la agenda pública. Sus páginas reúnen artículos que rondan las 11,000 palabras; textos largos ceñidos a un estricto e implacable –anticuado para algunos– manual de estilo, que indica usar aquella vieja diéresis del inglés con la que se separaban silábicamente dos vocales, como en naïve o coöperate. Acusada de elitista, es la aspiración de muchos escritores febriles quienes, al empezar sus pininos, sueñan con ver su nombre en ese delgado papel, al lado de las viñetas que descansan la lectura.
El año pasado, The New Yorker cumplió un siglo. Fundada por Harold Ross en febrero de 1925, nació con la intención de burlarse de la pompa y amaneramiento de la clase alta neoyorquina. Eustace Tilley –su emblemática insignia– marcó la pauta satírica: un pedante observador con sombrero de copa y monóculo. Ross disfrutaba la conversación inteligente con sus amigos, en medio del humo de los cigarros y la clandestinidad del alcohol. La revista era una extensión de esas reuniones. Así, en ella reunió a escritores preponderantemente humorísticos y brillantes.

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Luego de la segunda guerra mundial, un reportaje de John Hersey sobre el bombardeo de Hiroshima –al que Ross dedicó la edición completa del 31 de agosto de 1946– le otorgó un nuevo carácter a la revista. En ella cabía el humor; pero también la crudeza de la verdad. El relato se tornó libro dos meses más tarde y marcó el inicio del llamado nuevo periodismo, del que forma parte A sangre fría, publicada 20 años después y, un año antes, también en The New Yorker, en cuatro entregas. Así paso con otros tantos escritores cuyos libros germinaron en la revista.
Sin la disciplina ni celo por la palabra de sus editores, quizá no tendríamos a David Foster Wallace ni a John Updike ni a Philp Roth; mismas virtudes editoriales que propiciaron el extenso reportaje de Hannah Arendt sobre el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén.
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Revistas como The New Yorker se suman a una conversación perenne. Una conversación que depende de la memoria y que nos hace humanos. El minucioso cuidado de las palabras –al grado de discutir en las juntas editoriales si una coma va o no ahí–, la devoción por contar relatos –de ficción o realidad– y la complicidad con el lector son la impronta repetida en los textos que atesoramos.
La conversación que somos no es imposible; aun con los muertos. Conversamos con ellos porque tenemos memoria. Compartimos su relato y sus registros. Una biblioteca no es un cementerio, sino una tertulia. Dialogamos con el pasado porque somos palabras. Por eso, nos debemos a ellas.
Esta conversación que somos tampoco es urgente, sino esencial y debe cuidarse. Cuidamos la gramática y la ortografía porque la palabra pide cadencia y esmero. Quien dialoga, pone su empeño en que el interlocutor comprenda lo que dice.
En la pluralidad humana, la conversación descubre a los otros y, al hacerlo, cada uno se descubre a sí mismo. Además, el diálogo ensancha la mirada sobre la realidad. Dialogamos para comprendernos y para saber dónde estamos y quiénes somos. De ahí que pocos asuntos sean tan delicados y arduos como la palabra. La conversación suscita descubrimientos y propicia hallazgos fundamentales. Sin embargo, se ha propagado la creencia en que la conversación es fácil, indolora y placentera.
Sin embargo, los nuevos artificios enmascaran la palabra con prisa y rigidez. La inteligencia artificial no desagrada en sus respuestas, siempre indoloras, libres de ese regusto a amargura propio del disenso. El diálogo suscita alegatos y conflictos. En el contorno de sus ritmos –distintos a los de las pulsiones del algoritmo–, la discrepancia le da vida, abre nuevas ventanas temáticas, descubre problemas hasta entonces invisibles. Anima.
Un libro no es un reglamento, sino un interlocutor. Hay tantos libros como lectores. La lectura es un acto vivo. Al leerlo, no se espera una conclusión petrificada. Al leerlo, conversamos con el autor y con sus circunstancias. Sin embargo, hay quien espera del libro una fórmula para después aplicarla, un dogma en el cual basar su existencia.
Esa actitud se parece a la de Trasímaco en la conversación imaginada por Platón en torno a la justicia. Ese encuentro ficticio con Sócrates ocurre en casa de Céfalo, en el Pireo. A cada respuesta a Sócrates, Glaucón recibe una nueva pregunta a modo de objeción. Trasímaco es testigo y muere de ganas de decir algo; harto, irrumpe para zanjar el asunto: «¡Oh Hércules, he ahí la acostumbrada ironía de Sócrates! ¡Ya lo sabía yo y lo había anticipado: que no querrías dar solución, que te harías el que no sabe y que harías todo lo posible para evitar responder a nuestras preguntas!».
En la indolora sociedad digital siguen produciéndose libros; pero no estoy seguro de que se sigan escribiendo. Muchas de las páginas que hoy se leen han sido maquiladas por la inteligencia artificial. Es ahí donde la labor del editor se hace indispensable. El editor es un vigía y un custodio de la palabra y es, ante todo, el principal lector. Pero, además, es quien vela por el espíritu que anima al texto. Creer en que la palabra es un simple instrumento es arrebatarle su vitalidad. Al hacerlo, nosotros morimos también.
Hay en Netflix un documental sobre los cien años de The New Yorker. Hacia el final, escuchamos a Julianne Moore –la narradora de la historia– contar que uno de los primeros escritores quería renunciar a la revista. «Esto es un movimiento –respondió Harold Ross–, y no se puede renunciar a un movimiento». David Remnick –el editor actual– confirma lo dicho por el fundador: «No es sólo una revista semanal. Tiene alma. Tiene propósito, decencia y calidad». Lo que se hace con palabras, debe ser así.
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