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En Nietzsche, la vida como literatura (1985) un libro quizá ya pasado de moda, Alexander Nehamas sostiene que nada tiene de calumniosa la acusación de que Friedrich Nietzsche borró las fronteras entre la filosofía y la literatura porque si el Eterno Retorno es una metáfora, el mundo ha de ser interpretado como un texto. A esa interpretación se fiaron algunos de los postestructuralistas y la Deconstrucción, sobre todo Jacques Derrida, imponiendo un relativismo cuyas consecuencias culturales y políticas algunos no hemos dejado de lamentar, reconociéndole su veraz origen nietzscheano.
La aseveración de Nehamas (1946), discípulo griego de Walter Kaufmann, significó, para la academia nietzscheana indispuesta a expulsar a su filósofo al descampado de los poetas, la rendición de una plaza y en su día causó escándalo, aunque debe citarse la caución con la que el autor de Nietzsche, la vida como literatura, se protegió: “Si la noción de que todo es interpretación es en sí misma una interpretación, y en consecuencia muy posiblemente falsa, cabe deducir que, al cabo, no todo es interpretación. La segunda es que esta estrategia se anula en un sentido menos formal. Repetir incesantemente que ‘esto es sólo mi interpretación’, como única concesión a esta orientación antidogmática, no tardaría en hurtarle a la frase toda credibilidad”.
Me declaro incompetente para valorar el relativismo de Nietzsche, con fama de paradójico como todo en él, pero sí puedo dejar en estas notas algunas precisiones sobre qué entendía quien fue un grandísimo escritor, filosófico o no tanto, por la literatura europea de su tiempo en general y sobre el romanticismo en particular, sin meterme en la discusión de si el aforismo nietzscheano es algo más que una herencia de los moralistas del Gran Siglo, o sí Así habló Zaratustra (1883) es, literariamente hablando un elefante en cristalería y a la vez, obra influyentísima. Es, para mal, “un clásico alemán” parodiando al propio Nietzsche, tanto como los libretos de Richard Wagner, ilegibles sin la música que gloriosamente patrocinan.
Nietzsche estableció claramente su filiación como moralista, sucesor de La Bruyère y La Rochefoucauld, y encontró en el entonces poco conocido Henri Beyle, alías Stendhal, a su par: el último “gran psicólogo de Francia” de una altura que el autor de El anticristo(1895) halló napoleónica: “esa luz en que Europa estaba bañada cuando, con Rousseau soñó y bailó alrededor del árbol de la libertad y, por fin, casi adoró a Napoleón” como leemos en Más allá del bien y del mal (1886). Sin Napoleón Bonaparte, el romanticismo no habría pasado de ser un sentimentalismo doméstico.
Aquí, asoma, me parece, la hebra que permite destejer un poco el telar nietzscheano. Mejor que ninguno de sus contemporáneos, Nietzsche entendió que el romanticismo, en su sentido más amplio, era el espíritu de su época y en ella incluyó a su amado y odiado Wagner, lo mismo que a Honoré de Balzac y al mismísimo Charles Baudelaire, “el primer partidario inteligente de Wagner”, como dice en el póstumo Ecce homo, entendiendo que la Decadencia no podía ser sino romántica y no necesariamente de consecuencias funestas, como subraya Nehamas en Nietzsche, la vida como literatura.
Pero como muchos entre quienes comprendieron el romanticismo, Nietzsche no pudo sino oponer –curándose en salud– la superioridad olímpica de J.W. Goethe, a su vez avergonzado de los románticos, en cierta medida, sus hijos bastardos, escritores alemanes que el filósofo conoció mal: le fastidiaba que Goethe apareciera aparejado con Friedrich Schiller (romántico dudoso) y apenas pudo bendecir a Novalis y al “pobre” Friedrich Hölderlin. Contra la opinión historicista de los ingleses y de los propios alemanes, el romanticismo, para Nietzsche, sólo podía ser francés porque era la síntesis ideal entre el Norte y el Sur.
Décadas después, E.R. Curtius precisó la explicación: gracias a Enrique IV y a su Edicto de Nantes de 1598 (pese a sus posteriores revocaciones), las guerras de religión en Francia terminaron con un empate donde un rey protestante se convierte por conveniencia al catolicismo. Francia será la hija predilecta de la Iglesia Católica y a la vez, el poderoso reino que concedió la libertad de conciencia a sus protestantes, los hugonotes. Por ello, sólo un francés, presumía André Gide, puede hartarse del ultracatólico Léon Bloy y purgarse de inmediato con el ateísmo del liviano Diderot.
Esa afirmación de Nietzsche por la universalidad francesa y contra el patriotismo alemán, le permitió asumir que el romanticismo, siendo vastísimo y enérgicamente popular, podía producir engendros tan monstruosos como Wagner y una populosa escuela de decadentes. Ese antirromanticismo fue tomado al pie de la letra en 1900 por los nuevos neoclásicos: un Charles Maurras etiquetó peyorativamente a todo el romanticismo residual como “femenino” juicio compartido, en la izquierda, por Gide y Julien Benda, enemigos de la Francia bizantina, adversaria, para decirlo vulgarmente, del supuesto cartesianismo gálico.
Así, el mérito de Nietzsche, la vida como literatura, de Nehamas, más allá de su valor filosófico, es agregar, entre las prendas de Nietzsche, la de haber sido el gran crítico cultural del romanticismo, de su propia y remota familia, que empezaba en Balzac y terminaba en Fedor Dostoievsky. El 23 de febrero de 1887, desde Basilea, Nietzsche le escribirá a Franz Overbeck: “De Dostoievsky, hasta hace pocas semanas no conocía ni siquiera el nombre –¡yo, hombre inculto que no lee ningún Journal. Un movimiento casual en una librería puso ante mis ojos Memorias del subsuelo, que acababa de ser traducida al francés (¡del mismo modo totalmente casual me encontré a los 21 años con Schopenhauer y a los 35 con Stendhal!). El instinto de familiaridad (¿o cómo podría llamarlo?) habló de inmediato, mi alegría fue extraordinaria”.
A partir de este punto, Nehamas va demasiado lejos y afirma que la verdadera novela del Eterno Retorno ya no llegará a las manos de Nietzsche: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, lo cual es hacer crítica–ficción. Dejémoslo en que la única manera de “Cómo se llega a ser lo que se es”, que es el subtítulo de Ecce homo, el Yo según Nietzsche, se explica a través de la literatura y el filósofo, en su escritura, propone una enérgica interpretación de sí mismo.
El filósofo no fue ajeno al problema y cuando en Humano, demasiado humano (1878), elogia a Don Quijote contra Ulises, entiende que “todo el que haya alcanzado cierta libertad intelectual, aunque sea en pequeño grado, no puede sino sentirse como un vagabundo sobre la faz de la tierra –y no como el viajero en ruta hacia un destino final; porque eso no existe”.
Concede Alexander Nehamas que a no pocos lectores de Nietzsche les ha perturbado, como autorreferencial, el dogma de que no existen hechos sino sólo interpretaciones, pero si caracterizamos lo que en Nietzsche, la vida como literatura (hubo, a principios de siglo, edición del FCE) se conceptúa como “perspectivismo”, concluyamos: si es verdad que cada visión es una interpretación, existe la posibilidad de que ello sea falso y así, no toda visión del mundo será otra interpretación y el romanticismo estará más allá del bien y del mal.