«¡Para ser libre hay que ser

orgulloso, poseer voluntad, obstinación, odio y siempre odio!».

Adolf Hitler

El regalo

Una mañana de enero de 1924, luego de un opíparo desayuno, Helene Bechstein anunció a su marido, el fabricante de la famosa marca de pianos alemanes que llevaba su apellido, Edwin Bechstein, que saldría a visitar al “pequeño lobo” (mein Wölfchen, le llamaba), un amigo de ambos que pasaba por un mala racha; tan mala, en realidad, que había ido a parar a la prisión de Landsberg am Lech, a poco más de 60 kilómetros de Berlín.

Para los Bechstein todo esto no era más que una trampa, un malentendido de la justicia o un acto de mala fe de algunos jueces tan corrompidos como toda la República de Weimar, que dejaba libres a los más revoltosos comunistas y judíos, y se ensañaba con los buenos alemanes que habían decidido actuar para salvar a la patria. Todo esto se lo fue repitiendo a su chofer para justificar que una señora de su posición social se rebajara visitando una prisión.

Antes, le preguntó si había ya envuelto correctamente el regalo que llevarían, una verdadera sorpresa. Al llegar, le pidió igualmente al chofer que lo cargara hasta donde le indicaran los guardias de la penitenciaría, porque era bastante pesado para ella. Hechos los pequeños trámites correspondientes (muy simples, en verdad, para ser una prisión), desde luego se le permitió a la señora Bechstein pasar y entregar en persona tan enigmático obsequio.

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El recluso que visitaba tenía 34 años y distaba de ser el hombrecillo que sus malquerientes creían ver en él (de hecho, rebasaba el metro con 70); para ese momento ya tenía como rasgo distintivo su pequeño bigote en forma de cepillo, un look moderno para la época. Cuando se exaltaba, cosa que podía ocurrir fácilmente, la mirada de sus ojos azules se tornaba vitriólica y actuaba como un verdadero poseso. De hecho, al abrir el regalo se sobreexitó y no pudo evitar pegar un grito de alegría: el regalo era una máquina de escribir marca Remington, el sueño de cualquier escritor por ese entonces.

Adolf Hitler observa un desfile que celebra la reintegración de la región del Saar a Alemania, marzo de 1935.  Crédito: United States Holocaust Memorial Museum
Adolf Hitler observa un desfile que celebra la reintegración de la región del Saar a Alemania, marzo de 1935. Crédito: United States Holocaust Memorial Museum

Conmovido, abrazó a la visitante y le dijo que era un gesto que nunca olvidaría. En realidad, desde hacía dos años (cuando le fue fue presentada por Dietrich Eckart) tenía ya bastantes cosas inolvidables que agradecerle a la señora Bechstein. Convertida en sponsor del partido nazi, ella también le había regalado un Mercedez para que se transportara como alguien de su “importancia”, y fue ella misma la que se preocupó por enseñarle al “pequeño lobo” cómo sentarse a la mesa y tomar los cubiertos, o, cosa más importante aún, cómo vestir y conducirse ante los magnates que intentaba seducir para su causa.

Al despedirse, luego de incontables agradecimientos y frases salameras del prisionero, la señora Bechstein le dijo en tono maternal: “No tiene tiempo que perder, toda Alemania espera las palabras de quien será su próximo Führer. Espero ver su libro muy pronto”.

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De lumpen a Führer

Adolf Hitler, como se llamaba el reo de la celda número siete, había llegado a Landsberg con algunos de sus más cercanos y fanáticos colaboradores del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP por sus siglas originales), con quienes semanas antes intentó hacerse del poder violentamente. Aun en medio del trauma por la derrota que acababa de sufrir en las calles, esta pandilla de golpistas creía estar acompañando al mesías que salvaría a Alemanía de la decadencia.

Llegaron con toda clase de privilegios, como si Landsberg fuera un club de verano y ellos tuvieran las membresías más exclusivas. Por el asesinato de cuatro policías, Hitler podría haber sido condenado a muerte en otras circunstancias, sin embargo, el tribunal de Múnich, presidido por el juez Georg Neithardt, afín al ideario nazi, lo acusó sólo de una parte de los delitos cometidos durante el golpe.

Neithardt dictó una sentencia mínima de cinco años porque, según él, los acusados habían actuado “con un ánimo puramente patriótico y por los motivos más nobles y desinteresados”. Así que nada de trabajos forzados ni de maltratos; en su celda sólo hay comodidades y una magnífica vista. El director de la prisión, un tal Leybold parece haberlo estado esperando para ponerse a sus órdenes; es otro más de los que han quedado bajo su hechizo y pondrá todo su empeño en que tenga una estadía grata el poco tiempo (menos de un año) que estará en Landsberg.

Pasados unos cuantos días sombríos y de depresión, su rutina carcelaria se divide entre atender las numerosas visitas que recibe de sus seguidores, atender una voluminosa correspondencia, reunirse con sus correligionarios en prisión (entre ellos Rudolf Hess, Gregor Strasser y Emil Maurice, su chofer), así como la realización de un nuevo proyecto que absorbe la mayor parte de su tiempo: un libro acerca de él y de su visión sobre los problemas de Alemania tras su derrota en la Gran Guerra.

Luego de ser en su juventud un lumpen delirante que vivía en albergues y de sufrir el traumático rechazo académico de sus aspiraciones como artista, la condición de “autor” viene a resarcirle de muchas frustraciones. Sin duda, el mundo se ha equivocado con él; eso es lo que piensan (sin conocer todos los antecedentes, ocultos siempre) sus más distinguidas admiradoras, entre las que se halla la nuera de Wagner (Winifred), Elsa Bruckmann o la propia Helene Bechstein.

A partir del obsequio de esta última, su celda se convierte en toda una oficina. Antoine Vitkine, proyecta la escena con claridad: “Durante horas, de día y de noche, mecanografía personalmente su texto, o bien se lo dicta a Rudolf Hess o a Emil Maurice. Una tenaz leyenda quiere que la colaboración con Hess se extienda más allá y que este sea coautor del libro. Como todas las leyendas que minimizan el papel de Hitler y hacen de él un peón, parece definitivamente falsa: él habla, su segundo escribe. Sólo hay un Führer”. («Mein Kampf». Historia de un libro, Anagrama, 2011).

Una cultura de oídas

Es claro que Hitler no tenía una formación intelectual sólida, pero distaba mucho de ser el personaje de pocas luces que –creemos prejuiciosamente– se correspondería más con el bárbaro criminal que considera legítimo el genocidio en aras de la “pureza racial”. Michael Burleigh lo retrata de forma implacable, pero tal vez menospreciando sus posibilidades:

«Hitler era un autodidacta perezoso y diletante más que un pensador sistemático, así que uno no debería esforzarse en intentar descubrir coherencia o solidez en sus ideas […] En realidad hay algo un poco ridículo en la gran cantidad de investigación dedicada en las seis últimas décadas a este personaje, muy poco fascinante, un inmenso espacio blanco por detrás de las posiciones apasionadas. Como dijo memorablemente, Karl Krauss: “Hitler no aportó nada a mi mente”». (Causas sagradas. Religión y política en Europa, 2007).

Algo parecido nos informa Sebastián Haffner:

“Hitler nunca recibió una formación en toda regla; sólo cursó unos cuantos años de escuela secundaria, y obtuvo siempre malas notas. En sus años errantes leyó profusamente pero –según él mismo confesó– sólo retenía de sus lecturas lo que al fin y al cabo ya creía saber [...] Por lo demás, siguió siendo durante toda su vida el típico hombre semiculto, una de esas personas que siempre lo saben todo y reparten medias verdades y pseudoconocimientos, sobre todo ante un público absolutamente ignorante y por eso mismo fácil de impresionar. Las conversaciones de sobremesa en el cuartel general del Führer constituyen testimonios ilustrativos de su bochornosa incultura” (Anotaciones sobre Hitler, Galaxia Gutenberg, 2002).

Todas las fuentes serias lo describen como un lector voraz; sin embargo, es desordenado, disperso y no alcanza a comprender la vida social y económica sino a través de grandes esquemas, muchos de los cuales le serán transmitidos o apenas comentados por la multitud de personajes que conoce en los cafés y cervecerías que frecuentaba.

Podría ser un chiste, pero no lo es: él, que durante la Gran Guerra no llegó a ser más que cabo (condecorado dos veces con la Cruz de Hierro, eso sí) y que al finalizar el conflicto armado es empleado como espía, chivato u oreja de los servicios militares de inteligencia, tuvo en buena medida una formación intelectual de oídas. Al servir como infiltrado en diversos grupos extremistas de izquierda y derecha, terminó integrándose a una organización a la que se le había ordenado espiar, el Partido Obrero (antecedente del Nacional Socialista), donde de inmediato se identificó con las ideas de sus dirigentes, Anton Drexler y Dietrich Eckart. Este último se convertiría muy pronto en su maestro y protector.

Joachim Fest cita una carta escrita a comienzos de los años treinta, en la que

Hitler resume con dramatismo, mucho resentimiento y delirio de grandeza su paso por la “escuela de la vida”:

«Yo no era el hijo de unos padres acomodados; no he sido educado en

universidades, sino en la mucho más dura escuela de la vida, sufriendo miseria y la pobreza. El mundo, tan superficial, no pregunta jamás lo que uno ha aprendido…sino, desgraciada y corrientemente, lo que uno puede atestiguar mediante certificados. El que yo haya aprendido más que decenas de miles de nuestros intelectuales no se tuvo jamás en cuenta; por el contrario, solo advirtieron que me faltaban títulos». (Hitler: una biografia, Planeta, 2005).

Un escritor millonario

Al salir de la prisión, en diciembre de 1924, Hitler se plantea la urgente edición de Cuatro años y medio de lucha contra la mentira, la estupidez y la cobardía, como era el título original de su obra, que terminaría intitulándose, por recomendación de su editor, Max Amann, simplemente Mi lucha. La primera edición, bajo el sello Eher Verlag, la editorial del Partido nazi, es de junio de 1925 y tuvo una tirada de 10 mil ejemplares que se vendieron bastante bien.

En diciembre de 1926 aparece el segundo tomo, pero ya en ese momento la obra no estaba teniendo buenos números. Fue el estallido de la crisis de 1929 el que hizo que el libro se relanzara exitosamente en los años 30, hasta llegar a vender más de 800 mil ejemplares en 1933, el año en que Hitler llega al poder. Ya para ese entonces la venta del libro, junto con otros negocios editoriales de los que participa, lo han hecho millonario. Es así que desde su posición como canciller se puede dar el lujo de montar la farsa de que renuncia a su sueldo, pero en realidad es retribuido ampliamente por el presupuesto de los ayuntamientos, los cuales compran miles de ejemplares que se obsequian, entre otros, a los recién casados.

En su Historia social del Tercer Reich (Ariel, 2007) Richard Grunberger escribe: “El libro más vendido –y el más difundido– de la época, fue Mein Kampf, en el que aparecían, según Lion Feuchtwanger, 164 mil faltas de gramática y sintaxis. En 1940, con 6 millones de ejemplares vendidos, encabezaba en solitario la lista de best sellers alemanes a una distancia de unos 5 millones de ejemplares de Rainer Maria Rilque y otros autores”.

Ahora bien, a pesar de ser artificial su “buena” acogida, en más de un sentido el éxito de la obra fue un reflejo del embrujo que Hitler ejerció sobre los ciudadanos de a pie y, de forma increíble, en buena parte de los empresarios, artistas e intelectuales alemanes, frente a quienes consiguió ocultar las peores y más peligrosas aristas de su desprecio por la razón.

Para Víctor Klemperer, quien estudió a fondo todas las manipulaciones del lenguaje que practicaron los nazis, “el mayor misterio del Tercer Reich” era cómo Hitler había llegado al poder con este libro ya en circulación; es decir, cómo habiendo dado a conocer sus intenciones y visión de la sociedad alemana su partido se había podido presentar en una boleta electoral.

La lengua sí importa

«Mi lucha –escribe Wolfgang Martynkewics– era una mezcla de biografía, escrito confesional y manifiesto político, detrás del cual estaban los anhelos de la burguesía que se venían prefigurando desde finales del siglo XIX. Indicaba una renovación, un punto de inflexión: finalmente, las esperanzas mesiánicas de salvación y el reclamo de liderazgo carismático parecían haber sido escuchados (…) Sobretodo estaba detrás de la obra, el temor a la mezcla, a la pérdida de la legitimidad y la pureza auténtica, un miedo que se parafraseaba con el término “raza”». (Salón Deutschland. Intelectuales, poder y nazismo en Alemania (1900-1945), Edhasa, 2013).

Aunque no la produjo directamente, este libro convocó a una guerra que dejó al menos 50 millones de muertos. Estaríamos exagerando el papel de Mi lucha si le atribuyéramos toda la responsabilidad en el fanatismo, credulidad y entrega del pueblo alemán a un poyecto criminal de estas proporciones, pero evidentemente tiene una importancia central en el curso de estos acontecimientos.

Ahora bien, si examinamos el ambiente cultural en la asediada República de Weimar (que va de 1918 a 1933), hay que reconocer que antes antes de Mi lucha otros autores ya habían adelantado bastante en sus ideas medulares y tarde o temprano sus obras habrían terminado por ser, si no “la biblia” de los nazis, sí algo bastante cercano. Porque es un hecho que el antesemitismo rabioso, el nacionalismo desbordado, el desprecio por la democracia y la leyenda de “la puñalada por la espalda” por la que Alemania supuestamente había sido derrotada en la Primera Guerra Mundial, ya habían sido alimentados por diversas obras y personajes que, efectivamente, Hitler leyó y asimiló (los textos de fanáticos antisemitas como Alfred Rosenberg o Chamberlain, para no ir más lejos).

La muy discutible originalidad de Mi lucha es, ante todo, simbólica. Fue un libro que, más que ser leído, fue portado, exhibido como uno más de los distintivos nazis. Lo demás lo hizo la desquiciada e hipnótica oratoria del autor, capaz de hechizar a las multitudes. Por supuesto, en el libro están todas las ideas que le habían dado forma al movimiento nazi, todo el resentimiento antijudío, la necesidad de detener “la decadencia” en que estaba sumida Alemania…en fin, todo eso sobre lo que el autor ya antes había perorado exitosamente en montones de cervecerías y circos.

En lo dicho y lo escrito por Hitler, está presente eso que George Steiner refiere como “el odio y el oscurantismo” inoculados en la cultura alemana desde la última parte del siglo XIX. De ahí que la lengua en que está pensada y escrita Mi lucha no sea un asunto menor. Steiner lo tiene claro: “el idioma alemán, no fue inocente de los horrores del nazismo. No es simplemente que Hitler, Goebbels y Himmler, hablaran en alemán. El nazismo vino a encontrar en el idioma exactamente lo que necesitaba para articular su salvajismo. Hitler escuchaba en su idioma vernáculo la histeria latente, la confusión y el trance hipnótico. Oía en el alemán una música distinta a la de Goethe, Heine, Mann; una cadencia áspera, una jerga mitad niebla y mitad obscenidad. Y en vez de alejarse con náusea incrédula, el pueblo alemán prestó un eco masivo a los premios de aquel hombre. Bramó a su vez con un millón de gargantas y de botas caladas”. (George Steiner, “El milagro vacío”, en Lecturas, obsesiones y otros ensayos, Alianza Editorial, 1990).

La “gramática de la estupidez”

Mi lucha es, para decirlo en palabras de Peter Sloterdijk, “la gramática de la estupidez”. Es un panfleto mal escrito,con galimatías y desaseo ortográfico incluidos; dramático y cursi (el tipejo que se sobrepone a un mundo que lo rechaza); megalomaniaco: la raza aria, guiada por él, alcanzará la gloria; repleto de mentiras y mitologemas antisemitas que dan crédito a libelos como Los protocolos de los sabios de Sión; pero también es el texto de un merolico endemoniado y furibundo que supo explotar toda la ira, descontento, rencor y frustración de una sociedad sumida en la inflación, el desempleo y la crisis.

La clave de esta obra es su charlatanería. “En un mundo tan inseguroescribe Peter Sloterdijk– el estafador se convirtió en el tipo epocal par excellence”. El filósofo profundiza en su comentario al señalar que “fue Thomas Mann –cuyo Félix Krull, una historia sublimada de estafadores, había aparecido en su primera versión, con una precisión olfativa, en el año 1922– quien también percibió la dimensión político-simbólica del fenómeno del estafador (…) Su visión se extendió ahora al campo político y puso al descubierto a los modernos demagogos, hipnotizadores y conjuradores de masas como hermanos mellizos del actor y del artista”. (Crítica de la razón cínica, Siruela, 2003).

Fuera de la descripción puntual de algunos planes y del desarrollo “teórico” de algunos temas que lo obsesionaban (como la propaganda), esencialmente no hay nada en este libro, como dije arriba, que Hitler no haya dicho antes en bares, auditorios y circos en los que se cobraba la entrada para presenciar eso que Thomas Mann definió con exactitud: “…una elocuencia indescriptiblemente ramplona, pero de virulencia masiva; la herramienta histérica y teatral con que hurga en las heridas del pueblo, conmoviéndolo con la proclamación de su grandeza agraviada, anestesiándolo con promesas y transformando sus dolencias anímicas en vehículo de esplendor, de ascenso a cumbres de ensueño, a un poder ilimitado, a satisfacciones y más que satisfacciones colosales...” (Hermano Hitler, Herder, 2011).

Como mercachifle de la más rabiosa politiquería, en Hitler –cito de nuevo a Mann– todo es “espíritu folclórico mezclado con una patología perversa. Todo es wagneriano en fase de caricaturización; hace ya tiempo que se sabe, y se conoce la devoción –si bien justificada, en cierto modo inadmisible– del milagrero político por el taumaturgo artístico de Europa, a quien todavía Gottfried Keller llamaba “peluquero y charlatán”.

Hitler fue como un curandero ante una sociedad frustrada y herida. Su panfleto de presentación fue Mi lucha, pero luego de escuchar al medicastro no hacía falta leerlo, si acaso tener cerca el texto como testimonio de adhesión o de fe. La cura que ofreció –entre maldiciones, esquemas elementales y promesas facilonas– acabó con la República de Weimar y las libertades e instituciones democráticas que esta cobijaba. Aprendidas las lecciones de su fallido golpe de Estado de 1923, esta vez lo hizo poco a poco; en primer lugar participando de lo que sus homólogos comunistas llamaban con desprecio “democracia burguesa”, para desde ahí dinamitar hasta sus cimientos el sistema de partidos y la vida parlamentaria.

Lecciones de un estafador

Entre la aparición del siniestro opúsculo (1925) y su nombramiento como canciller (1933), median ocho años en los cuales demostró la efectividad de una fórmula que, según Sloterdijk, “parte de que las cosas tienen que ser simplificadas. Por eso la receta de Hitler reza como sigue: “primero, simplificar y después repetir hasta la saciedad”.

Habiéndolo leído o no en Mi lucha, esta fórmula exaltada les ha resultado muy útil a diversos tiranos y populistas autoritarios no sólo del siglo XX, sino de lo que va del XXI. Siendo un libro que enseña a mentir reiteradamente hasta que la mentira llega a ocupar el espacio que le corresponde a la verdad; a prometer hasta el ridículo soluciones radicales a los problemas; a identificar un “enemigo” al cual responsabilizar de todos los males que aquejan a una nación; a utilizar el rencor social para dividir en beneficio de las prioridades estratégicas del líder; a utilizar todos los medios de comunicación para presentar la propaganda como información; con todas estas lecciones, digo, no podemos menos que reconocer la enorme influencia que ha tenido sobre muchos dictadores y políticos autoritarios.

Vivimos, como lo ha apuntado Ullrich Volker, “un momento Weimar”: en todas las latitudes la democracia experimenta un franco retroceso o un constante asedio que a más de uno lo ha hecho pensar en el periodo de entreguerras. En las zonas de mayor peligro el odio y la furia de Mi lucha parecen volver a flotar en el ambiente, más allá de Europa y bajo diversos ropajes, ya de izquierda, ya de derecha, pero siempre bajo el mismo tinte autoritario.

“El fracaso de la República de Weimar es una lección vigente sobre el grado de fragilidad de la democracia y la rapidez con la que puede malograrse la libertad, cuando las instituciones democráticas fallan y las fuerzas de la sociedad civil son demasiado débiles para poner coto a los detractores de la democracia”. (Ullrich Volker, El fracaso de la República de Weimar. Las horas fatídicas de una democracia, Taurus, 2025).

No hubo un libro que atacara con más rabia a la democracia y a la República de Weimar que Mi lucha. Sus improbables lectores de entonces, sin embargo, difícilmente acompañaron a Hitler gracias a sus páginas; en realidad, los alemanes entregaron su voluntad y renunciaron a su capacidad de pensar críticamente –como había previsto Hitler, precisamente en su libro– a partir de “la magia de la palabra hablada. La gran masa cede ante todo al poder de la oratoria. Todos los grandes Movimientos son reacciones populares, son erupciones volcánicas de pasiones humanas y emociones afectivas aleccionadas, ora por la Diosa cruel de la Miseria, ora por la antorcha de la palabra lanzada en el seno de las masas, pero jamás por el almíbar de literatos esteticistas y héroes de salón”. (Mi lucha, ).

A 100 años de distancia, Mi lucha permanece como testimonio esencial de la retórica que Hitler utilizó para el encantamiento maléfico de las masas y el enmudecimiento de las élites que dócil y confiadamente le permitieron llegar al poder, impulsar el genocido del pueblo judío y llevar a Alemania, Europa y buena parte del mundo a una conflagración de proporciones apocalípticas.

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