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“El certamen Miss Universo se ha convertido en las Naciones Unidas del glamour y esta obra refleja el aspecto global y la influencia del más codiciado de todos los certámenes de belleza”, señala el prólogo a Belleza Universal, la guía de belleza de Miss Universo (Nelson, 2006) libro que compila testimonios de veinte ganadoras del certamen. Dicho prólogo fue redactado por el entonces dueño del concurso: Donald J. Trump. Allí, el empresario no vacila en afirmar que “las mujeres hermosas son uno de los placeres de la vida, tal vez el mayor de ellos, por lo menos en lo que a mí respecta”.
Este año, muchos han visto como novedad el hecho de que la concursante mexicana “alzó la voz” durante un desencuentro con uno de los organizadores del certamen. Pero hace cincuenta años Carlos Monsiváis señalaba que ya entonces era frecuente que las concursantes se dijeran cómplices de las luchas feministas. En una ácida crónica de la final del certamen Señorita México 1975, incluida en Amor perdido (Era, 1977) Monsiváis cuenta que “desde hace varios años los movimientos de liberación femenina han repudiado los concursos de Miss Universo y las activistas han rodeado los locales con pancartas desmitificadoras y gritos de Cows! Cows! Y para proteger a las así designadas como ‘vacas’ ha intervenido la policía dispersando y hostigando, y las protestas han obligado a una tímida retórica ‘feminista’ en algunas concursantes”. El cronista transcribe preguntas y respuestas de las participantes:
—¿En que consiste la liberación femenina?
—Es una fuerza para que las mujeres se sientan mejor.
—¿Qué opina del Año Internacional de la Mujer?
—Creo que la mujer debe superarse.
“La Superación es el mito hegemónico, una superación sin asideros ni realidades, deliciosa y angelical”, concluye Monsiváis. El empoderamiento es, desde hace medio siglo, parte del guion.
Un año más tarde, Vicente Leñero hace una crónica del certamen. Otro texto cargado de sarcasmo: “La noche de las bellezas frías” (incluido en Periodismo de emergencia). No obstante, fue en 1978 —cuando México fue sede de Miss Universo—, que el gremio literario fue más crítico frente a los concursos de belleza. En Sudáfrica el apartheid estaba en su apogeo, y aunque ese país estaba vetado de competencias internacionales, corría el rumor de que se presentaría a concursar.
Si bien los certámenes se promovían como “apolíticos”, los cánones de belleza no eran ajenos a la segregación promovida desde el Estado. Tanto así que, a inicios de los setenta, en Sudáfrica se organizaban dos certámenes: uno exclusivo para chicas blancas y otro para muchachas de color. En una absurda ficción, ese país llegó a enviar dos participantes al mismo certamen: la blanca portaba una banda que decía miss Sudáfrica, mientras la muchacha de color portaba la banda de un país inexistente: África del sur. Al final, aduciendo que había celebrado una eliminatoria mixta, Sudáfrica no sólo logró concursar en México, sino que su representante fue la triunfadora. Una rubia de ojos claros y 1.78 de estatura. Cuando un periodista le preguntó si estaría de acuerdo con que un gobernante de color asumiera el poder en Sudáfrica, la chica declaró: “hacerlo favorecería el caos. Me parece que tiene usted información equivocada respecto a Sudáfrica. Las cosas allá están bien como están”.
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Cuarenta y siete años más tarde, tampoco la polémica racial ha sido superada: tras la final de 2025, Raúl Rocha Cantú, empresario mexicano dueño del certamen desde 2024, declaró que la representante de Costa de Marfil “no tenía oportunidad de ganar” por razones de visado. No fueron pocas las voces que señalaron las fuertes dosis de racismo implícitas en sus declaraciones.
Ricardo Garibay dedicó al certamen de 1978 el capítulo IX de su libro Acapulco (Grijalbo, 1979). Allí consignó cómo los guardias lo sacaron tres veces de bambalinas por perseguir a miss Argentina, (país en ese momento gobernado por una sanguinaria junta militar encabezada por Jorge Rafael Videla) a quien quiere entrevistar a como dé lugar, pues “había declarado no sé qué contra la dictadura de su patria y que los de la dictadura dijeron no y traidora y nada se merece y quítenle el pasaporte”. Testigo de la semifinal, que se prolonga hasta pasada la media noche, Garibay escribe “las mujeres de todas partes están perdiendo una batalla más”. Es el año en que Elena Poniatowska y Marta Lamas lanzan la revista Fem, pionera en difundir contenidos feministas en nuestro país, al tiempo que Federico Campbell redacta crónicas que hacen eco de las protestas que activistas organizan afuera del Auditorio Nacional.
Nueve años después, Enrique Serna publica su primera novela: Señorita México. Magnífica en su despliegue de técnica, la novela es protagonizada por Selene Sepúlveda, hipotética ganadora del certamen en 1966. La ficción explora la cercanía entre los certámenes de belleza y el mundo criminal: narra cómo, después de tocar la fama, Sepúlveda termina casada con un policía judicial corrupto, parrandero y cocainómano, que además la golpea. Cansada de sufrir, Selene duerme con una pistola cargada bajo la almohada. Su destino es ganarse la vida trabajando como desnudista en un club, y no tiene empacho en reconocer que las mujeres son vistas como objetos: “Ok, somos objetos, pero ¡qué objetos! Alhajas de veinticuatro kilates que los hombres se pelean por tener”.
A quienes echan las campanas al vuelo por el triunfo mexicano en Miss Universo 2025, conviene recordarles que nuestro país tuvo una doble representación en el certamen: la muchacha ganadora es mexicana, pero también lo es el empresario dueño del concurso. Un hombre que está siendo investigado por la FGR por huachicol y tráfico de armas. Un hombre que en 2011 era dueño de un casino en Monterrey al que un comando armado prendió fuego, en hechos que cobraron la vida de 52 personas, entre ellas una mujer embarazada. Será que, mientras algunos festejan el triunfo de México, las mujeres de todas partes están perdiendo una batalla más.
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