In memoriam Fernando Escobar, “La tía Pina” 1940-2026

Pocas citas anuales espero con tanta avidez como la que, desde hace 29 años, me trae a Guadalajara durante el mes de mayo. Gracias a los buenos oficios con los que Sergio Alejandro Matos ha encauzado su amor por la Música y su pasión por la Cultura —y a la inteligencia de las autoridades que han tenido la prudencia de no echarlo a perder metiendo mano en la programación—, Jalisco puede preciarse de que su Festival Cultural de Mayo es, desde sus orígenes, el festival mejor curado del país y el que no solamente ha mantenido y depurado su perfil, sino que, tal y como aprecié el domingo pasado, ha creado un público que se ha ido sofisticando de manera notable.

Este año, la oferta no pudo resultarme más atractiva: el Maestro Matos se solazó con tres de las “B’s” más apreciadas del repertorio, pues procuró incluir en todos los conciertos obras de Bach, Bartok y/o Brahms, quienes no habían tenido tanta presencia histórica en el festival como la ha tenido Beethoven; y lo mejor, han sido los intérpretes conminados para ello.

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El primer concierto al que asistí este año tuvo lugar el jueves 21 y estuvo a cargo de Martín García y García, el pianista español más aclamado de su generación. Una generación que todavía no llega a los treinta años… a sus 29 —igual que el Festival—, García obtuvo el primer premio del Cleveland International Piano Competition 2021, cuando también obtuvo el tercer lugar en el afamado Concurso Internacional Chopin. Egresado con honores de la Escuela Superior de Música Reina Sofía y de la Mannes School of Music, este gijonés ya ha sido dirigido por Mikhail Pletnev y Vasily Petrenko.

Para su segunda visita al Festival de Mayo, García presentó la Grand Sonata Op. 37, de Tchaikowsky, los Valses Nobles y Sentimentales de Ravel, y la Sonata en fa menor, Op. 5, de Brahms. Con todo y mi gusto por la música de la tía Piotr, debo admitir que su “gran” sonata es una de sus obras menos afortunadas. Las cartas en las que dio cuenta de cuánto le costó darle forma lo refrendan, y pese a “su intensidad lírica y riqueza expresiva”, puede acabar siendo una insufrible diarrea de notas cuando no está en las manos adecuadas.

Felizmente, García está muy por encima de la ramplonería a la que la han reducido tantos de sus colegas que la han abordado previamente. Logró regodearse con Ravel, arrancándole a un piano que hace mucho vio sus mejores tiempos sonoridades preciosistas, sin embargo, lo mejor fue su Brahms. ¡Qué manera de estructurar esta obra monumental! Si durante el primer movimiento celebré la contundencia de sus fortes, amplios y robustos, que jamás cayeron en el trancazo, fue durante el Andante espressivo que edificó el mejor momento de la noche: acumuló gradualmente la tensión y, al llegar al clímax, la no tan furtiva lágrima que vi deslizarse sobre la mejilla de Don Alejandro Matos (el papá de Sergio Alejandro) me confirmó que yo no había sido el único conmovido a ese nivel.

De tener que objetarle algo, sería que tomó demasiado rápido y sin peso la coda del movimiento final, pero eso, es peccata minuta. El público estaba electrizado y la ovación fue tan prolongada que ofreció tres encores: el Vals-Impromptu de Liszt, el Momento Musical n. 3 de Schubert y el apabullante Momento Musical n. 4 de Rachmaninov.

Al día siguiente volví al Teatro Degollado para escuchar un programa “todo Brahms”, a cargo de la Filarmónica de Jalisco, comandada para la ocasión por Johannes Wildner. Geneva Lewis fue la solista del Concierto para violín en Re, Op. 77, y si bien hizo alarde de virtuosismo en el movimiento final, durante el Adagio fue evidente la poca compenetración entre ella y el director: a la interpretación profunda y emotiva que ella ofrecía, él correspondía con un acompañamiento ramplón y poco acabado. Burdo. Y como no quise ver si eso se debía a una maña proverbial en muchos directores —que suelen ser trabajar más la obra con que se lucirán durante la segunda parte, que aquella en la que compartirán el mérito con el solista—, opté por prescindir de la Primera Sinfonía e irme por un pozolito a La Chata.

Hasta el momento de redactar esta entrega, lo mejor ha sido el concierto del domingo 24 por la tarde. Un programa que, fácilmente, habría dado para dos presentaciones. Estuvo a cargo de la inconmensurable Lilya Zilberstein y su hijo Anton Gerzenberg, quien con un primer lugar a cuestas en la décimo quinta edición del Concours Géza Anda de Zúrich es, también, un gran pianista. ¡Con cuánta gracia y vitalidad nos brindaron las 21 Danzas húngaras de Brahms! Compuestas originalmente para piano a cuatro manos, en las diez primeras Lilya tocó el Primo (el registro agudo, a la derecha del teclado) y Anton, el Secondo, invirtiendo los roles en las restantes.

Esto podía ser todo un programa en cualquier parte del mundo; tras el intermedio, nos esperaba algo menos tradicional. De entrada, lo más novedoso, a pesar de estar compuesto con base en un lenguaje sumamente tradicional: en honor a György Kurtág, que este 19 de febrero cumplió su primer centenario y sigue lúcido y fecundo, madre e hijo abordaron media docena de las transcripciones que él ha elaborado sobre obras de Bach, tanto para cuatro manos como para dos pianos, logrando sonoridades que sorprendieron hasta a los melómanos más curtidos. Aunque, para sonoridades mágicas, las que lograron con la obra que cerró la velada, y para la cual contaron con la participación de ese prestigiado dúo de percusionistas “con calidad de exportación” que son Iván Manzanilla y Miguel González, a quienes todos hemos admirado gracias a su trabajo con el Ensamble Tambuco.

Obra de precisión milimétrica y virtuosismo desbordante, la versión Sonata para dos pianos y percusión de Bartok que ahí escuchamos pudo ser grabada y quedar como un referente a nivel internacional. “Ha sido un hito, uno de los tres mejores momentos que hemos tenido en la historia del Festival”, me confió emocionadísimo Sergio Alejandro, y coincido con él.

Independientemente de la interpretación fabulosa que tuvimos, hay otro detalle, no menor, que debo consignar: el entusiasmo que generó y obligó a los intérpretes a repetir el Allegro non troppo final, es el resultado de un público creado y moldeado por este encuentro anual que está a un paso “de llegar en plena forma al tercer piso”. ¡Que así sea!

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