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Luego del atentado a Vito Corleone y del nuevo intento de asesinarlo en el hospital donde convalece, los hermanos Corleone valoran cómo reaccionar a la embestida de la familia Solozzo. En la reunión, conducida por Santino, están también Clemenza, Tessio y Tom Hagen. Michael habla con dificultad por el puñetazo del capitán McCluskey; él y Virgil Solozzo quieren verlo.
Sentado en un mullido sillón a mitad del despacho de su papá, sereno, Michael describe detalladamente un plan cuyo desenlace es matar a tiros a Solozzo y McCluskey. Se hace un breve silencio, roto por la risita burlona del gordo Clemenza, seguida por las carcajadas de Tessio y Sonny. «What are you gonna do, nice college boy, huh?», le cuestiona socarronamente su hermano mayor.
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El apelativo que le suelta a Michael peyorativamente –nice college boy– refleja lo que hasta hace no mucho se pensaba de la universidad: que ésta ocurría fuera del mundo, a otro ritmo, con otros motivos y en otro espacio; un espacio desconectado de «la vida real». ¿Para qué dedicar tiempo a leer a Platón o a san Agustín? ¿Para qué estudiar historia o geografía?
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Esa fama y la constatación de que leer la Anábasis de Jenofonte era perder el tiempo, soltó las alarmas. La universidad encontró una manera de justificar su existencia. La «investigación aplicada» adquirió muy buena reputación. Las patentes empezaron a proliferar. La universidad se volvió útil.
En ese punto, la universidad decidió convertirse en una fábrica y asumió que la línea de producción eran las clases, que los profesores harían de operarios y que el producto final serían los graduados. Un producto uniforme, estandarizado y con sello de garantía; que se comportará siempre de la misma manera, en cualquier sitio y ante cualquier circunstancia. La demanda y especificaciones de ese producto las estableció el mercado de empleadores.
Y, como ocurre en estos casos, las marcas empezaron a competir. En la estantería hay tipos de universidades según la calidad de sus graduados –en otro aparador–. Los profesores no son excepción y también entran a una subasta que Mario Gensollen calificaba hace poco de ridícula y familiar: «Profesores brillantes se han convertido en gestores de carpetas. Los investigadores escriben no lo que importa, sino lo que cabe en una convocatoria. Los departamentos planean su vida intelectual alrededor de indicadores. Se trata a los estudiantes como usuarios satisfechos. Vemos a los directivos convencidos de que mejorar una universidad equivale a hacer más legible su rendimiento en una hoja de cálculo. La vieja pregunta “¿qué vale la pena saber?” cede su lugar a otra más obscena: “¿cuántos puntos da esto?”» (La Jornada Aguascalientes. 15.VI.26).
La competencia y el apremio por ganar mueven hoy a una institución confundida y sometida al yugo de las modas y el tiktok. La mercadería ya no ronda a la universidad: es la universidad misma. Pero el éxito universitario es pudoroso y aparece enmascarado tras la pompa del ranking; un lucrativo negocio que jerarquiza la producción universitaria. Por unos cuantos dólares, por ejemplo, se venden artículos en reputados journals, lo mismo que la admisión a Harvard.
Hace seis años, Rob Riemen sostuvo una breve correspondencia con estudiantes de Filosofía de la UNAM, publicada luego en El arte de ser humanos (Taurus, 2023). El intercambio fue suscitado por Víctor García Salas, profesor de primer año, quien animó a sus alumnos a escribir al autor de uno de los libros que leían en su curso de Antropología filosófica (Para combatir esta era. Taurus, 2017) y plantearle directamente las inquietudes a propósito del texto. En una de las dos cartas de respuesta, Riemen previene a los jóvenes de la UNAM sobre los riesgos de abandonar el mundo y dejarlo a los «falsos mesías».
En ella, Riemen evoca una idea de universidad como el lugar donde personas concretas aprenden y practican el arte de ser humanos. «Espero ansiosamente –escribe– que podamos ver cumplido ese deseo de Nietzsche: encontrarnos en persona y, sentados a una gran mesa, seguir intercambiando ideas sobre lo que nos corresponde hacer durante nuestro propio viaje por esta vida y este mundo».
Recobrar esa vieja idea de universidad como espacio y tiempo para comprender al hombre y al mundo es una batalla perdida. Sin embargo, la universidad –como comunidad de personas dispuestas a buscar la verdad sobre sí mismas y sobre el mundo– es indispensable para recuperar la libertad y afrontar una era de abulia cívica y moral, un tiempo donde los excesos tiránicos campean a placer. Una era poblada de autómatas, una era de desdicha y fealdad –«de gente que no sonríe», como escribió Ionesco–. Justo cuando el éxito se impone como única opción, nos corresponde rescatar a la universidad: sólo ella, al devolvérnoslo a nosotros, devolverá el espíritu a nuestra era.
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