La imagen del expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) recibiendo el bastón de mando en el Zócalo de la Ciudad de México, el 1 de diciembre de 2018, durante una ceremonia con rituales indígenas, anticipó una tendencia de su sexenio: un coqueteo constante con distintas expresiones religiosas que alimentaron el debate sobre los límites del principio de laicidad en un país donde la separación entre el Estado y las iglesias ha estado marcada en la Constitución desde el siglo XIX.

Su cercanía con pastores evangélicos como Arturo Farela, presidente de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas y Evangélicas (Confraternice), quien fue invitado especial en eventos públicos —como en un acto de unidad en Tijuana en 2019—; la alianza electoral que su partido Morena hizo con el Partido Encuentro Social, y la exhibición de estampas católicas del Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen de Guadalupe, como “escudos protectores” contra el Covid-19, fueron guiños que aunque parecían contraponerse a sus autoproclamados ideales juaristas, respondieron a una estrategia de legitimación política. Una tendencia que caracteriza a gobiernos populistas de América Latina, donde la apelación de símbolos religiosos relega en segundo plano la laicidad.

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Diciembre de 2001. Vicente Fox en la Catedral Metropolitana. Fue la  primera vez en más de 70 años que un presidente en funciones asistió a misa ahí.  Crédito: Juan Pablo Zamora/CUARTOSCURO
Diciembre de 2001. Vicente Fox en la Catedral Metropolitana. Fue la primera vez en más de 70 años que un presidente en funciones asistió a misa ahí. Crédito: Juan Pablo Zamora/CUARTOSCURO

El interés del expresidente por hincarse ante cualquier santo refleja también el complejo rompecabezas de la diversidad religiosa en México y la influencia que sus actores han ganado en la agenda pública.

El escenario cambió desde 1992, tras diversas reformas constitucionales. Entonces, el Estado mexicano reconoció la personalidad jurídica de las asociaciones religiosas y el derecho a la libertad de manifestación de la religión en los espacios públicos, luego de décadas de divorcio entre la Iglesia Católica y el Estado.

Estos cambios, refiere el sociólogo e historiador Roberto Blancarte, permitieron retomar la relación con la Santa Sede y establecer un plano de igualdad para todas las agrupaciones religiosas al grado que hoy, según datos de abril pasado de la Dirección General de Asuntos Religiosos de la Segob, están registradas 10 mil 651 asociaciones religiosas.

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Este mapa se entiende mejor con los datos obtenidos por el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, que reportó que 77.6% de la población mexicana se identificaba como católica (97.8 millones de personas), 11.2% como protestante o cristiana evangélica (poco más de 14 millones), mientras que 10.6% dijo no tener religión o adscripción a alguna (13.3 millones).

De ahí que hoy, coinciden especialistas, la laicidad enfrenta presiones desde dos frentes: de los líderes políticos que buscan respaldo entre esa variedad de grupos religiosos, y de grupos organizados al interior de las distintas confesiones que, ondeando la bandera de libertad religiosa y de conciencia, buscan influir entre legisladores y sociedad sobre asuntos como: educación, derechos sexuales y reproductivos, igualdad de género, derechos de la población LGBT e, incluso, libertad de expresión.

Blancarte, investigador especializado en religión, laicidad y democracia del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México, observa que en los últimos años el populismo ha sido determinante en el debilitamiento de la laicidad. “Ha sido afectada por esa cercanía de los gobiernos populistas con formas de religiosidad popular a las cuales se ha acercado para reforzar su legitimidad y, por otro lado, con las ceremonias medio esotéricas, New Age, que han acostumbrado hasta en Palacio Nacional y en la Suprema Corte de Justicia”.

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Lo que comenzó en la toma de posesión de López Obrador, añade, ha continuado y se ha reforzado con la presidenta Claudia Sheinbaum, quien no obstante su aparente laicismo ha permitido estas ceremonias rituales en Palacio Nacional. “Eso afecta la laicidad, puesto que ese principio supone una relativa imparcialidad, algunos dirían neutralidad, del Estado, frente a las concepciones religiosas”.

Agrega que, en la tradición mexicana, más que imparcialidad, ha habido separación muy estricta entre cuestiones religiosas y de gobierno. De ahí que “ha habido una afectación que todavía no sabemos qué consecuencias va a tener, pero obviamente pone en duda el concepto y lo que hay detrás de eso”, enfatiza.

Autor de libros como El Estado laico (Nostra Ediciones, 2008) y Entre la fe y el poder. Política y religión en México (Random House Mondadori, 2004), Blancarte recuerda, sin embargo, que el de AMLO no fue el primer gobierno populista en poner en jaque el principio de laicidad en años recientes. Se refiere a Vicente Fox, quien “trató de romper la estricta separación que había entre religión y política, entre Estado e iglesias y entre lo público y lo privado”.

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Recuerda que Vicente Fox, desde el primer día de su mandato, aunque fue antes de tomar posesión, fue a la Basílica a rezar: “Con esto, horadó el principio de la distinción entre lo público y lo privado e introdujo algo que se había estado respetando y que todavía sigue establecido en las leyes de asociaciones religiosas y culto público, de que los funcionarios públicos no pueden asistir a ceremonias de culto religioso en tanto que funcionarios”.

La actitud de Fox, que intentó incluso entregarle el edificio del ex arzobispado de la Secretaría de Hacienda al Arzobispado de México, desencadenó una reacción adversa que movilizó a políticos, principalmente de izquierda, hasta lograr una reforma del artículo 40 para incluir formalmente la laicidad del Estado mexicano en la Constitución, que dice que “México es una República federal, representativa y laica”, recuerda Roberto Blancarte, quien participó en la redacción de las diversas iniciativas de esa reforma constitucional discutidas en el Congreso entre 2006 y 2009.

Aunque AMLO provenía de esa misma izquierda, llegó a poner en jaque ese principio. “Yo creo que Sheinbaum, a pesar de ser laica, como política populista, cree que acercarse a formas de religiosidad popular le va a traer legitimidad y lealtades a su gobierno. También hay sectores de la izquierda que son medio espiritualistas, neomexicanistas, es un poco el signo de los tiempos. Entonces, su laicidad es matizada por esas tentaciones populistas”, apunta Blancarte.

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La académica Faviola Rivera Castro, del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, coincide en que, en el caso de AMLO, hubo un tema de conveniencia política en el acercamiento con los evangélicos. Sin embargo, recalca que, al final, el expresidente no se declaró a favor de ninguna religión en particular, lo cual hubiera generado un gran rechazo entre esas mismas asociaciones. “Siempre fue muy cuidadoso de no decir públicamente a qué denominación religiosa pertenece o con cuál se identifica”. Sin embargo, añade que, aunque parece haber sido algo muy coyuntural y propio de la personalidad del expresidente, “sí era definitivamente contrario a la laicidad”.

Autora del libro Por una laicidad igualitaria. El significado de la laicidad y su relación con el liberalismo (FCE, 2026), Faviola Rivera Castro advierte que lo que no se debe perder de vista detrás de esos acercamientos a las asociaciones religiosas es si se busca promover una agenda política, por ejemplo, erosionar la escuela laica, aunque no se ventile públicamente.

Recuerda que en años más recientes ha habido intentos de socavar desde el legislativo la separación Estado-iglesia. Un ejemplo es el de la senadora morenista Soledad Luévano, quien en 2019 impulsó una iniciativa para modificar la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, que fue rechazada, incluso por el mismo AMLO, quien argumentó que era un tema superado en México desde hacía más de siglo y medio.

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Del púlpito a los tribunales

Aunque el principio de laicidad conserva una sólida base constitucional, los cuestionamientos ahora se presentan bajo el argumento de la libertad individual y mediante un lenguaje apoyado en los derechos humanos, aunque implique vulnerar el derecho de otros.

Faviola Rivera Castro explica que, por ejemplo, se dice que en la escuela laica no se protege la libertad religiosa de padres e hijos porque no pueden llevar a cabo prácticas religiosas en las aulas o que los funcionarios públicos deben tener la libertad de expresar sus convicciones en el discurso oficial. “Se busca socavar al Estado laico, a la educación laica, al discurso político oficial laico, las instituciones laicas, alegando la libertad individual, de practicar la propia religión o de expresar sus convicciones”.

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Esa lógica, dice, está detrás del argumento de objeción de conciencia del personal médico para oponerse a practicar un aborto, pese a que ha sido despenalizado a nivel federal, vulnerando el derecho de mujeres y niñas. “Es un caso muy claro en donde se antepone la libertad individual por encima de las obligaciones institucionales que tienen los médicos”, dice la académica.

Desde esa perspectiva, sostiene que la legislación no reconoce un derecho absoluto a negarse a prestar un servicio médico por motivos de conciencia, pues lo único que se puede justificar con base en la libertad individual o de conciencia es el derecho a “solicitar una excepción”, la cual deberá ser evaluada por la institución y dependerá de diversos factores, como la urgencia del caso o la existencia de otro médico que sí pueda ofrecer el servicio.

Pilar González Barreda, coordinadora de la Cátedra Extraordinaria Benito Juárez sobre Laicidad del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, coincide en que la libertad de conciencia tiene límites jurídicos cuando entra en conflicto con otros derechos fundamentales. Como ejemplo, recuerda una resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en 2021, sobre la objeción de conciencia en el tema del aborto.

“Lo que la Corte dijo es que este derecho a la libertad de conciencia, como todo derecho humano, tiene límites porque ningún derecho humano es absoluto, y la libertad de conciencia no puede vulnerar derechos humanos que están reconocidos en nuestra legislación y los tratados internacionales, como el derecho a la salud sexual y reproductiva de las mujeres y las niñas”.

González Barreda dice que esto ilustra cómo los diferentes actores religiosos tratan de influir usando estrategias jurídicas e incidiendo a través de organizaciones civiles: “Pienso en organizaciones de abogados de alguna fe específica que promueven litigios o de iniciativas legislativas para regular el aborto. Lo que llama la atención es que ya no utilizan argumentos religiosos, utilizan los de los derechos humanos. Es un tema sobre el que hay que estar alerta porque esto puede construir una agenda pública y tener repercusiones en la sociedad”.

Esa estrategia, añade, también se ha observado en otros debates públicos recientes, como el de la educación sexual integral o el de los nuevos libros de texto gratuitos. “En 2023, cuando se dio a conocer el proyecto de los nuevos libros de texto, algunos saltaron ante esta noticia. Estoy pensando en el Frente Nacional por la Familia que no utilizaba argumentos religiosos, pero sí aludía a derechos como la patria potestad y la educación de su descendencia conforme a sus propios valores”.

Otro ejemplo de estas nuevas estrategias ocurrió en febrero de 2025, cuando la Asociación de Abogados Cristianos de México interpuso una queja alegando discriminación y atentado contra los sentimientos religiosos católicos por la exposición La Venida del Señor, del artista queer Fabián Cháirez, en la antigua Academia de San Carlos de la UNAM. Aunque consiguieron la cancelación temporal de la exposición, el fallo judicial definitivo protegió finalmente, el derecho a la libertad de expresión.

El efecto MAGA

Pese a esas presiones, México sigue siendo un Estado laico fortalecido, coinciden los especialistas.

Blancarte recuerda que incluso AMLO moderó su cercanía con los evangélicos después de su primer año de gobierno porque se dio cuenta de la diversidad del mundo protestante y recibió críticas dentro de esas mismas denominaciones.

Esa fortaleza del Estado laico y la diversidad religiosa también explica, en opinión de los especialistas, por qué movimientos político-religiosos como el Make America Great Again (MAGA ) en Estados Unidos no tendrían mayor influencia en México, pese a la cercanía geográfica y las olas crecientes de grupos conservadores.

“Sí ha tenido efecto en algunos lugares y en políticos del norte, en Nuevo León y en la zona fronteriza, pero no creo que haya permeado realmente, sobre todo en el sur y en lugares donde la tradición laica ha sido importante. Esta distinción que hemos tenido desde hace siglos no ha permitido que penetre esa visión, como algunos movimientos de extrema derecha están queriendo hacer”, dice Blancarte, quien refiere que el crecimiento de evangélicos en estados del sur del país se ha dado más por “la capacidad pastoral y de generar liderazgos de los propios indígenas una vez que tuvieron la Biblia traducida a sus lenguas”, no tanto por la influencia directa de Estados Unidos.

Faviola Rivera Castro agrega que la comparación con Estados Unidos tiene sus límites. “La manera en que se entiende la relación entre religión y política en Estados Unidos no es laica. Sí se ha buscado que esto influya en México, y es parte de movimientos de derecha tan fuertes que se están configurando, pero hasta ahora su influencia es limitada. Los estudios muestran que en México las instituciones laicas siguen siendo fuertes, y que sigue habiendo resistencia de la población a que se mezclen la religión y la política de esta manera”.

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