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El novelista japonés Durian Sukegawa (Tokio, 1962) se ha distinguido por sacar del silencio las vidas marginadas para devolverles la dignidad, a través de un estilo claro y profundo donde comparecen la reflexión de los valores y, sobre todo, una poética de la escucha, capaz de revelar las singularidades de la naturaleza y la existencia humana.
Para muestra tenemos la novela Dorayaki (traducción de Amalia Sato para Chai Editora, 2024), cuyo título refiere a un postre japonés semejante a un emparedado con un relleno de pasta dulce de frijol rojo (de nombre “an” en japonés), y cuyo proceso de preparación sirve de pretexto para escenificar un conflicto humano desgarrador que puede sintetizarse en la polaridad de lo dulce y lo salado, cuidando su delicado equilibrio.
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Dorayaki cuenta la historia de Sentaro, un hombre solitario que había perdido a su madre mientras cumplía una condena por haber vendido drogas. Más tarde, su excarcelación se debe al apoyo de su antiguo jefe delincuencial quien, a su vez, lo emplea en su negocio de dorayakis para que le pague los gastos de su liberación. A la muerte de su protector, la viuda hereda el crédito, de modo que Sentaro continúa encadenado a la rutina de un pequeño local de postres, sin talento para prepararlos y frustrado por sus constantes fracasos, hasta que aparece la anciana Tokue para ofrecerle su ayuda.
A partir de ese momento, la obra teje la relación entre dos seres marginados. Sentaro carece de esperanzas, salvo la obsesión de liquidar el préstamo a la viuda, mientras que la anciana prefiere observar y escuchar minuciosamente la cocción de los frijoles rojos hasta que alcancen la suavidad necesaria para lograr la plasticidad de la jalea, y luego extenderla en los panqueques con movimientos sensuales.
Desde luego, estos procedimientos culinarios estimulan los paladares de la clientela y aumentan las ventas, para regocijo de la dueña y de Sentaro, hasta que una jovencita impertinente llamada Wakana repara en los dedos retorcidos de la cocinera y se difunde la noticia de que la pobre mujer padece lepra. Este nuevo elemento da un giro a la historia: el negocio quiebra y, a su vez, Sentaro y Wakana se sumergen en el mundo de estigmatización padecida por las personas que han sufrido el síndrome de Hansen en Japón.
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Se alude entonces a la reclusión forzosa de los pacientes en hospitales apartados de las ciudades niponas desde 1907 hasta 1996, año en que se abroga la ley segregacionista que había separado a las familias y era violatoria de los derechos humanos, a través esterilizaciones obligadas, abortos inducidos, prohibición a los enfermos para que criaran a sus hijos y, sobre todo, el encierro en guetos sin contacto con otras poblaciones humanas. De hecho, la anciana Tokue había vivido por más de cincuenta años encerrada en Tama Zenshōen, un sanatorio cercano a Tokio.
En consecuencia, la novela parte de hechos reales que su autor, Durian Sukegawa, documenta a través de un procedimiento naturalista, pues agrega un paratexto al final de la obra donde informa de algunas entrevistas realizadas a las víctimas de Tama Zenshōen y también manifiesta su convicción de que cada ser viviente “es capaz de hacer una contribución positiva al mundo”, sin importar sus circunstancias.
Dorayaki es una novela que enaltece el lenguaje de la naturaleza y de los seres humanos. Enfatiza la escucha como un procedimiento de revelación del ritmo, los sonidos y el sentido del universo. Todo ello para dignificar la esfera cotidiana como testimonio fehaciente de la existencia humana.
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